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El decreto de Trump y las medicinas psicodélicas: ¿reconocimiento o despojo?
Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
El sábado pasado, Donald Trump firmó un decreto destinado a acelerar el desarrollo de fármacos psicodélicos como tratamientos médicos. Debo confesar que sentí algo difícil de nombrar al leer la noticia. No era entusiasmo, aunque llevo años escribiendo sobre el potencial terapéutico de estas sustancias. Tampoco era indignación, pese al historial del personaje que firmó el decreto. Era, más bien, incomodidad.
Esa misma mañana, algunos pacientes comenzaron a escribirme para pedirme una opinión. Querían saber si se trataba de una buena noticia. Otros, más directos, me pedían una postura política. Consciente de que mi lugar no es la tribuna, sino la consulta, opté por hacer lo que me corresponde: investigar, contextualizar y ofrecer una mirada clínica allí donde abundan las opiniones.
Esto es lo que encontré. Y lo que me preocupa.
¿Qué fue en realidad lo que firmó Trump?
El decreto presidencial firmado por Donald Trump busca impulsar la investigación sobre psicodélicos como tratamientos para la salud mental. Entre sus medidas figura una inversión federal de 50 millones de dólares destinada a ampliar los estudios sobre la ibogaína, el único compuesto mencionado explícitamente en el documento. Además, plantea revisar y simplificar los marcos regulatorios que han limitado el trabajo de investigadores y clínicos, con el objetivo de establecer protocolos de uso terapéutico más claros y seguros.
El comisionado de la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA), el Dr. Martin A. Makary, presente en el acto de firma, afirmó que ciertos tratamientos podrían aprobarse en cuestión de semanas, y no de años, si se alinean con las prioridades nacionales. Por su parte, el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., enmarcó la medida como una respuesta urgente a la crisis de salud mental del país.
En la misma escena apareció también Joe Rogan, quien relató que todo comenzó con un mensaje de texto enviado al presidente y respondido en minutos: “Suena bien. ¿Quieres la aprobación de la FDA? Hagámoslo”.
Rogan no es médico, neurocientífico ni especialista en salud mental. Es un comediante que conduce uno de los podcasts más escuchados del mundo. Su influencia política ha sido considerada por algunos analistas como un factor relevante en la campaña que llevó a la reelección de Donald Trump en 2024. Durante años ha hablado abiertamente sobre su experiencia con sustancias psicodélicas, lo que lo convierte en un entusiasta del tema, aunque no en una autoridad en política sanitaria. Que una iniciativa de esta magnitud parezca haber surgido de un intercambio informal de mensajes entre una figura mediática y el presidente plantea preguntas inquietantes sobre la forma en que se impulsan ciertas decisiones públicas.
Este nuevo decreto de Donald Trump es una señal de cómo la velocidad política puede imponerse al rigor científico. Cuando eso ocurre con sustancias que actúan profundamente sobre el cerebro, la psique y la identidad, las consecuencias pueden ser graves.
Los veteranos: sufrimiento legítimo, prisa peligrosa
Sería injusto y mentiroso ignorar por qué existe este movimiento. Detrás del decreto hay miles de hombres y mujeres que regresaron de la guerra con trastorno de estrés postraumático (TEPT), una condición que la psiquiatría convencional no ha logrado sanar. Antidepresivos que no funcionan, terapias insuficientes, suicidios que no se detienen. La comunidad de veteranos ha sido, desde hace años, uno de los grupos que con más fuerza —y también con más dolor— ha impulsado el reconocimiento clínico de los psicodélicos.
Y la ciencia los respalda. Investigaciones preliminares, entre ellas un estudio de la Universidad de Stanford publicado en 2024, sugieren que la ibogaína podría modificar ciertas vías neuronales con efectos significativos sobre la depresión, la ansiedad y el TEPT. Pequeños ensayos clínicos también han mostrado que una o dos dosis de psilocibina, administradas en un entorno terapéutico adecuado, pueden producir cambios profundos y duraderos en personas con depresión mayor resistente al tratamiento. La FDA incluso otorgó a la psilocibina la designación de “terapia innovadora”, una categoría creada para acelerar la evaluación de tratamientos experimentales destinados a enfermedades graves.
El sufrimiento de los veteranos es real y su demanda de soluciones, legítima. Pero la velocidad con la que se busca responder a ese sufrimiento, saltándose etapas diseñadas para proteger a los pacientes, puede convertir cuerpos ya lastimados en campos de prueba. Algunos científicos han advertido públicamente que el gobierno podría eludir estándares fundamentales de la investigación médica y que eso, lejos de proteger a los veteranos de guerra, podría exponerlos aún más.
México y el gremio médico que no está listo
Desde este lado de la frontera, la noticia adquiere otra dimensión. México no es un observador neutral en esta historia. Es un país donde los hongos psilocibios crecen en sierras y bosques desde hace siglos; donde el peyote sigue siendo un sacramento vivo para el pueblo wixárika; donde el conocimiento sobre estas plantas ha sido preservado por comunidades indígenas que nunca necesitaron un decreto presidencial para reconocer su valor medicinal.
Y, sin embargo, dentro del gremio médico formal el rezago sigue siendo profundo. Muchos psiquiatras en México continúan refiriéndose a estas sustancias únicamente como “drogas de abuso”. Las minimizan, las condenan o simplemente las desconocen. No han leído los ensayos clínicos recientes. Desconocen conceptos fundamentales como el set y el setting —el estado mental del paciente y el entorno en el que se administra la sustancia—, claves para que una intervención psicodélica sea segura y terapéutica. Tampoco están familiarizados con la integración, el trabajo psicoterapéutico posterior a la experiencia, sin el cual los cambios psicológicos difícilmente se sostienen en el tiempo.
La pregunta que me quita el sueño no es si la regulación llegará, sino qué ocurrirá cuando llegue y encuentre un sistema de salud sin el marco conceptual ni la formación ética necesarios para recibirla. Un psiquiatra que hoy sigue llamando “droga de abuso” a la psilocibina podría terminar prescribiéndola mañana sin haber comprendido realmente qué está administrando.
Lo que el decreto no nombrará jamás
Hay algo que ningún decreto firmado en la Oficina Oval podrá contener, y es precisamente lo que más me preocupa perder en este proceso: la dimensión humana y simbólica de estas medicinas.
Lo que Donald Trump firmó habla de moléculas, de compuestos sintéticos hechos en laboratorios farmacéuticos. Habla de aprobaciones regulatorias, de patentes y de negocios multimillonarios. Lo que no nombra —y lo que el mercado farmacéutico que vendrá detrás tampoco nombrará— es que estas sustancias no son simplemente moléculas activas que generan neuroplasticidad. Son, en sus contextos originales, portales, herramientas de conocimiento interior. Son aliadas que los pueblos originarios de América, África y Oceanía han utilizado durante siglos para acceder a dimensiones de la experiencia humana que la psiquiatría occidental apenas comienza a vislumbrar.
La ibogaína no es solo un compuesto extraído de la planta iboga, es parte de una tradición espiritual de África central. La psilocibina es la llave que María Sabina, la curandera mazateca, utilizaba en sus veladas para dialogar con fuerzas que van más allá de lo que cualquier ensayo clínico puede medir.
La ciencia nos está diciendo algo real e importante sobre estas sustancias. Pero el riesgo de reducirlas a su función neuroquímica —de fabricar “viajes sin viaje”, experiencias sin misterio, cambios sinápticos sin transformación del ser— es el riesgo de tomar la medicina y desechar al médico. De quedarnos con la molécula y perder la sabiduría.
Y ese despojo, a diferencia del decreto, no tiene una fecha oficial de firma. Ocurre silenciosamente en cada laboratorio que sintetiza sin preguntar, en cada protocolo que estandariza sin honrar.
Mi postura (y no es política)
¿El decreto de Donald Trump es bueno o malo? Esa es una pregunta política, y mi lugar no está ahí. Lo que sí puedo afirmar, desde más de veinticinco años de práctica clínica y desde el trabajo que he desarrollado en Tu Viaje de Sanación Psicodélica, es lo siguiente:
Estas medicinas tienen un potencial real. La ciencia lo confirma cada vez con mayor solidez. Pero ese potencial solo se desarrolla cuando se administran en el contexto adecuado, con preparación, acompañamiento, integración y una comprensión profunda de lo que se está haciendo. No en semanas. No por decreto. No porque un comediante le envió un mensaje de texto al presidente.
Lo que necesitamos, en México y en el mundo, no es solo que estas sustancias sean legales. Necesitamos que quienes las administren las comprendan. Que el sistema que las reciba esté a la altura de lo que implican y que, en la prisa por convertirlas en medicamentos, no olvidemos que llevan siglos siendo algo más antiguo y más complejo que cualquier patente farmacéutica.
La pregunta no es si Trump tiene razón. La pregunta es si estamos preparados para recibir lo que viene.
Sigamos dialogando: puede escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.