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David Foster Wallace no hizo bromas infinitas: Infinite Jest y su vigencia

Aunque la novela de Foster Wallace ya no se sienta tan fresca, todavía tiene algo que decirles a sus lectores.

OpiniónEl Economista

Este año Infinite Jest cumple treinta años (publicada en español como La broma infinita, como todo lo del autor, por Penguin Random House). La novela consagró a David Foster Wallace como el escritor más adelantado de la posmodernidad estadounidense (acaso de todo el mundo).

Pensemos en el contexto: 1996, el internet era incipiente, pocos sabían qué era “surfear la red”, aprendíamos a mandar mails en la clase de computación, Google era un proyecto en un laboratorio computacional de Stanford. No existía YouTube, Wikipedia o los smartphones. Ese mundo impensable parece el inicio de una verdadera novela ciencia ficción, el planeta de los simios.

En ese panorama Infinite Jest apareció como una novela muy extraña, difícil, pero reveladora de algo que no sabíamos que pronto sería nuestra realidad.

Saltos temporales disparatados, subtítulos cómicos pero complicados de seguir, digresiones aparentemente innecesarias, y lo más raro: larguísimas notas al pie indispensables para seguir la trama. Las notas continúan una tras otra, muchas abarcan más de una página, de tal forma que el lector tiene que aprender a fijar la vista, leer de arriba a abajo y de abajo para arriba. Muchas veces esas acotaciones son más divertidas que la trama principal.

Era, digamos, una lectura hipertextual: como picar un link que te lleva a otra ventana que es igual de atractiva que la primera, luego otra más y otra, hasta que la lectura se convierte en un hoyo de gusano sin fin, un videojuego de mundo abierto. La broma infinita. Esa no es la razón del título de la novela, por cierto, “infinite jest” es una cita de Shakespeare tomada del monólogo del ser-o-ser de Hamlet.

Una vez escuché que existen libros para los que hay que alcanzar cierta madurez lectora antes de abordarlos y creo que es una apreciación correcta. Pienso en Ulises de Joyce, Las olas de Woolf o El hombre sin atributos de Musil. Trabajos demandantes para los que se necesita dar un paso más que sólo sentarse a leer. Hay también quien dice que leer libros difíciles nada más sirve para marcar otra rayita a los logros lectores. Contesto que no se trata de pretensión sino de curiosidad sobre autores que empujan los límites de lo literario. Hay que retarse o uno se priva de libros que pueden ser muy divertidos. Que se lean los libros ambiciosos aun cuando se abandonen a la mitad o se lean por fragmentos a lo largo de mucho tiempo.

Todavía no me atrevo a leer Ulises pero a los 25 me sentí lista para leer Infinite Jest. Fue un reto para mis breves lapsos de atención pero la disfruté a mares. La novela sigue dos tramas principales: la vida de los adictos en un centro de rehabilitación y la de los alumnos en una academia de tenis. Ambos grupos, llevados al límite, quizá alcancen una iluminación improbable. Tiene varias subtramas y detalles chistosos, por ejemplo que las corporaciones pueden patrocinar el calendario: ahora los años no sólo se entienden con números sino con el nombre de alguna marca comercial. O que México, Canadá y Estados Unidos son ahora un megaestado conocido como ONAN.

Fue una lectura que hizo reír y también me conmovió. Las tramas se acomodan de formas muy bellas y caleidoscópicas. Un ejercicio de glotonería del autor al que el lector se siente invitado después de que le agarra el paso.

Pero nada se ve más viejo que las profecías pasadas. Nada más anticuado que el pasado reciente. Volví a leer la novela el año pasado. Pues sí, Infinite Jest está vieja. Increíble pero así es. Ahora me tomó más tiempo seguirla porque seguro también he cambiado como lectora y estuve cerca de abandonarla. David, ¿por qué? Ya sabemos que eres un erudito, ¿tienes que regodearte en tu onanismo literario? Avanza la trama, carnal.

Lo que no se puede negar es que David Foster Wallace tocaba su propio tambor. Infinite Jest fue de verdad visionaria y hoy podemos decir que, a pesar de algunos malos imitadores, no hubo otra novela como Infinite Jest ni otro autor como Foster Wallace. En un Hay Festival, hace un década, un editor cuyo nombre se me escapa se atrevió a decir que Foster Wallace había iluminado el camino de la literatura del futuro, que la literatura wallaceana sobreviviría más que los libros realistas y convencionales de sus contemporáneos y que serían los autores que siguieran esa herencia los que perdurarán. Bueno, yo sigo esperando la llegada de otro Foster Wallace. Seguiré esperando porque dudo que ese editor metido a profeta tuviera razón. Soy más de la idea de que Foster Wallace fundó su propia corriente literaria de un solo autor al estilo de Thomas Pynchon, Virginia Woolf o Jorge Luis Borges. Quién los puede repetir. Y quién necesita repetirlos.

Leí en The New Yorker el artículo de la crítica literaria Hermione Hoby sobre la pertinencia de Foster Wallace en la era de la machósfera. Para mi sorpresa Hoby habla de la popularidad por esas esquinas oscuras del internet de la obra de Foster Wallace. Cryptobros, teóricos de la conspiración y “lectores performativos” aman Infinite Jest. ¿Qué es un lector performativo? Alguien que lee (o finge leer) solo para que lo vean leer. ¿Cargar un libro de mil páginas como Infinite Jest en el metro es un performance, un acto escénico? Hoby hace la observación de que por lo general esos “lectores performativos” son hombres queriendo impresionar mujeres pero también a otros hombres, una forma de enseñar conejo intelectual. “Soy mejor que tú porque leo libros difíciles y eso me va a conseguir más hembras”. Dios mío, así de impredecible es la ciudadela de la cultura y sus calles retorcidas. Hay gente que todo lo enloda.

David Foster Wallace fue un muy querido profesor universitario y un autor casi siempre accesible en su escritura de no ficción. Basta leer sus ensayos y crónicas para entender su forma generosa de acercarse al lector, su prosa precisa llena de humor y siempre respetuosa con todo tema al que se acercaba. Creía en la amabilidad a toda costa y deseaba el fin del sarcasmo gratuito, remedo de humor que nos aleja de los demás. Para él ese exceso de ironía de nuestros tiempos era una forma de violencia, una falta de respeto y empatía de la que no quería participar.

Foster Wallace se suicidó en 2008 después de una larga depresión que no respondió al tratamiento médico. Dicen quienes lo quisieron en toda su complejidad que David siempre fue amoroso y morir fue su manera de liberar a su gente del peso de su enfermedad. Como toda persona depresiva, él se pensó una carga que nadie debía soportar. Murió amado y exitoso, pero cuando hay depresión muchas veces eso no basta para aferrarse.

A pocos autores he admirado más. Para conocerlo mejor recomiendo la colección que de ensayos Consider the Lobster, donde discute lo mismo del (ab)uso del poder desde el lenguaje académico que la ética de comer langostas que fueron cocinadas vivas. Para conocer la vida de Foster Wallace está la biografía Todas las historias de amor son historias de fantasmas (Debate), de D. T. Max, todo un estudio de la personalidad multifacética de Dave, como lo llamaban sus cercanos.

Infinite Jest ahí está para quien quiera descubrirla más allá de los tintes ideológicos que quieran imponerle. Creo que todavía tiene algo que decirnos. Por ejemplo, que por muy aislados que nos sintamos en esta era digital (1996 y Foster Wallace ya lo entendía), siempre podemos encontrar a nuestra gente, aun en contextos inesperados. Como a los adictos del centro de rehabilitación de la novela, la vulnerabilidad nos acercará. Y nos liberará.

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