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Opinión

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Cuentas chinas, facturas norteamericanas

Enrique Campos Suárez | La gran depresión

El juego de la supuesta neutralidad internacional que le gusta practicar al gobierno federal puede servir para apoyar políticamente a sus dictadores favoritos, pero no funciona cuando se trata de temas comerciales.

México decidió jugar las cartas de la lealtad comercial con Estados Unidos y no hace bien en coquetear, mucho menos en dejarse regañar por la otra potencia: China.

Está muy bien mantener una buena relación diplomática con el gigante asiático y preparar cualquier futuro festejo de los 55 años del establecimiento de relaciones bilaterales; pero que vaya el canciller Roberto Velasco a Pekín a recibir reproches por nuestras preferencias comerciales, debería resultar inaceptable.

El ministro chino de Exteriores, Wang Yi, reclamó que la relación comercial bilateral se ve afectada por un tercero y sugirió que su país apoya a México para mantener su independencia, su autonomía y para defender su soberanía.

No puede quedar la idea de que un alto funcionario mexicano va a China a ubicarse como el eslabón más vulnerable de la integración norteamericana debido a la influencia de Estados Unidos.

Esa narrativa no es casual ni desinteresada. Pekín busca exhibir el grado de subordinación que imponen las reglas del T-MEC, y en especial los condicionamientos más recientes de Donald Trump, sobre las decisiones industriales de México.

El interés de China es claro: explotar las presiones de Washington sobre el gobierno mexicano para evitar que se cierre cualquier “puerta trasera” al contenido, capitales e insumos asiáticos en las cadenas de suministro locales.

Hay que ver cómo reaccionan las clientelas de izquierda del régimen mexicano cada vez que hay un guiño a la dictadura cubana o al totalitarismo chino; es parte de la propaganda oficialista.

El problema es que choca de frente con una realidad matemática: por cada dólar que los productores mexicanos logran exportar al mercado chino, el país importa cerca de diez dólares en bienes intermedios, componentes electrónicos o autopartes, que claramente terminan en productos exportados a la región norteamericana.

Son aborrecibles las formas de Trump, pero las reglas del juego comercial de la región implican que México no puede funcionar como trampolín de triangulación para los capitales asiáticos; y si Washington decide imponer castigos o restringir el acceso preferencial por estas prácticas, el golpe directo a los ingresos tributarios y al flujo de Inversión Extranjera Directa sería devastador para las finanzas públicas.

Estos gestos de cortesía diplomática con China, que aquel país utiliza para mostrar su desacuerdo con los aranceles impuestos por el gobierno mexicano, a pesar de su relevancia como importante proveedor de las cadenas productivas mexicanas, no son una buena señal en estos momentos tan tensos por la renegociación del T-MEC, justo cuando los otros dos socios emprenden una guerra arancelaria.

Seguro que no es la intención, pero China utiliza la buena voluntad diplomática del gobierno mexicano para incomodar a Washington y la factura de cualquier roce con nuestro principal socio comercial la pagarán las finanzas públicas.

En momentos de estrechez presupuestal y bajo crecimiento, sostener la ilusión de una diversificación comercial con Pekín no es soberanía: es un cálculo irresponsable que pone en riesgo la relación comercial más importante para México, la cual, aunque resulte tóxica en estos momentos, es imposible de romper.

Su trayectoria profesional ha estado dedicada a diferentes medios. Actualmente es columnista del diario El Economista y conductor de noticieros en Televisa. Es titular del espacio noticioso de las 14 horas en Foro TV.

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