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Las consecuencias de la desigualdad para la democracia electoral
Project Syndicate
PRINCETON—En una nueva obra polémica que pretende servir de manifiesto para nuestra época, los economistas Julia Cagé, de Sciences Po, y Thomas Piketty, de la Escuela de Economía de París, se basan en los últimos dos siglos y medio de historia francesa para analizar el impacto de la desigualdad económica en la política y la sociedad, y qué se debería hacer al respecto. Publicado originalmente en francés en 2023, Una historia del conflicto político: Elecciones y desigualdades sociales en Francia, 1789-2022 resulta hoy más oportuno que nunca, ahora que el aumento de los tipos de interés ha convertido la deuda pública en una carga cada vez más pesada, menos sostenible y más explosiva desde el punto de vista político.
El núcleo de su estudio es un análisis geográfico de Francia cuidadosamente elaborado, no siguiendo la estructura de los 96 departamentos administrativos creados por la Revolución Francesa, sino a través de 36,000 unidades más pequeñas: metrópolis, suburbios, ciudades y pueblos. La forma bastante repetitiva en que se presenta su mensaje a lo largo de las 848 páginas del libro no es la ideal, pero no resta importancia a sus ideas fundamentales, que merecen una mayor atención.
Tipos de polarización
Cagé y Piketty consideran que las respuestas políticas a la desigualdad se dividen en dos categorías distintas, cada una con su propia cronología. Los términos que utilizan para designarlas son “bipartición” (una polarización izquierda-derecha) y “tripartición” (con un centro al que se oponen un movimiento nacionalista de derecha y un movimiento redistribucionista de izquierda o ecologista). La división tradicional entre izquierda y derecha refleja la polarización social y económica en torno al programa de redistribución de la izquierda, mientras que las cuestiones de identidad son, en última instancia, el eje de la división tripartita.
La tripartición original se produjo entre 1848 y 1910, y se desmoronó justo cuando el sistema internacional en Europa se desintegraba y el conflicto mundial se hacía cada vez más probable. A finales del siglo XX se inició entonces una segunda tripartición con los debates sobre el Tratado de Maastricht (que estableció la Unión Europea) y la creación de una unión monetaria y una moneda única. Fue también entonces cuando dos referéndums, en 1992 y 2005, sacudieron el panorama de una forma nueva. Desde mediados del siglo XIX, cuando Napoleón III utilizó astutamente los plebiscitos para sus propios fines, los referéndums no habían desempeñado ningún papel importante en la vida política francesa.
En 1992, el centroizquierda en el poder, liderado por el presidente socialista François Mitterrand, y gran parte del centroderecha apoyaban la integración europea, pero el Tratado de Maastricht se aprobó por un estrecho margen, con un 51% frente a un 49%. Posteriormente, en 2005, un proyecto de Constitución europea, redactado por una convención dirigida por el expresidente francés Valéry Giscard d’Estaing, fue rotundamente rechazado, por un 55% frente a un 45%, y la mayor parte de los votos en contra procedió de las zonas rurales de Francia.
Estos resultados generaron una dinámica de desafección y desilusión políticas. La decisión de 2005 de rechazar una constitución europea tuvo poca o ninguna repercusión práctica en la orientación de Francia hacia Europa y el resto del mundo, ya que el Tratado de Lisboa ya ofrecía un marco alternativo que no requería referéndum. Los “no” sintieron, por tanto, que se les había ignorado y, a medida que su resentimiento crecía tras la crisis financiera de 2008, se movilizaron contra el centro político.
La crisis de 2008 avivó las duras críticas al capitalismo financiero tanto por parte de un presidente de derechas (Nicolas Sarkozy) como, posteriormente, de uno de izquierdas. Durante la campaña que le llevaría a la presidencia en las elecciones de 2012, el socialista François Hollande declaró que “mi enemigo es la finanza”. Pero la retórica no es política, y Francia acabó eligiendo como presidente a Emmanuel Macron, quien había sido ministro de Economía, Industria y Asuntos Digitales de Hollande y se benefició de una mayor concentración de votos de las clases con mayores ingresos que cualquier otro presidente en la historia de Francia.
Veo dos interpretaciones plausibles de los cambios entre la bipartición y la tripartición, de las cuales solo una sería respaldada sin ambigüedades por Cagé y Piketty. Ambos ven factores económicos estructurales detrás de la división entre izquierda y derecha, sobre todo la industrialización y el paso a la “salariación” (trabajo asalariado) que también tuvo lugar en todo el mundo rural.
Además, uno de sus objetivos en el libro es rescatar a la Francia rural de la condescendencia de la posteridad y, sobre todo, del desdén que a menudo le profesa la izquierda. Demuestran que el pays profond—el interior profundo— no solo impulsó los acontecimientos políticos franceses en el pasado, sino que sigue haciéndolo. Fueron estos votantes los que constituyeron gran parte de la oposición a los primeros planes de Macron para una transición ecológica, promovida mediante el aumento de los impuestos sobre los combustibles y límites de velocidad estrictos —medidas que afectarían de manera desproporcionadamente dura a la Francia rural—.
La globalización y sus descontentos
Pero una interpretación alternativa es que el cambio hacia la tripartición fue una respuesta lógica a la globalización, que limita el potencial de cualquier programa centrado en la redistribución, ya que los factores de producción móviles pueden hacer las maletas y marcharse. Los empresarios y la élite empresarial pueden simplemente huir de unos impuestos sobre el patrimonio o sobre la renta más elevados, y las multinacionales pueden trasladar su sede a lugares donde las plusvalías o los impuestos sobre sociedades sean más bajos. Entonces, cuando la redistribución resulta imposible, otros temas —cuestiones de la "guerra cultural" relacionadas con la identidad y la tradición— se convierten en el nuevo foco de movilización política.
El crecimiento y el dinamismo que se observan en algunos países de la UE —Irlanda, Luxemburgo, los Países Bajos— reflejan decisiones tomadas en el pasado de ofrecer refugios a personas adineradas y empresas que buscaban impuestos más bajos; y los centros fuera de la UE —Suiza, Dubái, Hong Kong, Singapur— se han convertido en imanes aún más potentes para la fuga de capitales. Pero la cuestión no se reduce únicamente a los tipos impositivos. La facilidad para constituir sociedades y el marco jurídico del derecho de sociedades también son fundamentales. Así, en la primera mitad del siglo XIX, cuando el derecho de sociedades era restrictivo en Francia, muchas empresas francesas (y alemanas) se constituyeron en la liberal Bélgica, que luego sirvió de modelo para las nuevas leyes en Francia y Alemania en las décadas de 1860 y 1870, poniendo en marcha la primera ronda de la tripartición.
Del mismo modo, en la Gran Bretaña y la Francia de los siglos XX y XXI, los responsables políticos percibieron la necesidad de ofrecer un refugio para el capital —un papel que desempeñaron las Islas del Canal del Reino Unido y el estado fronterizo francés de Andorra—. Ninguna de estas regiones forma parte de la UE.
Andorra, que curiosamente ni siquiera es mencionada por Cagé y Piketty, es una entidad soberana peculiar cuyos jefes de Estado conjuntos son el presidente francés y el obispo español de Urgell. Incluso un socialista como Mitterrand ostentó durante su presidencia el título de “copríncipe de Andorra”.
Si bien los controles fronterizos han brillado por su ausencia en el lado francés, España mantiene controles estrictos en la frontera entre Cataluña y Andorra. Queda por ver cuánto tiempo durará esta situación. A finales de 2023 se negoció un Acuerdo de Asociación entre la UE y Andorra, pero aún está pendiente de las firmas definitivas.
La trampa de la tripartición
En cualquier caso, es razonable temer que la tripartición conduzca al caos político, lo que haría aún más difícil mantener la democracia. Tal fue el destino de la República de Weimar alemana de entreguerras, que sigue siendo el caso emblemático del colapso democrático.
Los partidos originales del centro político alemán (los socialdemócratas, el Centro Católico y los demócratas alemanes liberales) perdieron votos incluso durante los años de prosperidad económica, y luego vieron cómo su apoyo se deterioraba aún más durante la Gran Depresión. Los beneficiarios relativos fueron los nazis y los comunistas. Pero, dado que ninguno de los dos iba a formar una coalición de gobierno con el otro, el caos resultante generó un anhelo de dictadura.
Es fácil comprender por qué este análisis es relevante para la Francia actual. La fragmentación del centro significa que la campaña presidencial de 2027 bien podría acabar en una segunda vuelta entre la derecha nacionalista, antiglobalista y antieuropea (liderada por Marine Le Pen) y la izquierda nacionalista, antiglobalista y antieuropea (liderada por Jean-Luc Mélenchon). Es en este contexto donde Cagé y Piketty abogan por una reafirmación de la política bipartidista. Pero para volver a la bipartición, la política fiscal, más que la identidad nacional y la migración, debe ocupar el centro del debate político.
A modo de advertencia, Cagé y Piketty señalan un precedente de mediados de la década de 1920, cuando la coalición de centroizquierda del primer ministro Édouard Herriot no logró aplicar un programa de tributación del capital para lograr la estabilización económica y financiera. Fue este fracaso el que inspiró a François Goguel, uno de los fundadores de la sociología electoral, a elaborar uno de los precursores más importantes del propio análisis de Cagé y Piketty sobre el sistema político francés.
En retrospectiva, concluyen que “nunca es sencillo ponerse de acuerdo sobre la distribución social de la carga cuando esta alcanza tal magnitud, y sin duda es inevitable que la resolución de este tipo de conflicto implique momentos de tensión política y social de considerable magnitud. Solo cabe esperar que un examen sereno y pacífico de los precedentes históricos pueda ayudar a orientar los futuros conflictos que, sin duda, se producirán en el siglo XXI”.
Cagé y Piketty también identifican un obstáculo similar en dos episodios históricos anteriores que desempeñaron un papel clave en la configuración de las sensibilidades políticas francesas. El primero fue el fracaso de la izquierda revolucionaria, en la década de 1790, a la hora de expropiar las propiedades de la Iglesia y de la aristocracia de una forma que beneficiara a la mayor parte del campesinado, en lugar de a una pequeña burguesía urbana. Luego llegó la ola revolucionaria de 1848, cuando los electores rurales fueron traicionados una vez más. En medio de una grave crisis agrícola, el Gobierno decretó una subida del impuesto sobre la propiedad, lo que supuso una fuente adicional de penurias que la Francia rural no olvidaría fácilmente. Debido a la sensación generalizada de haber sido engañados por las élites urbanas, muchos se volcaron con la carismática figura del sobrino de Napoleón, quien pronto se proclamaría emperador.
Cuando la música se detiene
Como señalan acertadamente Cagé y Piketty, los bloqueos políticos que paralizan habitualmente la política francesa son consecuencia de la acumulación de deuda. “Al igual que en el siglo XVIII”, explican, “una carrera desenfrenada hacia el endeudamiento puede considerarse una consecuencia de la percepción de que es imposible aplicar una fiscalidad justa. Las clases trabajadoras y medias ya no están dispuestas a pagar más y abogan por una mayor tributación de los más ricos; ante la negativa o la incapacidad del Gobierno para avanzar en esta dirección, la única respuesta viable e inmediata es acumular más deuda”.
La solución que proponen es una mayor tributación de la riqueza y el capital, siguiendo el precedente del programa alemán de 1952 “Lastenausgleich” (“Igualación de cargas”), destinado a compensar a los alemanes por los daños sufridos durante la guerra de Hitler. Sin embargo, la política alemana se introdujo en unas condiciones que es poco probable que se repitan en la Francia moderna. El Lastenausgleich reflejaba la toma de conciencia de que se había perdido una guerra y de que era necesario un sacrificio; pero también se programó para aprovechar una recuperación económica, basada en los principios de mercado, que apenas comenzaba a desarrollarse.
En definitiva, el programa fiscal contribuyó a sostener lo que se conocería como el “Wirtschaftswunder” (milagro económico) de la posguerra. Pero, en ausencia de un “milagro”, habría generado la misma desilusión política que Cagé y Piketty documentan al repasar la Francia de la década de 1790, 1848-1849 y la década de 1920 (lo que condujo a una movilización hacia la izquierda y fortaleció sustancialmente al Partido Comunista Francés).
En definitiva, Cagé y Piketty han elaborado un análisis único y bien documentado de los problemas a los que se enfrenta la democracia francesa y del papel histórico de la deuda a la hora de determinar las opciones entre la reforma y la revolución. Dada la fotografía de los autores que aparece en la solapa interior de la sobrecubierta, en la que lucen prendas de un rojo llamativo y esbozan una amplia sonrisa ante la cámara, resulta tentador considerar su libro como un presagio. Los ciclos políticos impulsados por la deuda que han marcado durante mucho tiempo la historia francesa no han terminado, y bien podrían desencadenar otra oleada de fervor revolucionario.
Julia Cagé y Thomas Piketty, Una historia del conflicto político: Elecciones y desigualdades sociales en Francia, 1789-2022 (Harvard University Press, 2025).
Autor:
Harold James, catedrático de Historia y Asuntos Internacionales en la Universidad de Princeton, es autor, entre otras obras, de Siete colapsos: las crisis económicas que dieron forma a la globalización (Yale University Press, 2023).
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