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Opinión

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Claudia y Delcy

Alexia Bautista | Columna invitada

La semana pasada, mientras el presidente Trump viajaba a China, publicó en Truth Social que Venezuela debería convertirse en el estado 51 de la Unión Americana. A estas alturas todos estamos acostumbrados a sus mensajes provocadores, estridentes y francamente grotescos. Podemos desestimarlos o relativizarlos, pero no podemos ignorarlos. Menos cuando se trata de Venezuela, un país frente al cual Estados Unidos ya ha demostrado que la amenaza no se queda en el terreno de la retórica.

Delcy Rodríguez rechazó la afirmación de Trump y respondió que Venezuela no es colonia de nadie. Hay quienes sostienen que el choque verbal con Washington podría ayudarla a cerrar filas en torno a su gobierno e, incluso, conectar con una parte de la población. Después de años de censura y éxodo, la opinión pública venezolana se cuece aparte, pero la receta nacionalista siempre encuentra alguna resonancia. Más aún en un momento en que el intervencionismo estadounidense gana terreno en la región. La operación quirúrgica en Venezuela es, sin duda, el caso más emblemático, pero ahí están también Panamá, alejado de la órbita de Beijing con la cancelación de contratos portuarios clave, y, por supuesto, México, sometido a una presión creciente por todos los frentes.

Quizá, junto con Delcy, la presidenta Claudia Sheinbaum ha sido una de las dirigentes más golpeadas por la retórica trumpista. Más allá de los resultados concretos, repetir una y otra vez que los cárteles gobiernan México lastima al país y agrava el deterioro de una imagen internacional de por sí frágil. He escuchado a colegas decir que el discurso de Delcy se asemeja al de Claudia cuando ambas hablan de soberanía y cooperación sin subordinación con Estados Unidos. Hay ecos, sí. Pero las diferencias son muchas. Para empezar, la vecindad como condición material y todo lo que eso implica para la economía, la política, la seguridad y la vida cotidiana de millones de personas.

Con todo, la comparación con Delcy incomoda. México no es Venezuela. Sheinbaum no es Delcy. El gobierno mexicano nació de las urnas y el país sigue integrado al orden internacional. Y, sin embargo, la presión de Trump empuja a ambas presidentas a refugiarse en una misma gramática soberanista. Defender la soberanía es indispensable, sobre todo frente a un presidente estadounidense que ha convertido la provocación en método y las redes sociales en instrumento de presión predilecto. Sin embargo, a diferencia de Delcy, Claudia no puede vivir de la épica antiimperialista simplemente porque nuestro país no habita en el aislamiento (y qué bueno que así sea).

El 19 de mayo, buena parte de la mañanera se dedicó a enumerar las peticiones de extradición que México ha hecho a Estados Unidos y que Washington no ha concedido, o sobre las cuales ha pedido más pruebas. Ignoro si se trata de ganar tiempo o si de verdad existe la convicción, o la instrucción, de defender a figuras políticas indefendibles, pero hay un riesgo cuando toda crítica se atribuye a conspiraciones de la derecha, cuando toda presión externa se presenta como intervención y cuando la defensa del país se mezcla con la defensa de intereses particulares.

Entonces, la distancia entre México y Venezuela se acorta. En cualquier caso, con extradiciones o sin ellas, la presión va a seguir. Para Trump nunca será suficiente. La narrativa del narcoestado no va a ceder, no sólo porque contiene algo de verdad (y todos lo sabemos), sino porque el apetito de Trump es insaciable. Dice lo que piensa y hace lo que dice.

Analista internacional y exdiplomática mexicana.

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