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Cifras que maquillan la fragilidad económica
Irasema Andrés Dagnini | Sextante financiero
Iniciar el segundo semestre de 2026 nos obliga a contrastar los discursos oficiales de estabilidad con la frialdad de los datos macroeconómicos. En el tablero global, las señales de alerta se han encendido nuevamente tras la reciente actualización de las Perspectivas de la Economía Mundial del Fondo Monetario Internacional (FMI). El organismo redujo su estimación de crecimiento global a un débil 3.0% para este año asfixiado por los prolongados conflictos en Medio Oriente, las fricciones geopolíticas que encarecen la energía y una latente fragmentación comercial.
México no escapa a esta tendencia pues el organismo internacional recortó la previsión del Producto Interno Bruto (PIB) nacional de 1.6% a apenas un 1.2% para 2026. Esta sensible reducción dialoga de cerca con el ajuste del Banco de México, cuyo escenario central más reciente sitúa el crecimiento en 1.5%, un panorama que difiere drásticamente del optimismo presupuestal de la Secretaría de Hacienda.
Para las familias y las empresas, estas revisiones a la baja no son simples décimas en una hoja de cálculo; representan menores oportunidades de inversión, presupuestos corporativos más castigados y un margen más estrecho para el bienestar del hogar.
Si queremos entender cómo se traduce esta pérdida de fuerza en el día a día, debemos desmenuzar el comportamiento del Indicador Global de la Actividad Económica (IGAE), el termómetro mensual de la economía. Los pronósticos para mayo apuntan a una preocupante desaceleración, con un crecimiento anual de 1.4% frente al 2.2% observado en abril. La pérdida de ritmo es evidente y confirma que el segundo trimestre se perfila más débil de lo esperado, especialmente en la industria manufacturera.
En medio de este enfriamiento, el consumo privado de los hogares se mantiene como el principal motor interno. Este indicador ha hilado una trayectoria positiva y se mantiene en un terreno expansivo robusto, configurándose como el principal baluarte interno junto a la resiliencia de las exportaciones hacia Estados Unidos. Sin embargo, un crecimiento sostenido únicamente por el consumo minorista y las remesas es estructuralmente frágil si no viene acompañado de una fuerte inversión fija bruta que modernice nuestra capacidad productiva.
A esta ecuación de desaceleración debemos sumar el comportamiento de la inflación, que a lo largo del año ha mostrado una trayectoria sinuosa. Si bien factores estacionales como los subsidios a las tarifas eléctricas de verano y moderaciones en ciertos productos agropecuarios dieron ligeros respiros, la presión en el sector servicios ha sido persistente en la medición subyacente.
Los costos logísticos y las revisiones salariales continúan presionando los márgenes de las empresas. Bajo esta inercia, las proyecciones para la primera quincena de julio anticipan que la inflación anual podría ubicarse en torno al 3.9%, en el límite superior del objetivo del Banco de México (3% +/- 1%), lo que mantendrá al banco central en una postura de extrema prudencia monetaria.
Sin embargo, el dato más desconcertante de nuestra realidad económica se encuentra en el mercado laboral. El próximo viernes 24 de julio conoceremos las cifras oficiales de desocupación. Con el dato disponible más reciente, México presume una tasa de desempleo de 2.8%, un número que, bajo los manuales teóricos, describe una economía en condiciones de pleno empleo.
Pero en nuestro contexto actual, el "pleno empleo" es una falacia estadística. Esta cifra ignora deliberadamente la precarización, una tasa de informalidad que devora a más del 54% de la población ocupada y, peor aún, maquilla una severa pérdida de plazas laborales formales y de alta calidad técnica en sectores clave.
La alerta roja se encendió la semana pasada con los resultados de la Encuesta Mensual de la Industria Manufacturera (EMIM) de mayo. El empleo en el sector manufacturero hiló 39 meses consecutivos de contracciones anuales. Sí, leyó bien: más de tres años en los que la industria de transformación destruye puestos de trabajo de forma sostenida.
Esta sangría laboral es alarmante por partida doble. Primero, porque la manufactura automotriz, textil y electrónica ha sido la gran apuesta histórica de México para apuntalar el dinamismo interno y capturar los beneficios de las cadenas globales de valor. Segundo, porque nos coloca en una posición sumamente vulnerable en la primera revisión del T-MEC.
Las implicaciones de estos 39 meses de caídas en el empleo manufacturero son profundas. Revelan que los aranceles, los altos costos laborales integrados y la pérdida de tracción en la inversión fija bruta están provocando que las empresas operen con una elevada capacidad ociosa (la planta utilizada promedió 80.4% en mayo). Si el empleo industrial se deprime, el talento técnico se desplaza hacia el subempleo o la informalidad, erosionando la masa salarial real que sostiene al consumo.
México no puede depender eternamente de la inercia del consumo familiar mientras destruye las plazas laborales que generan valor agregado. Urge abandonar los espejismos estadísticos y diseñar una política económica y comercial agresiva que reactive la inversión doméstica y rescate al empleo formal. De lo contrario, los pronósticos del 1.2% del FMI dejarán de ser una advertencia para convertirse en nuestra permanente y mediocre realidad.