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La ciencia asesta un golpe letal al racismo y fascismo

OpiniónEl Economista

Hace unos días la revista de divulgación científica Nature, publicó un macroestudio que sienta las bases para desarticular el determinismo biológico, teoría según la cual los genes determinan la personalidad. Y como la personalidad se deriva de la raza, mantener la pureza genética es fundamental. Los hallazgos de la investigación demuestran que la educación, la vida social y las experiencias culturales ejercen un peso mucho mayor que la genética en la configuración de la personalidad. Desde mi perspectiva el análisis es una respuesta, así sea indirecta, a la discriminación y segregación. En estas hora inciertas, asesta un golpe letal al racismo y a las ideas que sustentan la expulsión y el maltrato de los inmigrantes, de boga en Estados Unidos y en casi todo el mundo. El descubrimiento tiene implicaciones científicas, políticas y éticas, pues desmonta las bases pseudocientíficas de discursos fascistas y de odio, que pretenden justificar la exclusión y expulsión de poblaciones enteras.

La investigación confirma que la formación escolar, la estructura familiar y las experiencias sociales explican la mayor parte de la variabilidad en rasgos como la responsabilidad, amabilidad y apertura. El estudio demuestra que la genética desempeña un papel menor en la determinación de la personalidad. La mayor influencia de algunas variables de la genética en rasgos de la personalidad, como el neuroticismo o la extraversión, nunca supera 15% de la variación. La educación moldea los hábitos de disciplina, constancia y cooperación. La vida social introduce al individuo en un entramado de valores y normas que determinan cómo se expresan los genes. La influencia del ambiente en la genética es lo que se conoce como epigenética, es decir, los genes se modifican y adaptan a los estímulos biopsicosociales.

Durante siglos se ha intentado convertir las diferencias biológicas entre los seres humanos en jerarquías de valor: quién sería más inteligente, más apto, más disciplinado, más violento o digno que otro. Si bien es científicamente cierto que los genes participan en nuestras diferencias individuales, su papel es maleable. Pero cuando esas diferencias se convierten en categorías sociales para clasificar y discriminar a personas, se trata de ideología. Los descubrimientos científicos actuales descalifican esas fantasías basadas en los genes.

Ejemplos históricos refuerzan esta conclusión: en la Atenas clásica, la paideia -educación integral en valores comunitarios- era considerada el fundamento del carácter ciudadano. En la Europa de entreguerras, la crisis social y económica moldeó personalidades colectivas marcadas por la inseguridad y el autoritarismo. En contraste, sociedades con fuerte énfasis en la educación cívica y democrática, como los países escandinavos de la posguerra, mostraron cómo la vida social puede fomentar rasgos de cooperación y confianza interpersonal.

El estudio subraya que los genes actúan según el ambiente biopsicosocial. Una predisposición genética al neuroticismo se atenúa mediante apoyo emocional o se intensifica en contextos de violencia y precariedad personal. La genética establece un marco de posibilidades, pero el ambiente decide cómo se expresan esas predisposiciones.

El estudio de Nature se conecta con la noción de “epigenética conductual”, que muestra cómo las experiencias vitales pueden activar o silenciar predisposiciones genéticas. Este descubrimiento contrasta con el determinismo biológico de la primera mitad del siglo XX, cuando la eugenesia pretendía explicar la personalidad y la conducta exclusivamente a partir de la herencia genética. Los abusos cometidos bajo esa ideología -desde políticas de esterilización forzada en Estados Unidos hasta la manipulación racial en la Alemania nazi- evidencian los peligros históricos de ignorar la interacción entre genes y ambiente. Hoy, la epigenética contemporánea corrige ese error, mostrando que la biología es maleable y que las vivencias socioeconómicas son decisivas.

El trabajo analiza datos de 1.14 millones de personas, organizadas en 46 grupos, para rastrear qué variantes del ADN se asocian con los cinco grandes rasgos de personalidad ya identificados por la literatura científica (conocidos como Big Five o clasificación de la personalidad en cinco amplias categorías): extraversión, amabilidad, responsabilidad, neuroticismo y apertura a la experiencia. Los resultados indican que algunas variantes del ADN pueden influir en algunos comportamientos, pero marginalmente. Y confirman que, en todos los casos, la educación y la vida social siguen pesando más en la personalidad que la genética.

El análisis comparativo del estudio permite evaluar el peso relativo de la genética y el entorno en cada rasgo de la personalidad. La apertura de las personas a las experiencias es influida moderadamente por la genética, pero la educación y el acceso a vivencias culturales pesan más. La responsabilidad tiene una influencia genética baja, pues la formación escolar y laboral son los factores determinantes. La extraversión muestra variantes genéticas asociadas a la sociabilidad, pero las experiencias sociales son decisivas para su expresión. La amabilidad apenas presenta correlaciones genéticas, siendo la interacción social y la educación en valores los factores dominantes.

Este cuadro evidencia que, en todos los rasgos, el entorno social y educativo tiene un peso superior al genético. La conclusión coincide con la perspectiva de Paul T. Costa, Jr. y Robert R. McCrae, quienes afirman en Personality in Adulthood: A Five-Factor Theory Perspective que los rasgos son relativamente estables pero modulables por la experiencia, contradiciendo y refutando el determinismo biológico de Hans Jürgen Eysenck, que en The Biological Basis of Personality atribuye mayor peso a la herencia en la extraversión y el neuroticismo.

El estudio de Nature confirma que la personalidad es un rasgo multifactorial de orden genético y social, pero la educación y la vida social son los factores dominantes en su configuración. Las consecuencias del hallazgo son múltiples: en el plano científico, se requiere interpretar los datos genómicos con cautela, evitando sobreinterpretaciones y reconociendo la primacía del entorno; en el plano clínico y psicológico, las intervenciones educativas y sociales son más efectivas que la mera identificación genética para moldear la personalidad; y en el plano ético, se evita el riesgo de clasificar a los individuos por supuestas predisposiciones genéticas, subrayando que la personalidad depende en gran medida de las experiencias vitales.

La personalidad no está escrita en los genes: es el resultado de una interacción dinámica entre predisposiciones biológicas y experiencias sociales. El determinismo genético, como demuestra este estudio, es virtualmente inexistente, y con ello se derrumban las bases pseudocientíficas de las ideologías racistas que pretenden la pureza racial, olvidando las trágicas experiencias de los siglos XX (¿y XXI?).

Un recorrido histórico muestra el cambio de paradigma y cómo las ideologías son cíclicas, así carezcan de fundamento científico. A finales del siglo XIX (1883), Francis Galton acuñó el término eugenesia, inspirado en la idea de “mejorar la raza humana” mediante la selección de rasgos hereditarios. En Estados Unidos y Europa, sociedades científicas promovieron la noción de que la criminalidad, la pobreza y las enfermedades mentales eran consecuencia directa de la herencia biológica, ignorando los factores socioeconómicos y culturales. En las primeras décadas del siglo XX, la eugenesia se convirtió en política pública: en Estados Unidos se aprobaron leyes de esterilización forzosa, mientras que en Alemania la “higiene racial” derivó en programas de exterminio. En América Latina, países como Argentina y Chile adoptaron discursos eugenésicos vinculados a proyectos de modernización.

La década de 1940 marcó la caída del paradigma eugenésico tras los crímenes del nazismo. La psicología social y cultural emergió como alternativa, subrayando el papel del entorno en la formación de la personalidad. Sin embargo, resurgió la teoría biologicista en las décadas de 1960 a 1980 con Hans Eysenck, quien desarrolló el modelo PEN, una teoría de la personalidad que propone que la conducta humana se explica por tres dimensiones biológicas. Pero Costa y McCrae consolidaron el modelo de los “Big Five”, que mostró cómo los rasgos son universales pero modulados por la experiencia cultural y social.

En la década de 2000, los estudios de asociación genómica reavivaron el debate sobre la influencia hereditaria en la personalidad, aunque pronto se evidenció que las correlaciones genéticas eran débiles. En la década de 2010–2020, la epigenética demostró que los genes no son un destino fijo: la metilación del ADN (interruptor genético: que actúa como una señal que puede activar o desactivar la expresión de los genes sin cambiar la secuencia original del ADN) y las modificaciones de histonas o proteínas que regulan los genes en respuesta al ambiente. Y en este año, el estudio de Nature confirma que la genética influye en la personalidad, pero de manera limitada, y que la educación y la vida social pesan mucho más en su configuración.

La trayectoria histórica revela un arco claro: de la eugenesia, que reducía la personalidad a la herencia, a la epigenética, que muestra la plasticidad del genoma ante el ambiente. El estudio de Nature se inscribe en este recorrido, confirmando que la personalidad es un fenómeno multifactorial donde la genética aporta predisposiciones, pero la educación y la vida social son los factores dominantes. Con ello, se derrumba definitivamente el mito racista del determinismo genético y se reafirma que la diversidad humana, en lugar de amenaza, es expresión de la riqueza cultural y social que moldean nuestras personalidades.

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