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Cannabis en la cocina: legal, sin etiqueta, sin dosis
Dra. Carmen Amezcua | Columna Invitada
Llegó al consultorio convencida de que algo se le había roto por dentro. Cuarenta y tantos años, una vida ordenada, sin antecedentes psiquiátricos.
En la boda a la que había ido, cerca de la pista había una mesa de dulces. Entre los merengues, las paletas y los malvaviscos de siempre, había un tazón de gomitas con una etiqueta que decía: Dulces Mágicos. En ningún lado había una advertencia, mucho menos una indicación de cuántas podía comerse una persona o qué contenían como ingrediente mágico. Tampoco había nadie atento a quién se acercaba a la charola.
Comió una. Esperó media hora, no sintió nada y comió dos más.
Los efectos se anunciaron con taquicardia. Poco después llegó la certeza absoluta de que se estaba muriendo, un sentimiento que la llevó a pasar cinco horas sentada en el piso del baño. Las tres noches siguientes fueron de un insomnio insoportable. ¿Se había desencadenado algo irreversible? Es una historia que me han contado ya demasiadas veces.
Lo que le ocurrió tiene nombre, mecanismo y una explicación farmacológica. Mesas que funcionan como un menú discreto de sustancias para pasarla bien —y no solo de cannabis—, ofrecidas con la misma naturalidad con la que se ofrece el postre, en reuniones donde hay menores de edad. Nadie dosifica ni advierte. Y, a diferencia de una copa, que se sirve, se ve y se cuenta, una gomita no dice absolutamente nada de sí misma.
El 10 de septiembre, el Pleno de la Suprema Corte de Justicia de la Nación resolvió algo que en la prensa se contó con muy poca precisión. Los ministros determinaron que preparar cannabis o THC en alimentos preparados o semipreparados, destinados exclusivamente al autoconsumo, forma parte de una actividad culinaria ordinaria. Es decir: cocinar, no fabricar. Y, si es cocinar, no requiere el control sanitario especializado que la autoridad exige a quien produce un medicamento o un suplemento.
Lo que sigue prohibido es comercializar, vender, suministrar y distribuir a terceros lo que se prepare: regalarle una gomita a un invitado queda fuera del amparo. También sigue prohibido incorporar cannabis a medicamentos, remedios herbolarios, suplementos alimenticios, cosméticos, dispositivos médicos y vapeadores, que permanecen bajo un régimen sanitario especial.
El matiz que casi nadie leyó es que esto no despenaliza nada. Aplica únicamente a quien ya cuenta con una autorización vigente de Cofepris, un trámite que, en un país de ciento treinta millones de habitantes, ejerce una fracción diminuta de quienes consumen, en buena medida por su costo, su lentitud y las negativas que organizaciones civiles llevan años documentando. Quien coma un brownie sin permiso está hoy exactamente donde estaba la semana pasada.
Desde este mes es legal hornear un pastel de cannabis y no existe en todo el país una manera legal de saber cuántos miligramos de THC lleva cada rebanada. Para entender por qué eso es un problema clínico y no un tecnicismo, hay que entender la diferencia entre un comestible y un cigarro.
Cuando el cannabis se fuma o se vaporiza, el THC pasa del alvéolo a la sangre en segundos. El efecto aparece a los cinco o diez minutos y hace pico a la media hora. Eso permite algo que en farmacología es una protección enorme: titular. La persona siente y decide si continúa.
Pero cuando el cannabis se come, la absorción intestinal es errática y depende de qué haya en el estómago. Antes de llegar al cerebro, el THC atraviesa el hígado, donde las enzimas CYP2C9 y CYP3A4 lo transforman en 11-hidroxi-THC, un metabolito más potente que la molécula original y con mejor penetración a través de la barrera hematoencefálica. El hígado, en otras palabras, no degrada el THC, sino que lo amplifica.
El efecto del comestible tarda entre treinta minutos y dos horas en aparecer —incluso más con el estómago lleno—, hace pico entre las dos y las cuatro horas y puede durar de seis a ocho, con casos que se extienden hasta doce. De ahí el error que mi paciente cometió y que cometen miles de personas cada fin de semana: “no me pegó”, segunda dosis, y las dos llegan juntas.
Además, la variabilidad entre personas es enorme: peso, composición corporal, contenido gástrico, tolerancia previa e interacciones con alcohol o benzodiacepinas hacen que la misma gomita produzca efectos radicalmente distintos.
El cuadro agudo incluye ansiedad intensa y crisis de pánico, taquicardia, mareo, náusea, despersonalización y, en casos más severos, psicosis tóxica transitoria, con alucinaciones e ideación paranoide. En consumidores frecuentes aparece, además, el síndrome de hiperémesis cannabinoide, un vómito cíclico que se confunde sistemáticamente con gastroenteritis.
La mayoría de quienes llegan a urgencias durante una experiencia con comestibles lo hacen por miedo. Y el miedo se trata con información, ambiente y acompañamiento.
En Colorado, el laboratorio natural del mundo en esta materia, el grupo de Andrew Monte analizó cerca de diez mil visitas a urgencias relacionadas con cannabis entre 2012 y 2016. Los comestibles representaron alrededor del 11% de esas visitas, pese a constituir una porción mínima del mercado total de THC del estado, y se asociaron de manera particular con intoxicación aguda y síntomas psiquiátricos. Y eso ocurrió en un mercado con etiquetado obligatorio, dosis estandarizadas y análisis de laboratorio. México va a estrenar comestibles legales sin nada de eso.
El dato que más debería preocuparnos es que las exposiciones a comestibles de cannabis en menores de seis años aumentaron 1,365% entre 2017 y 2021 en Estados Unidos, según un estudio publicado en Pediatrics. Una revisión de 2025 en Frontiers in Toxicology describe el cuadro clínico: letargo en siete u ocho de cada diez casos, ataxia (alteraciones en la marcha) e hipotonía (falta de tono muscular) hasta en dos tercios, taquicardia en proporciones similares y coma en entre 10% y 18% de las exposiciones significativas. Dosis de 1.7 miligramos por kilo predicen toxicidad severa y prolongada. La resolución tarda entre 24 y 48 horas.
Una gomita de un mercado regulado viene en un envase con cierre a prueba de niños, con etiqueta y con los miligramos impresos. Una gomita casera —lo que la Corte acaba de autorizar— viene en un tupper en el refrigerador, sin nada que la distinga. La resolución reconoció un derecho y, al hacerlo, creó un riesgo doméstico. También están expuestos los adolescentes, justo en la edad en la que el cerebro es más vulnerable a esta molécula, y hasta las mascotas pueden intoxicarse.
Sobre la potencia, una revisión sistemática publicada este año en Annals of Internal Medicine analizó 99 estudios con más de 221,000 participantes. Los productos con alta concentración de THC se asocian con psicosis, esquizofrenia y trastorno por consumo de cannabis. Aunque el hallazgo todavía no alcanza para dar un consejo clínico definitivo, la señal es consistente.
Dicho todo lo anterior, sería injusto dejar la impresión de que estamos hablando de una sustancia problemática y nada más. La planta resulta ser mucho más compleja de lo que alguna vez supusimos. Se han reportado miles de compuestos en la cannabis, entre ellos 125 cannabinoides aislados e identificados, 120 terpenos y 34 flavonoides —incluidas las cannflavinas A y B, con actividad antiinflamatoria propia—. Que esos compuestos se modulen entre sí, lo que se ha llamado efecto séquito, es una hipótesis biológicamente razonable y activamente investigada; la evidencia controlada en humanos, hoy, sigue siendo limitada, y me parece más útil decirlo que adornarlo.
Donde la evidencia sí es sólida es en las epilepsias refractarias de la infancia —los síndromes de Dravet y Lennox-Gastaut y el complejo de esclerosis tuberosa— tratadas con cannabidiol purificado; en la espasticidad de la esclerosis múltiple, y en la náusea y el vómito inducidos por quimioterapia. En dolor crónico y neuropático, el beneficio es real, pero modesto. Y en ansiedad, insomnio o estrés postraumático hay señales y estudios en curso, pero no hay todavía evidencia que justifique una recomendación clínica.
Los riesgos también hay que decirlos completos: aproximadamente uno de cada diez consumidores desarrolla trastorno por consumo de cannabis, proporción que aumenta cuando el inicio fue en la adolescencia; existe asociación con psicosis, sobre todo con productos de alta potencia y en personas con vulnerabilidad previa; y el cerebro en desarrollo es especialmente sensible.
Como en cada tema de esta naturaleza, me sirve pensar en tres carriles:
El clínico. El Reglamento para la Producción, Investigación y Uso Medicinal de la Cannabis se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 12 de enero de 2021. El reglamento existe; lo que no hay es cultivo nacional con fines médicos operando a escala, ni laboratorios de extracción y estandarización, ni un catálogo razonable de productos con registro sanitario. El resultado es que el paciente mexicano paga por producto importado, caro y de disponibilidad irregular, o se ampara, o termina en el mercado informal, donde no hay análisis de potencia ni de contaminantes.
El industrial. La variedad con menos de 1% de THC no es una droga. El cáñamo es fibra, semilla, aceite, proteína vegetal, textil, papel, bioplásticos, materiales de construcción y biorremediación de suelos. México tiene ventaja agroclimática, tradición agrícola y frontera con el mercado más grande del mundo.
El de personas adultas. Derecho reconocido desde 2018, declaratoria general de inconstitucionalidad desde 2021, permisos desde entonces y ni un solo punto de venta legal. Ocho años de deuda legislativa. Zara Snapp, del Instituto RIA, lo formuló de una manera que me parece exacta: reactivar esta agenda “implica atender una deuda legislativa y asumir una responsabilidad frente a una realidad social existente”.
Mientras eso se resuelve —y no parece que vaya a resolverse pronto—, hay cosas concretas que sí se pueden hacer:
Empezar bajo: 2.5 mg de THC es la dosis inicial que recomiendan las guías de los mercados regulados para alguien sin tolerancia. No “la mitad de la gomita”. Esperar un mínimo de dos horas antes de siquiera considerar una segunda dosis; idealmente, esperar a otro día. No combinar con alcohol, que eleva los niveles plasmáticos de THC, ni con benzodiacepinas u opioides.
En casa: etiquetar y guardar bajo llave, fuera del refrigerador común, lejos de niños y mascotas. Y si usted organiza la fiesta, la regla es más simple todavía: lo que lleva cannabis no va en la misma charola que lo que no lleva y no va en una charola de libre acceso.
Si alguien se intoxica: ambiente tranquilo y con poca luz, hidratación, compañía y recordarle que el cuadro es autolimitado y va a pasar. El tiempo es el tratamiento. Conviene saber, por cierto, que el cannabidiol no revierte de manera inmediata una intoxicación por THC; puede atenuar la ansiedad en algunos casos, pero no es un antídoto.
Hay que acudir a urgencias ante dolor torácico, vómito incoercible, alteración del estado de alerta o síntomas psicóticos que no ceden —y siempre, sin excepción, cuando quien comió fue un niño—.
Y hay quienes sencillamente deberían abstenerse: personas con antecedente personal o familiar de psicosis o esquizofrenia, embarazadas y en lactancia, adolescentes y personas con cardiopatía o arritmias. Si usted o alguien cercano necesita orientación, la Línea de la Vida (800 911 2000) atiende las veinticuatro horas.
Vuelvo a mi paciente. Ella no necesitaba una prohibición; necesitaba una etiqueta. Necesitaba que alguien le dijera que ese efecto iba a tardar dos horas en llegar y que el hígado lo iba a volver más potente.
La Corte amplió un derecho, pero un derecho sin información es apenas media reparación. En México todavía estamos discutiendo si se puede hornear un pastel, mientras los pacientes que podrían beneficiarse de esta planta como medicina siguen esperando un producto confiable y los agricultores que podrían cultivarla siguen esperando permiso.
La pregunta, entonces, no es si esta planta merece nuestro respeto científico. Eso quedó resuelto hace décadas. La pregunta es cuánto más va a tardar nuestra legislación en alcanzar a nuestra evidencia, y a cuántas personas más les va a tocar aprender la farmacocinética del THC tiradas en el piso de un baño ajeno.
Sigamos dialogando: puede escribirme a dra.carmen.amezcua@gmail.com o contactarme en Instagram, en @dra.carmenamezcua.
Cuídense mucho,
Dra. Carmen Amezcua
Si quieres saber más sobre la cannabis, te invito a leer Tu Viaje de Sanación Psicodélica (Editorial Planeta), disponible en formato impreso, digital y audiolibro.