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Opinión

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El camino de la impunidad

Para mí querida Adriana Gallegos.

Linda Atach Zaga | Columna Invitada

Primero vinieron por los comunistas, y yo no hablé, porque no era comunista.
​Luego vinieron por los socialistas, y yo no hablé, porque no era socialista.
Luego vinieron por los sindicalistas, y yo no hablé, porque no era sindicalista.
​Luego vinieron por los judíos, y yo no hablé, porque no era judío.
​Luego vinieron por mí, y para entonces ya no quedaba nadie que hablara en mi nombre".

-
​Pastor Martin Niemöller durante un discurso ante la Iglesia Confesante.

Fráncfort, 1946.

Para fines del porfiriato, Torreón era una fructífera comarca a la que llegaban miles de extranjeros y mexicanos buscando mejores horizontes. En aquel momento, se consolidó ahí una comunidad china de poco más de 600 personas. Laboriosos, los chinos se dedicaban al cultivo y la venta de hortalizas, también eran dueños de lavanderías, tiendas de abarrotes, restaurantes, un hotel y hasta un banco de la Compañía de Tranvías Wah Yick.

La prosperidad del grupo sumada a sus diferencias culturales, generó entre algunos sectores laguneros desprecio y recelo, que devinieron en racismo, boicots económicos y agresiones. Fue tan grande la escalada de odio, que, durante los festejos del centenario de la Independencia y ya iniciada la lucha maderista, en las calles de Torreón se escuchaba el ¡Viva Madero!, pero también el ¡Mueran los chinos!, al tiempo que se apedreaban y se rompían cristales de las casas y comercios de la congregación.

Algo muy similar a lo sucedido en Torreón se repetiría durante la noche del 9 y el 10 de noviembre de 1938 en la Alemania Nazi, punto de inflexión en la persecución contra los judíos y la transición de la discriminación y exclusión sistemáticas, a la violencia masiva y organizada y avalada por el Estado que llevó a la muerte de seis millones de judíos, por el sólo hecho de serlo. Tristemente la historia de los chinos de Torreón no fue muy distinta, pues ya entrada la lucha revolucionaria, los maderistas vencieron a las tropas federales y tomaron la ciudad los días 13, 14 y 15 de mayo de 1911. Lo que siguió fue la anarquía, el saqueo de negocios y el horror de la matanza de 303 chinos, esto es, el asesinato de cerca la mitad de esa población en la cuidad.

Es difícil dimensionar las cifras, a pesar de entender lo que una multitud es, sobre todo para nosotros, mexicanos, que tenemos fresca la fiesta que se realizó después de la toma de posesión de Claudia Sheinbaum con más 400,000 personas entre la plancha del Zócalo y las calles aledañas. Aún así, me cuesta trabajo imaginar un auditorio con 303 personas y que todas ellas sean masacradas a causa del odio que sale de las visceras y niega la razón.

Me remito a esto por un evento reciente que, como mexicana y judía me apela y llena de tristeza. Más aún porque acontenció en la víspera de la celebración del año nuevo hebreo, oportunidad para el recogimiento y la reflexión, que tiene como principal objetivo la conciencia de las acciones a partir de una rigurosa autoevaluación moral.

Sin importar la significación de estas fechas y el hecho de que la gran mayoría de los judíos a los que la marcha se refería, somos ciudadanos mexicanos, el pasado viernes, horas antes del inicio de la ceremonia, un grupo de entre 60 y 80 personas marchó por la calle de Masarik, en Polanco, deteniéndose frente a una de las principales sinagogas para gritar: ¡Fuera los judíos! ¡Fuera los judíos de México!

Quizá los manifestantes olvidaron que nuestra presidenta es de origen judío, o que, hasta hoy, en el marco del Derecho Internacional (Declaración Universal de los Derechos Humanos Artículos 9 y 15, Pacto Internacional de Derechos Civiles y Políticos, Artículo 12.4 y Convención Americana sobre Derechos Humanos/Pacto de San José, Artículo 22.5) y en la Constitución mexicana se prohíbe de forma absoluta el destierro de sus propios ciudadanos y garantiza la libertad de culto (Artículos 1, 11, 22, 24).

Tras la matanza de los chinos, se hicieron varias investigaciones. La primera que responsabilizaba a la junta militar maderista, justificó la agresión como parte de la revolución. La segunda, del Gobierno Federal, demostró que los chinos eran pacíficos. La tercera, a cargo de la Delegacion China, señaló la matanza como el resultado del antipatía entre razas y el deseo de saquear y matar y, aunque los gobiernos de China y México acordaron indemnizar a las familias por los daños materiales, los crímenes quedaron impunes.

Cuando la desmemoria gana, la inconsciencia se desborda. Así empieza el desprecio por el otro, el racismo, la violencia de género y el feminicidio, el rechazo a las comunidades LGBT+, la falta de inclusión de las personas con discapacidad y por supuesto, el rechazo a las minorías entre muchas otras realidades que no debemos tolerar.

¿Tendremos que ser testigos de otra matanza para que las cosas cambien?

El odio se erradica con el conocimiento. La responsabilidad es de todos.

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Linda Atach Zaga es historiadora de arte, artista y curadora mexicana. Desde 2010 es directora del Departamento de Exposiciones Temporales del Museo Memoria y Tolerancia de la Ciudad de México.

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