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Era: la belleza insumisa de los libros
Opinión
No recuerdo el primer libro que tuve en mis manos, pero sí recuerdo uno de páginas de color ocre o verde que recitaba: “Ese oso es mío”. Y vaya que sí fue mío el mentado oso porque lo había leído sin dificultad. Recuerdo bien sus hojas rasposas y mi memoria traicionera ha inventado su aroma. ¿A qué huelen los libros? Dicen que a tinta y tiempo. ¿Huele el tiempo? Pues sí, pero si ustedes no tienen un libro de hace 50 años que abrir, nunca averiguarán a qué huele el tiempo. Cada libro viejo es una historia, nuestra historia; cada libro nuevo es una posibilidad, una posible entrada a otra dimensión. Cierto, también puede ser una decepción páginas después.
Esta época se ha rendido ante lo instantáneo y lo incorpóreo, las palabras parecen flotar en pantallas de cristal, el libro de papel, en cambio, resiste, posee una dimensión táctil que da trascendencia a las palabras. El libro de papel ofrece la libertad de leer en cualquier parte sin depender de nada más que de la luz del día o de una lámpara. Es un objeto autosuficiente, un territorio propio, que permanece cuando todo lo demás se apaga, aún nuestras vidas o las editoriales.
En este camino, parece que los libros de ERA estarán destinados a sobrevivir a su casa. Hace unos días Ediciones ERA, tras 66 años de historia y el desplome de sus ventas, anunció lo que parece el fin de una época, suya y nuestra. Como se sabe, Jordi Espresate (E), Vicente Rojo (R) y José Azorín (A) la fundaron en los años 60 del siglo pasado. A partir de ahí sus libros se volvieron imprescindibles, parte de un esfuerzo y una cultura que aspiraba a ser independiente y diversa. Y lo fue.
Dicen que las imprentas no mueren con estrépito; expiran en un repliegue lento del papel, en el crujido seco de las hojas que ya no serán cosidas. Ediciones Era ha bajado la cortina. La casa de la calle Mérida, en la ahora pretenciosa colonia Roma tuvo que ser vendida para apagar el fuego de las deudas. ERA nos ayudó a leernos a nosotros mismos, quedarán sus libros en estantes y bibliotecas, guardianes de una rica herencia donde desfilaron las ideas, propuestas y sentimientos de hombres y mujeres.
El primer libro de José Revueltas que leí fue El Apando, publicado por ERA. Revueltas, el perseguido comunista. Ahora sus libros, su obra reunida, se puede pedir a Walmart o Amazon. Vaya jugada del capitalismo que ha vuelto mercancía hasta las ideas que pretenden socavarlo. Lector, como fui, de su columna Inventario, me encontré con Las Batallas en el Desierto de José Emilio Pacheco. Por supuesto, en Ediciones ERA. Leer a Pacheco es encontrarse con un escritor devorador de temas, imaginativo y bondadoso. ¿Se vale decir que un escritor es bondadoso? Tal vez debí decir generoso.
¿A quién más me presentó ERA? Recuerdo a Segio Pitol y Elena Poniatowska, autores con los que siempre estuve peleado por diferentes motivos, pero que leí. Sin embargo, me amigué con Lezama Lima, Gelman, Monterroso, Aguilar Mora, Inés Arredondo y Coral Bracho. Gracias, ERA.
Tras la pandemia, ERA enfrentó el colapso del ecosistema librero, esto le redujo las ventas a una cuarta parte. También hay que decir que el libro independiente es un cuerpo extraño. No depende de encuestas, de escritores y escritoras de ocasión ni de algoritmos de inmediatez. Al parecer esto es un suicidio en este capitalismo tardío. La caída de ERA trasciende a la empresa, es una muestra de la asfixia a la que se somete el mercado cultural frente a los monopolios digitales y la indiferencia oficial; no se apaga un negocio, se desmantela un territorio de resistencia política impreso en tinta negra.
Todos los que estudiamos o dieron clases en los años 60, 70 y 80 tendrán en sus bibliotecas parte de un catálogo histórico que no debe perderse ni condenarse al olvido. La poesía, la crónica, las narrativas resisten en las bibliotecas particulares como testigos de un fuego que se niega a enfriarse.
El fin de este sello editorial obliga a repensar con urgencia el destino de la palabra escrita en el México contemporáneo. En una de sus mañaneras, la presidenta Sheinbaum habló de los problemas de Editorial ERA y pidió a la secretaria de Cultura, Claudia Curiel, que viera la posibilidad de apoyarla. No sé si esto es bueno o malo en un gobierno que devora autonomías e independencias.
De todos modos, ERA nos deja la belleza insumisa de los libros que heredaremos. Ojalá los sepan apreciar y amar como nosotros lo hacemos.