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Los baches en segundo lugar
Manuel Ajenjo | El privilegio de opinar
Hay promesas de gobierno que ya pasaron de proyectos a leyenda urbana. Una de ellas fue la pronunciada el 18 de enero de 2025 por la jefa de Gobierno de la Ciudad de México, Clara Brugada: “El compromiso de nuestro gobierno es lograr que el bache deje de ser el problema número uno para los habitantes de la Ciudad de México”.
Y, en honor a la verdad, cumplió. Los baches ya no son el problema número uno. Ahora es el despojo.
No era exactamente la solución que esperaban los automovilistas, pero en política lo importante no es resolver los problemas, sino cambiar el orden de la tabla de posiciones. Si el cáncer deja de ser la principal causa de muerte porque aumentaron los infartos, siempre habrá un funcionario dispuesto a presumir el avance estadístico.
Según las encuestas de percepción ciudadana del Inegi, en la Ciudad de México existen más de 200,000 baches en avenidas principales y más de 33,000 en zonas severamente afectadas. Es decir, no tenemos una red vial; tenemos un gigantesco queso gruyere administrado por el Erario.
Hay baches tan antiguos que deberían aparecer en el catálogo del Instituto Nacional de Antropología e Historia. Algunos ya tienen personalidad jurídica. Otros merecen nombre propio. “Nos vemos junto al bache de División del Norte”, dice la gente con la misma naturalidad con la que en París se citan frente a la Torre Eiffel.
Hace unos meses la alcaldía Benito Juárez lanzó un programa de nombre inolvidable: “Cero Baches”. Las mantas que lo anunciaron duraron más tiempo colgadas entre los árboles y postes que las máquinas trabajando en las calles.
Llegué a pensar que el objetivo del programa consistía en tapizar la alcaldía con anuncios para que los automovilistas dejaran de mirar el suelo. Al menos donde vivo y donde trabajo pude observar una técnica de ingeniería verdaderamente revolucionaria: llegaban los trabajadores y la maquinaria, tapaban un bache y dejaban intacto el de junto. Ignoro si obedecía a una estrategia de conservación ecológica, o a una política de cuotas. Quizá los funcionarios pensaron que dos baches juntos constituyen un problema, pero separados representan pluralidad democrática.
Los gobiernos cambian de partido, de color, de eslogan y hasta de culpables, pero los baches permanecen. Son los únicos servidores públicos con verdadera estabilidad laboral. Sobreviven a alcaldes, gobernadores, jefes de Gobierno, presidentes y campañas electorales. Son más permanentes que las reformas constitucionales.
Quizá ha llegado el momento de dejar de combatirlos.
Propongo declararlos patrimonio urbano de la Ciudad de México. Cobrar entrada para fotografiarse con ellos, instalarles placas conmemorativas y ofrecer recorridos turísticos: “A su derecha podrán admirar un ejemplar del periodo Uruchurtu; más adelante, un hermoso socavón restaurado durante la administración Ebrard y, al fondo, una obra inconclusa del Brugadismo temprano"”.
Ahora el gobierno federal anuncia, con fanfarrias, “El Bachetón”, un ambicioso programa para reparar los baches de las carreteras del país —hasta las de cuota tienen baches—, con una inversión anunciada de 50 mil millones de pesos. Ojalá el presupuesto termine debajo del asfalto y no debajo del escritorio de algún contratista particularmente patriótico.
La verdad es que las carreteras mexicanas ya no distinguen entre turismo de aventura y traslado cotidiano. Cualquier viaje puede convertirse en una competencia de rally, con obstáculos incluidos. Las lluvias, el peso de los camiones y la entrañable costumbre nacional de fabricar pavimentos que comienzan a deteriorarse durante su inauguración producen un coctel explosivo de llantas reventadas, rines doblados, suspensiones destrozadas, accidentes peligrosos y miles de pesos que salen directamente del bolsillo de los ciudadanos para compensar lo que nunca salió correctamente del presupuesto público.
Lo extraordinario es la capacidad de adaptación del mexicano. En ningún otro país, el conductor desarrolla semejante precisión para zigzaguear entre cráteres sin derramar café. Si esta habilidad fuera disciplina olímpica, México obtendría medalla de oro, plata y, probablemente, rines y llantas.
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