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Opinión

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Artemis II y la imposibilidad de escapar de nosotros

Nalleli Candiani | Columna invitada

Es el desierto de Arizona.

Una serie de cúpulas geodésicas, vidrio y acero tensados con una atmósfera artificial, sellada: una biósfera.

Es 1991.

Más de ciento cincuenta millones de dólares invertidos en una idea: reproducir la Tierra para poder abandonarla y repoblar Marte algún día.

Años después, dos personas del equipo entran desde fuera con violencia.

Abren las esclusas selladas, fuerzan la estructura, dañan los paneles.

El sistema deja de ser cerrado.

Fracaso. Bajaron los niveles de oxígeno peligrosamente. Hubo problemas con alimentos.

Lo más importante: el equipo se dividió en facciones enfrentadas. Conflictos personales intensos.

Biosphere 2 es un experimento humano. Involucra técnicas del teatro como un laboratorio de emociones que creó el grupo Theater of All Possibilities. Tanto Biosphere 2 como el Theater of All Possibilities surgen del mismo núcleo: un grupo liderado por John Allen.

Era una práctica híbrida entre: entrenamiento físico, improvisación escénica, dinámicas de grupo, trabajo emocional extremo.

Su objetivo: explorar la psique colectiva y la capacidad de convivir en condiciones intensas.

En Marte tendrías que vivir con las mismas personas en un ambiente cerrado para siempre. Tal vez no habría ni siquiera un regreso a la Tierra posible.

Los monstruos en el espacio sideral los lleva uno adentro.

El miércoles primero de abril la nave espacial Artemis 2 lleva a una tripulación deliberadamente perfecta.

La nave hará un sobrevuelo alrededor de la luna, a miles de kilómetros por encima de su superficie.

Años de entrenamiento para un cuerpo en condiciones extremas del espacio. Respuestas rápidas ante crisis. Procedimientos, protocolos para el funcionamiento de la nave. Técnicas de atención y de control de la respiración. Una comunicación con el otro muy directa.

Un astronauta norteamericano como líder de la misión, el comandante Reid Wiseman; un astronauta negro, el piloto Victor Glover; una astronauta mujer, la ingeniera y especialista de misión Christina Koch; y un astronauta canadiense, el especialista de misión Jeremy Hansen como nuestra apuesta ¿nuestra? al futuro.

Diseñar una tripulación perfecta no garantiza a largo plazo una convivencia exitosa.

La soledad protege.

La convivencia revela.

La perfección científica no sabe qué hacer con lo humano.

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Colaboradora para el periódico El Economista columna invitada. Bailarina profesional, artista, danzaterapeuta, eterna estudiante.

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