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Opinión

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El arte de portarse bien

Foto: SCJN 

Hay un concepto de la economía conductual al que llaman cariñosamente nudge, que traducido equivale a “empujoncito”. Es curioso porque los serios economistas brincan la línea punteada del dinero y se pasan al carril blando del comportamiento humano. Se trata de pequeñas modificaciones del entorno o de la forma en que se presentan las opciones para orientar una conducta sin prohibir alternativas ni imponerla. Paternalismo libertario, le llaman, oxímoron incluido. 

Hace poco hice una visita guiada por la Suprema Corte de Justicia de la Nación y terminé pensando menos en Derecho que en decoración. Aunque llamar “decoración” a lo que hay ahí sería bastante injusto.

En uno de los espacios más impresionantes del edificio, José Clemente Orozco dejó dos imágenes enfrentadas: dos justicias. La Justicia de los hombres puede ser torpe, corrupta o incluso indiferente. Se ven personas agachadas, a punto de recibir un hachazo.

Foto: SCJN

En la otra, de forma satírica, la propia Justitia, abajo, con su balanza, parece incapaz de controlar el caos mientras un rayo fulmina a quienes han faltado a ella. El crítico Antonio Rodríguez interpretó a sus destinatarios como prevaricadores y falsos jueces. Orozco la llamó, simplemente, La Justicia metafísica.

El guía lo explicó de manera bastante más sencilla: la justicia de los hombres puede fallar; la metafísica alcanza a quien hizo mal de todos modos. Orozco la llamó metafísica, pero tengo un amigo que suele repetírmelo con todas sus letras: se llama justicia divina. 

Y lo más interesante no es solamente lo que Orozco pintó, sino dónde lo pintó. No está en un museo al que uno va a contemplar las contradicciones de la condición humana durante una tarde de domingo. Está en un lugar por donde pasan personas que trabajan como servidores públicos.

La intención de usar el entorno como un nudge tampoco es una fantasía mía. Décadas después, cuando la Suprema Corte encargó nuevos murales, el entonces presidente del tribunal, Mariano Azuela, explicó que deberían servir para motivar el compromiso con la justicia de quienes los vieran. Es decir: las paredes tenían trabajo que hacer.

Mientras pensaba en eso también observaba a la gente que entraría a la sesión pública del Pleno. En las primeras filas había tsotsiles de Chiapas. Ese día la Corte atrajo un amparo promovido por 308 indígenas desplazados de Chenalhó y cuatro de los promoventes estaban presentes para atestiguar la decisión. Algunos llevaban vistosos sombreros cubiertos de listones. Cerca de ellos estaba un contingente de estudiantes de Derecho que parecían recién salidos de la clase sobre cómo debe verse un abogado.

Todos de negro. Trajes, corbatas y zapatos serios. Las mujeres igualmente formales y de negro. Jóvenes que parecían de primer semestre, todos con esa encantadora inocencia en la que todavía es el traje el que usa al abogado y no el abogado al traje.

Entrañables.

Yo cometí entonces un error de otra época: dejé pasar primero a las mujeres. Los muchachos que venían detrás detectaron inmediatamente aquella señal de debilidad táctica y, en lugar de continuar el gesto caballeroso, se me adelantaron en manada para conseguir los mejores lugares. De hecho, hasta me empujaron. En ese momento se me hicieron menos entrañables.

No los culpo. Aquello era un momento importante; un futuro posible. Al terminar la sesión, algunos ministros tuvieron la amabilidad de acercarse y tomarse fotografías con ellos. Los estudiantes se arremolinaron alrededor con una emoción que uno suele reservar para futbolistas, músicos o actores. En vez de capa, sus héroes usan toga.

También caché a una persona quedándose dormida, lo cual quizá demuestra que ninguna arquitectura ni acto, por solemne que sea, consigue vencer por completo a la fisiología. Y que no todos compartimos el mismo santoral.

Pero toda aquella escena me hizo pensar que un espacio institucional no está compuesto únicamente por paredes, cuadros y muebles. También está hecho de las personas que uno ve cuando ejerce el poder.

Un ministro puede conocer intelectualmente la diversidad del país; otra cosa es tenerla sentada enfrente. Quien dirige una organización puede saber que sus decisiones afectan a cientos o miles de personas; otra cosa es ver sus rostros.

Foto: SCJN

Sabemos muchas cosas que no tenemos presentes todo el tiempo. Y quizá una de las funciones del arte, de los símbolos y hasta de las personas que comparten un espacio sea precisamente ésa: poner enfrente algo que ya sabíamos justo cuando importa recordarlo. 

Casi siete siglos antes de Orozco, Ambrogio Lorenzetti entendió algo parecido.

Entre 1338 y 1339 pintó en el Palazzo Pubblico de Siena una de las obras políticas más extraordinarias de la historia: La alegoría y los efectos del Buen y Mal Gobierno. Tampoco estaba en un museo. Estaba en la sala donde se reunían los Nueve, los gobernantes de la ciudad.

En una pared, Lorenzetti pintó lo que ocurre cuando se gobierna bien: una ciudad llena de actividad, artesanos trabajando, personas conversando, jóvenes bailando, mercancías entrando desde el campo. Afuera hay viñedos, olivos y campos cultivados.

En la pared opuesta está el mal gobierno. La Tiranía aparece como una criatura casi demoníaca, rodeada por la Avaricia, la Soberbia, la Crueldad, el Fraude y la Guerra. A sus pies está la Justicia sometida. Afuera, la ciudad se deteriora y aparece la violencia.

Los gobernantes de Siena deliberaban literalmente rodeados por las consecuencias de sus decisiones.

¿Funcionaba? Ésa es la parte complicada. No tenemos manera de saber cuántas decisiones injustas evitó Lorenzetti ni cuántas sentencias modificó Orozco. Sería absurdo atribuir poderes morales a un fresco.

Pero hay algunas pistas científicas interesantes que nos regresan al “empujoncito”.

Un metaanálisis publicado en 2026 reunió más de 400 estudios sobre los llamados moral reminders: recordatorios que vuelven presentes nuestras obligaciones, las normas o las consecuencias de nuestros actos. En promedio encontraron un efecto pequeño, pero real, sobre la conducta. Lo curioso es que entre los más eficaces están precisamente los que muestran las consecuencias de una acción.

Conviene anotar que, en aproximadamente 12% de los estudios, el efecto ocurrió al revés. No invalida el resultado, pero sí lo equilibra.

La moral, como casi todo lo humano, no funciona con instructivo, y de pronto Orozco parece bastante moderno.

No escribió en la pared INTEGRIDAD, JUSTICIA y COMPROMISO, en oro con el logotipo de la institución abajo. Pintó lo que ocurre cuando la justicia falla.

Y eso me hizo pensar en los lugares donde hoy se toman decisiones.

Sería injusto decir que el mundo corporativo no ha entendido que el entorno comunica. Lo ha entendido perfectamente. Las oficinas contemporáneas tienen branding ambiental, fotografías, instalaciones, pantallas que cambian durante el día y tableros donde aparecen ventas, objetivos, reconocimientos, noticias internas, productividad e indicadores de desempeño.

La pared corporativa ya no es necesariamente una pared. A veces es una pantalla.

Y quizá ésa sea precisamente la pregunta: no si el entorno comunica, sino qué le hemos pedido que comunique.

Imagine a alguien que todos los días entra a su oficina y ve crecimiento, margen, ventas, productividad, cumplimiento de objetivos y KPI, KPI, KPI. Nada de eso está mal. Para eso dirige. Pero si aquello que vemos hace más presentes ciertas ideas, también vale preguntarse cuáles quedan fuera de la pantalla.

Pero el entorno no sólo comunica por lo que ponemos en él. También comunica por lo que dejamos que se deteriore. En 1982, James Q. Wilson y George Kelling popularizaron la teoría de las “ventanas rotas”: una ventana que nadie repara puede comunicar que a nadie le importa lo que ocurre ahí y facilitar nuevas conductas de desorden. La teoría —y sobre todo algunas políticas policiacas que se justificaron con ella— ha sido muy discutida.

En 2008, tres investigadores de la Universidad de Groningen probaron experimentalmente una intuición cercana. En seis experimentos de campo encontraron que, cuando las personas veían que otros habían violado una norma, aumentaba la probabilidad de que ellas mismas violaran otra norma diferente.

El desorden también comunica.

Se ha hablado muchísimo del efecto del ambiente sobre quien camina por una calle deteriorada. Mucho menos del efecto del ambiente sobre quien toma decisiones en el piso 40.

Si una ventana rota puede comunicar que aquí las reglas no importan, ¿qué comunica el entorno de quien tiene poder sobre otros?

Ahí Orozco y Lorenzetti hicieron algo distinto. No les dijeron a quienes decidían cuánto habían producido, ni cuánto habían crecido, ni cuántos objetivos habían cumplido. Les pusieron enfrente las consecuencias de sus decisiones.

En la era de la IA, tal vez tenga sentido regresar al sucio arte —sucio en el sentido literal, el que todavía obliga a mancharse las manos— como una tecnología de atención.

El arte no vuelve buena a la gente, no sustituye las reglas ni arregla a un mal jefe. Ni siquiera logra mantener despierto a todo el mundo. Pero puede hacer algo bastante más modesto: poner frente a nosotros, durante unos segundos, algo que ya sabíamos y habíamos dejado de mirar.

Antes de poner un nuevo banner o araña con la nueva campaña para comunicación interna, quizá convenga ver qué hay colgado en la sala de juntas, o qué rodea a quien ocupa la oficina principal.

Hace poco supe que un gran empresario recibe a directivos que va a contratar entre enormes trofeos de caza disecados: cuerpos completos y varias cabezas.

No sé si eso es un “nudge” que modifica la conducta.

Pero espero que sepas lo que significa.

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