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Ni apocalipsis ni robots asesinos: el verdadero peligro está en los 'Términos y Condiciones’

OpiniónEl Economista

En estos días, tanto en redes sociales como en medios tradicionales resuena la misma advertencia apocalíptica: la inteligencia artificial va a acabar con la humanidad. Se sostiene que le hemos entregado demasiado poder y, según muchos titulares, la civilización tiene los días contados.

Detrás de los titulares está Jacob Coxon, un joven desarrollador que, tras colaborar con OpenAI y dimitir del gigante tecnológico Anthropic, decidió alzar la voz sobre los riesgos de esta carrera desmedida por crear inteligencias artificiales cada vez más poderosas.

Las sentencias que han surgido a partir de sus aseveraciones —y las de algunos otros genios de estas industrias— parecen lapidarias, porque si la humanidad se acaba, difícilmente quedará alguien para concederles que tenían razón. Ironía socrática, dirían los clásicos.

Afortunadamente, desde hace más de 2,500 años existe la Filosofía, que no sirve para nada útil, pero sí para lo importante y necesario; como por ejemplo, abordar con sensatez y perspicacia las apocalípticas declaraciones de Coxon.

Desde la lupa filosófica, el asunto no es que la inteligencia artificial vaya a acabar con nosotros. Quizá el verdadero problema sea que llevamos algún tiempo entregándole a la tecnología pequeñas partes de nuestra vida y, mientras tanto, seguimos preguntándonos si algún día las máquinas se volverán demasiado poderosas.

En el libro ‘¡No hay derecho! Contra las nubes y la tecnodominación feudal’ (2026), Javier Echeverría propone mirar precisamente hacia un lugar menos espectacular. El filósofo de la ciencia y la tecnología no escribe sobre un futuro poblado por robots asesinos, sino sobre algo habitualmente soporífero y, por eso mismo, más inquietante: los términos y  condiciones en los que ya vivimos. Pantallas, redes, centros de datos (popularmente llamados “la nube”) y plataformas digitales conforman un espacio tecnológico que organiza nuestras relaciones, nuestros consumos, nuestro trabajo y hasta aquello que aceptamos sin leer.

La palabra que Echeverría pone sobre la mesa es “tecno-feudalismo”. No es un señalamiento menor. La comparación funciona porque en este nuevo territorio también hay señores, vasallos y espacios que no terminamos de saber dónde están. Ahora los señores no viven en un castillo y nosotros no llegamos a su puerta cargando un saco de trigo, sino que aceptamos sus condiciones de uso sin más, simplemente aparece una ventana y nosotros hacemos clic: “aceptar”.

Por eso el pánico de Coxon merece ser tomado en serio, pero con espíritu filosófico. Decir que la IA puede acabar con la humanidad concentra toda la atención en la máquina futura. Frente a ello, Echeverría nos obliga a mirar en las relaciones de poder que ya existen entre humanos, empresas, Estados y tecnologías. Sí, anunciar el Apocalipsis tiene más viralidad que una cláusula de términos y condiciones, pero esta última puede resultar bastante más tiránica y opresora para nuestra vida cotidiana.

No es el caso del autor del libro ni el mío; no somos “anti-tecnología” ni “tecnófobos”. Yo incluso hasta me reconozco como una apóstol de las tantas herramientas tecnológicas que hoy tenemos para comunicarnos, de la amplitud de perspectivas a las que puedo acceder a través de plataformas digitales. Pero este reconocimiento no me exime de interrogar lo que hoy nos está costando el desarrollo tecnológico.

En el libro ¡No hay derecho!..., las ideas combativas de Javier Echeverría nos permiten ver que el futuro no es una catástrofe que simplemente nos sucederá, ni tampoco una promesa tecnológica que debamos aceptar acríticamente.

Tal vez la humanidad no vaya a terminar por culpa de la inteligencia artificial. Tal vez antes tengamos que averiguar si somos capaces de conservar algo más difícil: el derecho a decidir qué queremos ser cuando las máquinas ya pueden decidir muchas cosas por nosotros.

Porque, efectivamente, no hay derecho. Pero todavía hay tiempo.

*La autora es académica del Departamento de Filosofía, IBERO CDMX

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