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La ansiedad es apenas el principio

OpiniónEl Economista

Hay una palabra que parece explicar buena parte del malestar de una generación: ansiedad. Los jóvenes la reconocen, hablan de ella y cada vez tienen más herramientas para identificarla. Pero cuando alguien cruza la puerta de un consultorio y comienza a hablar de lo que siente, esa palabra suele ser apenas el principio.

Porque detrás de la ansiedad hay historias. Hay relaciones familiares que pesan, parejas que lastiman, dificultades para establecer límites, problemas de autoestima, miedo a decepcionar y emociones que nadie enseñó a nombrar. La ansiedad puede ser el motivo que lleva a una persona joven a pedir ayuda, pero conforme la conversación avanza aparecen preguntas mucho más profundas: ¿por qué me siento así?, ¿por qué me cuesta decir que no?, ¿por qué repito relaciones que me hacen daño?, ¿por qué no puedo expresar lo que necesito?

Los primeros datos que hemos observado a partir de la atención psicológica a jóvenes parecen apuntar en esa dirección. La ansiedad está presente como motivo de consulta en 54% de los casos; después aparecen la tristeza, con 48%; el manejo de emociones, con 47%, y los conflictos en las relaciones personales, con 46 por ciento.

Son cifras iniciales y corresponden a una muestra todavía pequeña, por lo que sería irresponsable convertirlas en el retrato de toda una generación. Sin embargo, existe un hallazgo que considero mucho más interesante que los porcentajes: conforme avanza el proceso terapéutico, cambia la conversación.

Entonces aparecen la familia, la pareja, la autoestima, la comunicación y los límites personales.

Tal vez muchos jóvenes llegan a terapia porque sienten ansiedad, pero permanecen porque comienzan a descubrir todo aquello que necesitan comprender.

Considero que ahí existe una de las transformaciones más interesantes en la manera en que las nuevas generaciones entienden la salud mental. Durante mucho tiempo pensamos en la atención psicológica como una herramienta para resolver una crisis. Se acudía a terapia cuando algo estaba mal, cuando el sufrimiento resultaba evidente o cuando la vida cotidiana comenzaba a romperse.

Hoy esa idea parece insuficiente.

Cada vez más jóvenes quieren comprender por qué reaccionan de determinada manera, por qué algunas relaciones les generan malestar o por qué les cuesta expresar lo que sienten. Buscan herramientas para reconocer sus emociones, comunicarse y construir vínculos distintos.

Y eso cambia profundamente la conversación sobre salud mental. Porque durante años enseñamos a los jóvenes matemáticas, historia, idiomas y tecnología. Los preparamos para competir, producir y adaptarse a un mundo cada vez más complejo. Pero dedicamos mucho menos tiempo a enseñarles a reconocer una relación que les hace daño, expresar una emoción, atravesar una ruptura, resolver un conflicto o establecer un límite sin sentir culpa.

La salud mental es progresiva a las etapas de vida, por eso todo lo que hagamos con jóvenes hoy, impactará en los adultos jóvenes y adultos que serán. Por ello actualmente hay tantos adultos que no saben qué o cómo resolver sus relaciones personales o su comunicación, lo cual impacta directamente en su salud mental.

Porque la salud mental también se construye en los vínculos. En la manera en que aprendemos a querer y a dejarnos querer. En aquello que permitimos. En nuestra capacidad para comunicar una necesidad, reconocer el dolor y alejarnos de situaciones que nos lastiman.

Por eso creo que una de las grandes conversaciones sobre salud mental de los próximos años será avanzar hacia la consciencia y la evolución de las personas hacia mejores formas de entenderse en el mundo. Tendremos que hablar mucho más sobre habilidades emocionales y sobre la calidad de las relaciones que construimos.

Esto también obliga a ampliar nuestra idea de prevención. Prevenir significa ofrecer herramientas antes de que el malestar alcance un punto crítico. Una persona que aprende a identificar lo que siente tiene más posibilidades de pedir ayuda. Alguien que sabe establecer límites cuenta con recursos para protegerse de relaciones dañinas.

Un joven capaz de hablar sobre tristeza, miedo o frustración puede encontrar caminos para atravesar momentos difíciles.

Quizá la transformación más interesante que estamos presenciando sea esa: una generación que empieza a entender que cuidar su salud mental implica aprender a vivir y relacionarse mejor.

Durante mucho tiempo medimos el éxito de la atención psicológica a partir de la reducción de síntomas. Tal vez llegó el momento de ampliar esa mirada y preguntarnos también si una persona, después de recibir ayuda, comprende mejor lo que siente, establece relaciones más saludables, comunica sus necesidades y cuenta con herramientas para enfrentar las dificultades que inevitablemente aparecerán a lo largo de su vida.

Si las nuevas generaciones están dispuestas a hacerse esas preguntas, quienes trabajamos alrededor de la salud mental tenemos la responsabilidad de escucharlas y empujar hacia su propia evolución.

Porque detrás de la ansiedad puede haber muchas historias. Y quizá una de las tareas más importantes de nuestro tiempo sea dejar de mirar únicamente el síntoma y empezar a escuchar lo que los jóvenes intentan decirnos a través de él.

*La autora es especialista en políticas públicas para juventudes y salud emocional.

Contacto: mafer@espaciohope.com

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