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Opinión

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Acuerdo digital Europa-México: caramelo envenenado

Jorge Bravo | En comunicación

Europa y México firmarán un acuerdo comercial que incluirá cooperación y tecnologías digitales.

Antonio López Istúriz White, miembro del Parlamento Europeo y Presidente de la Delegación en la Comisión Parlamentaria Mixta UE-México, adelantó al auditorio del evento Digital Summit Latam 2026 en Madrid la visita oficial de Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea, a México para firmar un acuerdo comercial donde, según él, se incluiría un pacto digital.

El anuncio tiene un doble valor político y estratégico. Político porque desvela una maniobra diplomática que combina comercio y tecnologías digitales. Estratégico porque obliga a todo actor público y privado en América Latina a calibrar riesgos y oportunidades ante una iniciativa que puede redibujar soberanías tecnológicas.

La transformación digital no sólo es despliegue de redes y adopción de plataformas. Es infraestructura, talento, capital, marcos regulatorios y soberanía sobre datos e identidad digital.

Europa ofrece un modelo que prioriza derechos, protección y estándares. Ese modelo contiene virtudes, sobre todo en protección de privacidad y en la construcción de un mercado único regulado.

También contiene limitaciones. La Unión Europea tiende a resolver vulnerabilidades mediante regulación preventiva en lugar de apalancar innovación disruptiva. El resultado es una fuerte normativa donde la innovación muchas veces debe adaptarse primero a la ley y después al mercado.

En el mundo existen cuatro modelos de gobernanza digital. El primero es el modelo estatal donde el Estado lidera infraestructura, tal como lo practica China. El segundo es el mercado desregulado liderado por empresas tecnológicas con sede en Estados Unidos. El tercero es el modelo comercial democrático de derechos humanos regulado, el cual aspira Europa.

El cuarto es la propuesta latinoamericana donde la tecnología se ve como herramienta para conectar, habilitar derechos, digitalizar servicios, fomentar innovación, impulsar la transformación digital, crecer económicamente y elevar la productividad. Este modelo es pragmático porque prioriza inclusión y desarrollo económico sobre primacía doctrinaria.

Firmar un acuerdo con Europa tiene ventajas. Acceso a mercados, cooperación en estandarización y potencial transferencia de buenas prácticas regulatorias. Sin embargo, existe un riesgo si el pacto limita a México exclusivamente a un proceso de transferencia regulatoria y no incluye transferencia tecnológica, inversión en I+D y colaboración industrial.

Un acuerdo que imponga prohibiciones amplias o regulaciones asimétricas puede convertirse en un caramelo envenenado. México podría asumir obligaciones que bloqueen tecnologías o proveedores de tecnología sin fortalecer la capacidad tecnológica nacional.

La vulnerabilidad mayor viene de adoptar normas sin adaptar principios y realidades. La regulación europea suele nacer de prioridades sociales y de un delicado equilibrio entre mercado y Estado de bienestar. Ese equilibrio no siempre se ajusta a realidades latinoamericanas donde el reto inmediato es cerrar brechas de conectividad, formalizar economías digitales y generar empleo cualificado.

México debe negociar principios digitales propios. Esos principios deben incluir soberanía sobre datos críticos, compromisos de transferencia de tecnología, cláusulas que fomenten inversión en infraestructura digital y apoyo a la innovación local.

América Latina tiene una ventaja estratégica en la posibilidad de integración regional. Mientras Europa sufre fragmentación por diferencias regulatorias y una escala acotada por la competencia local, la región de América Latina puede construir bloques de interoperabilidad donde la escala se gane por integración de mercados.

México, por su peso económico y geopolítico, debería liderar la construcción de una visión latinoamericana. Colaboraciones con Brasil, Chile, Colombia y Centroamérica podrían generar palancas de negociación frente a cualquier socio externo.

Europa no es villana, pero la interrogante es si está dispuesta a ser aliada en igualdad de condiciones. Su estrategia tiene lógica si su objetivo es proteger a ciudadanos y mercados frente a la dominación de plataforma. El problema emerge cuando esa defensa se transforma en condicionamiento, sobre todo si el socio más débil acepta disposiciones sin contrapartidas tecnológicas.

México debe ser un interlocutor abierto con Europa y simultáneamente arquitecto de una agenda digital latinoamericana. La relación con Europa debe servir para aprender y acceder a mercados. La segunda debe convertir aprendizaje en industria. No hay que tropicalizar ningún modelo. Hay que mostrar potencial propio.

La negociación con Europa tiene riesgos geopolíticos si las normas se disfrazan de objetivos estratégicos. La decisión no es entre estar con Europa o con América Latina. La decisión es elegir un camino que permita a México diseñar su futuro digital. Ese camino exige liderazgo. Si México firma un acuerdo sin esas garantías, corre el riesgo de intercambiar soberanía por regulación. No nos ofrecerán espejitos, pero sí papelitos. Y lo que necesitamos es tecnología.

X: @beltmondi

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Presidente de la Asociación Mexicana de Derecho a la Información (Amedi). Analista de medios y telecomunicaciones y académico de la UNAM. Estudia los medios de comunicación, las nuevas tecnologías, las telecomunicaciones, la comunicación política y el periodismo. Es autor del libro El presidencialismo mediático. Medios y poder durante el gobierno de Vicente Fox.

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