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Opinión

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¿Venezuela? Decía Pablo Iglesias que era un modelo de país

No sabemos qué pasará en el siglo XXII, pero en el siglo XXI el socialismo real tampoco será viable. Y Venezuela es la prueba evidente de ello. Es un nuevo experimento social sobre el terreno que se salda con una brutal crisis humanitaria, con millones de personas huyendo hacia países de los denominados capitalistas en busca de libertad o de una multinacional que te explote un poquito y con otros millones de personas atrapadas en el hambre y la desolación mientras se preguntan “¿quién se ha llevado mi queso?”.

Cuando apareció el fenómeno Pablo Iglesias allá, me tomé la molestia de interesarme por su discurso. Allí descubrí a un chaval, admirador del vetusto Gramsci, que repetía como un loro consignas oxidadas, recuperadas de los sótanos de la vergüenza.

En una época pasada, pensadores tan notables sólo tenían mote. Recuerdo a uno al que llamábamos El Chino, porque era maoísta. Decía las mismas cosas que Pablo y la mayor contribución que se le permitió hacerle a la sociedad fue pegarle fuego a un contenedor. Las llamas consumieron el pensamiento descompuesto del iluminado y el contribuyente soportó una pequeña factura, pero el orate —lo considerábamos así porque nosotros éramos comunistas descreídos— acabó trabajando en la ferretería de su padre.

Ahora no. Ahora cualquier especialista en el desconocimiento acaba proyectando sus delirios sobre la gente, primero en Internet, luego en la tele y finalmente en la política que nos rige. Y ahí descubrí que Pablo me quería convencer de lo que decía, porque había un paraíso donde funcionaba: Venezuela.

Ese país era ejemplo, referencia y modelo. Y no dudaba en asegurar que se trataba de “una de las democracias más saludables del mundo”.

¿Qué hacía Hugo Chávez, al que los Iglesias y acólitos tenían por maestro? Pues nacionalizaba empresas.

Vende nacionalización de sectores, intervención de medios, injerencia en el ámbito judicial, control de precios... ¿Se acuerdan de los alquileres? Fórmulas testadas en Venezuela que han dado como resultado el sonoro fracaso del socialismo del siglo XXI.

Lo preocupante es que miles de chavales y algunos cuantos adultos compran en España el discurso como nuevo, como si tuviera wifi incorporado, y se expresan con la virulencia del que no es descreído, del fanático. España posee el virus pero tiene de momento la suficiente fortaleza institucional para evitar que se desarrolle. Pero ahí está. Ya sabíamos que la Venezuela de Carlos Andrés Pérez o Rafael Caldera era una lamentable farsa. Pero lo malo no es enemigo de lo peor. El 25 de enero, el gobierno español, para que no se le corriera el rimel, tuvo la desvergüenza de emplazar a Maduro para que convoque elecciones. Como si no supiéramos que los monstruos, cuando las convocan, las ganan siempre.

@I_Garay

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