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Opinión

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Tragedia polaca

El asesinato del alcalde de Gdansk abre incógnitas sobre el país.

El asesinato de Pawel Adamowicz dejará una huella indeleble en la política actual, pero también en la historia de Polonia.

Su sepelio, ocurrido este fin de semana, hizo patente el carácter político y las consecuencias posibles del magnicidio.

Desgraciadamente, este tipo de asesinatos no es novedoso en las democracias occidentales. En el Reino Unido, los Países Bajos, Suecia o Noruega, personas han sido asesinadas por sus ideas políticas, por parte de fanáticos cuya intolerancia derivó en locura sangrienta y sin sentido.

Todos estos países son democráticos, pero la democracia polaca está enferma. El odio no proviene de locos aislados o de grupúsculos representando una parte ínfima de grupos marginales, sino que está tolerado desde las más altas esferas del poder.

El gobierno polaco intenta restringir la independencia de la prensa, de la justicia, los derechos de las mujeres y de las minorías sexuales, gracias a cambios constitucionales condenados por las instancias europeas.

Esta vez, Polonia no tendrá ninguna excusa ni pretexto para justificar su deriva autoritaria. Económicamente, es la historia de éxito de Europa, con un crecimiento espectacular que no fue afectado por la crisis financiera del 2009, haciendo del país una feliz excepción.

Tampoco tuvo que padecer la crisis del euro ni rescatar a países afectados como Grecia.

Desde el punto de vista geopolítico, y a pesar de las eternas amenazas rusas y de la asertividad internacional de Putin, nunca el país ha estado tan seguro. Su pertenencia a la Unión Europea y a la Organización del Tratado del Atlántico Norte hace casi imposible una invasión rusa. Máxime si se toma en cuenta que entre Rusia y Polonia existe en la actualidad un cinturón de países independientes (los tres países bálticos, Ucrania y Bielorrusia).

El país tiene excelentes relaciones con todos sus vecinos, incluidos Alemania, Dinamarca y Suecia, sin hablar de los tres países hermanos del Grupo de Visegrado (Hungría, Eslovaquia y República Checa). Finalmente, nunca las relaciones entre Polonia y Estados Unidos han sido tan buenas.

A pesar de esto, una parte de su clase política, precisamente la que está en el poder con el Partido Ley y Justicia, entró en una histeria nacionalista, conservadora y revisionista, que podría provocar precisamente lo que se intenta evitar: un retroceso económico y político, junto a un aislamiento internacional que haría al país más vulnerable ante una intervención rusa.

El intento de reescribir la historia nacional, prohibiendo hablar negativamente de la actuación polaca en la Segunda Guerra Mundial en un país donde el antisemitismo sigue virulento, es otra señal de la deriva del actual gobierno.

Polonia dispone de una clase política (como Pawel Adamowicz) e intelectual admirable, de una sociedad civil activa, de un pasado prestigioso y del apoyo del resto del continente.

Esperemos que las elecciones legislativas y europeas del 2019 hagan resaltar ese aspecto y no sus vertientes más funestas y retrógradas, que precipitarían de nuevo al país en la tragedia.

*Especialista en temas europeos y de Medio Oriente.

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