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¿Se imaginan una política digital nacional?
Foto EE: Archivo
Las campañas eleccionarias de los políticos tienen como gran característica las numerosas promesas que se hacen al electorado para ganar su apoyo. Dentro de estas promesas usualmente encontramos un grupo que podría denominarse como las que apelan a la moral y el mejor sentido de justicia de los seres humanos. Son esas que juran y aseguran la equidad e igualdad de las personas en lo referente al trabajo, los accesos a servicios básicos y la importancia de incluirlos en los procesos decisionales del estado.
Imagino que luego de que pasan las elecciones y muchos de estos superhéroes temporales asumen sus cargos, el olvido los invade y nunca se les vuelve a ver en los barrios humildes en los que muchas veces dejaron hasta la voz cuando clamaban por justicia.
Ahora imaginen que nos encontramos en los inicios de una digitalización total de nuestro alrededor. Lentamente veremos como muchos artículos electrodomésticos comienzan no solo a digitalizarse sino a poder tomar decisiones dependiendo de los parámetros que les hayamos programado. Los vehículos, los semáforos, los medidores de energía y hasta la misma agricultura comenzarán a beneficiarse de las nuevas tecnologías. Todo lo anterior agregando un incremento en la digitalización de procesos gubernamentales que economizan tiempo al minimizar la burocracia y a su vez incrementan la transparencia al dejar un historial de todas las transacciones efectuadas.
Precisamente es este destino inevitable el que le aumenta la importancia a cualquier estrategia de conectividad nacional. ¿Por qué? Sencillo, estos planes a lo que apuntan es a incrementar el número de ciudadanos que pueden acceder a los servicios que tienen a su disposición quienes habitan en las grandes metrópolis urbanas. Brindar a los más necesitados y aislados las mismas oportunidades de conectividad que tiene el resto del país.
Sí, cuando se habla de un plan nacional de desarrollo de las tecnologías de información y comunicaciones (TIC) se platica de una estrategia gubernamental dirigida a mejorar la calidad de vida de los marginados. Ningún gobierno que pretenda venderse como enfocado en los derechos de los pobres, que defienda la igualdad de todos los ciudadanos y se queja de los privilegios educativos o de salud de los segmentos de mayor poder adquisitivo, puede ignorar la importancia de las TIC como herramienta para mejorar la calidad de vida de las personas.
Presentarse como defensor de los pobres mientras les niega un camino hacia la digitalización es similar a darles un plato de comida y luego clavarles un puñal por la espalda. Crear e implementar una estrategia nacional para el desarrollo de las telecomunicaciones es invertir en la llamada infraestructura del conocimiento, beneficios intangibles que las personas llevarán en su por el resto de sus días. No hacerlo es trabajar para beneficiar el incremento en las diferencias sociales de quienes tienen acceso a privilegios y quienes hacen maromas para no caer en el analfabetismo funcional.
Me explico, cuando hablo de una estrategia nacional e inclusiva en el desarrollo de las TIC no tan solo hago referencia a la infraestructura. También me refiero a la utilización de las nuevas tecnologías en la educación, en servicios de emergencia, salud, agricultura, energía, finanzas, en fin, todos los segmentos que constituyen la economía del país. Hablo de capacitaciones, mejorar eficiencias y llevar a sectores aislados una nueva posibilidad para mejorar.
No hacer nada, no asesorarse de forma correcta o rehusarse a entender que no se puede pensar en el futuro crecimiento del país cuando un porcentaje importante de la población considera a las TIC como plataforma de chateo o de ver videos y los esfuerzos para cambiar esa visión son prácticamente inexistentes. ¿Cómo pensar en un país preparado para comenzar a exportar servicios y conocimientos cuando en muchas dependencias del gobierno impera la tecnofobia?
Lo peor de todo, desgraciadamente, es que muchos de esos antiguos superhéroes ya sea por cobardía o por comodidad han dejado su promesa de protección de las masas para pasar a ser marionetas que protegen los mismos intereses de siempre. Como si esperaran a Godot, sus palabras los muestran diligentes y en movimiento, pero sus actos los condenan a la parálisis de la inacción. Al final de cuentas, la víctima sigue siendo el pueblo.