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Opinión

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Política exterior: el patio donde juega AMLO con represores

La política exterior es el rasgo más auténtico del presidente López Obrador.

Es su zona de confort: no tiene contrapesos políticos y mediáticos. No tiene que rendir cuentas a nadie. Lo que desea por la mañana se hace realidad al mediodía. Si desea enviar a Isabel Arvide a un consulado en Turquía, nadie se lo impide. Perfiles desfigurados desde la estética profesional son representantes de México en el exterior.

López Obrador se enojó con el Gobierno de Panamá porque no le otorgó el beneplácito a un sujeto señalado por varias mujeres como acosador sexual; a Rusia envía a un filósofo que le interesa cambiar contenidos en Wikipedia en medio de la guerra en Ucrania. El presidente de México premia a políticos priístas lambiscones. Por ejemplo, AMLO castigó a España (en realidad a México) enviando a un improvisado de la política exterior.

La política exterior es su patio de recreo. Un día promueve para América Latina un mecanismo similar al de la Unión Europea (sabiendo que él no estaría de acuerdo en la cesión de soberanía), y otro día, en la cumbre de la Celac, pide la integración de Estados Unidos y Canadá (sabiendo que la razón de ser de la Celac es rivalizar con la OEA).

El presidente mexicano se siente cómodo rodeándose de represores, violadores de derechos humanos y dictadores. A su toma de posesión invitó a Nicolás Maduro, personaje que reúne los tres rasgos mencionados: es represor, es violador de derechos humanos y es dictador.

Le abrió las puertas del país a Evo Morales, violador de la constitución que él mismo diseñó. En 2016 organizó un referéndum para medir la opinión de los bolivianos. La mayoría de los que votaron lo hicieron en contra de su candidatura presidencial en 2019. Morales violó la constitución y se presentó a las elecciones provocando manifestaciones en su contra y muertos.

El sábado, AMLO distinguió a otro represor con la Orden Águila Azteca, la más alta distinción que se les otorga a los extranjeros por servicios prominentes prestados a México. En efecto, el cubano Díaz-Canel es represor, violador de derechos humanos y dictador. Cumple con los tres rasgos.

Jon Lee Anderson escribe en un prólogo lo siguiente sobre el bloqueo: “Si había falta de abastecimiento de comida o de gasolina, era culpa del bloqueo. Si había cubanos que querían huir de Cuba, también. Si había protestas por falta de libertades, era por la incitación de agentes del imperio, los mismos que habían impuesto el bloqueo”. Jon Lee Anderson remata: “Con esta lógica, la mejora de la vida de los cubanos no dependía de la Revolución, sino de Estados Unidos” (La isla oculta, Abraham Jiménez Enoa, editorial Libros del K.O. 2023).

Díaz-Canel mostró su rostro de represor en julio de 2021, al encarcelar a cubanos que le pedían libertades. A Abraham Jiménez Enoa lo desterró: cárcel o libertad. Ahora vive en Barcelona. En su libro define su sentimiento de su salida: “Salir de Cuba es caer en el mundo, comprobar que Cuba es una isla secuestrada por un sistema político que ha provocado que el país se encuentre aún en el siglo XX”.

AMLO dedica el Águila Azteca al represor de Abraham Jiménez. El dogma lo deforma y pasará a la historia como el presidente que humilló a los jóvenes que desean la libertad en democracia.

Gracias a la política exterior del actual gobierno hemos conocido uno de los verdaderos rasgos del presidente López Obrador: su empatía por los represores.

Uno de ellos fue recibido en las instalaciones de la cancillería: el venezolano Jorge Rodríguez: un pistolero de Nicolás Maduro.

La política exterior mexicana del actual gobierno pasará a la historia como la peor en los últimos 50 años.

Y Ebrard quiere ser presidente.

Twitter: @faustopretelin

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Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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