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Opinión

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Momentos estelares de gloria y generosidad olímpica: París está de fiesta

Reflexiones sobre la gloria y la fama

La editorial Acantilado ha publicado cuarenta y seis obras de Stefan Zweig, una de las más celebradas es sin duda la publicación de la biografía de José Fouche (1929), por lo que simbólicamente significó y sigue significando, este astuto y habilidoso genio político en la eterna lucha por el poder. Otra obra de Stefan Zweig que, leí con particular agrado recientemente por recomendación de mi amigo Roberto Michel Padilla es “Erasmo de Rotterdam: Triunfo y tragedia de un humanista”, (1934). Una biografía de altos vuelos del gigante del humanismo renacentista, el hombre enemigo de las facciones políticas, de las facciones ideológicas y de las facciones religiosas, por el empobrecimiento social y humano a que propenden e inducen. Uno de los libros más afamados de esta colección es el que lleva por título “Momentos estelares de la humanidad” (1927), texto en el que se describen catorce sucesos históricos que, marcaron el rumbo de la humanidad. En este libro épico, la fama y la gloria son el impulso que orienta a los personajes claves de las historias que comenta Zweig, la fama y la gloria son también obsesiones del autor cuya prolífica obra en calidad y cantidad en mi opinión le hubieran hecho acreedor al premio Nobel de literatura. De haber obtenido ese galardón quizá, le hubiera permitido a Stefan Zweig tener un escudo protector ante la persecución nazi de que era objeto, lo que hubiera evitado su suicidio (y el de su esposa) el cual ocurrió en 1942. Para entender su dramático proceder, hay que tener en cuenta lo siguiente: En primer lugar, Zweig, como Shakespeare y como Erasmo de Rottterdam detestaba en lo profundo de su ser, las facciones políticas, ideológicas y religiosas por considerarlas perversamente dañinas a la evolución positiva de la humanidad. Como señaló un escritor que prefiere ocultar parcialmente su identidad ante el mundo: “Todo lector de El mundo de ayer, las memorias que escribió Zweig poco antes de suicidarse, sabe que no se hacía ilusiones con respecto a la Europa que saldría de la contienda desatada por Hitler. Para él, la segunda guerra de todos contra todos representaba no solo el final definitivo de un pasado irrecuperable sino, además, un estrepitoso fracaso personal, pues su vida entera como escritor fue la de alguien que anteponía a cualquier otro valor la convicción de la fraternidad europea y su policroma comunión en la diversidad. Zweig, agobiado por los acontecimientos, sentía que el suicidio de Europa que resultaría de la segunda guerra mundial, le sustraía el andamiaje que sostenía su identidad, volviéndole el mundo marchito e inhóspito, desprovisto de toda motivación para vivir” (Rodrigo “El Exilio imposible”, George Prochnik, 2017).

Zweig era como todos sabemos un elegante escritor “un hombre estrictamente identificado con el humanismo ético; su simpatía estuvo siempre del lado de los humillados y ofendidos, mientras que de los triunfadores y poderosos tenía poco que decir, excepto sus éxitos veleidosos o sus rotundos fracasos para mantenerse en la estructura del poder político”.

Por todo este conjunto de poderosas razones vale la pena leer la biografía de Zweig de George Prochnik intitulada “El exilio imposible: Stefan Zweig en el fin del mundo”, publicada en 2014. Prochnik narra en esa biografía esclarecedora, los últimos días de Zweig. La biografía de Prochnik, en sus últimas páginas alcanza una singular intensidad dramática comparable, por ejemplo, al final de la novela de Lion Feutchwanger, “El Judio de Süss (1925), en ambos casos el épico final nos deja sin respirar, nos encoge el corazón. En sus últimos momentos de declive moral, la fama y la gloria significaban muy poco para este refinado y sensible esteta.

Marcel Schwob, el francés eterno, que misteriosamente no buscó ni la fama ni la gloria, escribió de Eróstrato en sus “Vidas imaginarias”, (1896) lo siguiente: “El (Eróstrato) no reconoció ningún otro motivo a su acción como no fuera la pasión por la gloria y la alegría de oír proferir su nombre [. . .] el nombre de Eróstrato le parecía incomparable, así como su propia persona le parecía superior a toda la humanidad. Deseaba la gloria.” Un escritor anónimo creyó percibir en esta descripción un mensaje críptico de Schwob. Juzgue el lector si las palabras de Schwob constituyen una proyección personal. En todo caso, la pasión por la fama (goce espléndido, según Poe), forma parte de la función de preferencias de casi todos aquellos que han dedicado sus mejores talentos y afanes a la ciencia, a las artes y al deporte.

Para difuminar cualquier duda que tenga el lector, examine la siguiente reflexión de Jean Paul Sartre. El hombre que rechazó el Premio Nobel de literatura escribió: “Imagino la gloria como un salón de baile lleno de señores de frac y de señoras escotadas alzando sus copas en mi honor. Toda una estampa, pero es una imagen que tengo desde mi infancia. No me tienta, y sin embargo me tienta la gloria”, (Jean-Paul Charles Aymard Sartre, “Las palabras”, es una autobiografía de altos vuelos, una auténtica obra maestra escrita en 1964, justamente el año en que Sartre rechazó el premio Nobel de literatura).

Los griegos designaron a la fama y a la gloria con el término Kléos. Los griegos consideraron la Kléos como uno de los más altos valores de su civilización; era una compensación, ganada a pulso por algunos hombres a cambio de su desdichado y aciago destino. En la “Ilíada”, Aquiles, el legendario héroe griego, al tener que elegir entre una larga vida y la imperecedera Kléos, elige esta última. Por su parte el troyano Héctor, en el último momento de su vida, sabe que no le queda nada excepto la esperanza de alcanzar la Kléos. El hijo de Príamo exclama: “Ahora la perversa muerte está cerca, no hay más que esperar ni escapatoria. Hace mucho que deben haberlo elegido Zeus y su hijo el arquero; y, sin embargo, antes ellos me protegían. Pero ahora mi destino está aquí. Permitidme, pues, no perecer sin esfuerzo y sin fama, sino en alguna gran hazaña que llegue a conocimiento de los hombres venideros”.

Julio Cortázar relató el hecho de que Edgar Allan Poe solía decir que la fama no le interesaba, más cuando bebía una copa de vino, cambiaba de tal manera de opinión que, decía que su único interés en la vida era la fama póstuma. Por eso imaginamos a Edgar Allan Poe disfrutando de una emoción parecida a la que tiene un campeón olímpico (cuando gana su medalla de oro en exhuberante competencia) por su triunfo en el certamen literario en el que, resultó vencedor en una competencia artística promovida por el “Baltimore Saturday Visiter”, por su notabilísimo cuento escrito en 1833, “Manuscrito hallado en una botella”, (Julio Cortazar “Vida de Edgar Allan Poe”,1956)

Respecto de la búsqueda de la fama y la gloria y, todo lo que ello implica, un autor de la Antigüedad, Aulo Persio Flaco (quien solo vivió 28 años), regañando a un discípulo suyo, le espetó la siguiente amonestación: “¿Crees que tu saber no es nada, si los demás ignoran que sabes?”, (Aulo Persio Flaco “Sátiras””, siglo I d.C.). El escritor francés Montaigne venerado por Shakespeare comprendió que era insensato perseguir la gloria. Y sin embargo señaló que todos los espíritus grandes propenden hacia ella. El autor de los “Ensayos” (1595) escribió: “¿Quién no entregará gustoso salud, reposo y vida, a cambio de fama y gloria, la más inútil, hueca y falsa moneda que pueda haber para uso nuestro? Como si no temiésemos ya bastante nuestra muerte. Se sacan de los escritos de Cicerón y de Plinio, infinitas pruebas de naturalezas extremadamente ambiciosas; entre otras está el hecho de solicitar públicamente de los historiadores de su tiempo que no se olviden de ellos en sus registros”.

El majestuoso William Shakespeare en algún sentido discípulo de Montaigne con su fino instinto histórico escribió sobre la fama en palabras no superadas por ningún autor, lo siguiente: “Que la fama, perseguida por todos después de su existencia, viva registrada en nuestras tumbas de bronce y nos preste luego sus gracias en la desgracia de la muerte; cuando a despecho de este voraz devorador, el tiempo, adquiramos por el esfuerzo del soplo presente aquel honor que logre enervar el acerado filo de su guadaña y nos convierta en  herederos de la eternidad” (William Shakespeare, Love´s Labour´s Lost, 1598) .

Al leer las veintidós vidas imaginarias de Schwob, confirmo la opinión de Borges de que se trata de un libro escrito por un coloso. Contagiado por el fervor que le trasmitió esa lectura, Borges escribió bajo su influjo “La historia universal de la infamia” (1935), texto que, sigue las huellas con lealtad insobornable de “Las vidas imaginarias”. Schwob hizo de sus personajes seres únicos, y quien dice únicos dice extraordinarios, desatados, superiores, sedientos” (Alvaro Cortina “Schwob y sus biografías ficticias”, 2009). De esta tesitura excepcional son las tres biografías de piratas relatadas por Marcel Schwob: El capitán Kid (un singular pirata contagiado en sus actos peculiares por la mayor irracionalidad posible), Walter Kennedy (un pirata analfabeto), y El mayor Stede Bonnet (un pirata con humor).

Sin duda, un repaso de la historia de los juegos olímpicos nos permite constatar de manera abrumadora, que grandes campeones olímpicos, se han revelado a través de sus hazañas como seres únicos, extraordinarios, desatados, superiores, sedientos de fama y gloria, pero en esa eclosión humana es nuestro deber aclarar, que se trata de campeones olímpicos, distantes de la arrogancia de los intelectuales de la Academia Francesa que tanto ironizó Voltaire en el “Cándido” (1759).

                  Se ha dicho que los juegos olímpicos de la antigüedad en contraste con los del siglo XXI eran en su totalidad eventos exclusivos de hombres, pero los griegos compensaban con creces esa fatuidad inaceptable e indigna de su genio, representando con una mujer al símbolo de los juegos olímpicos por ellos promovidos. Esta mujer era Niké, la diosa de la victoria, la cual se muestra engalanada con unas alas desplegadas descendiendo del Olimpo en un lugar, y en un espacio especial del legendario British Museum donde puede apreciarse.

Por cierto, recuerdo que cuando visité el Reading Room del British Museum en el año ya lejano de agosto de 2007, me impresionó su “Sala Circular”, donde Karl Marx escribió “El capital”. En ese Reading Room, se escribieron obras inmortales que dieron fama y gloria a Oscar Wilde (Quizá escribió allí ¿Por qué no? “El alma del hombre bajo el socialismo”, o “La importancia de llamarse Ernesto”), a Hebert George Wells. Quizá allí escribió su obra capital de 1895, “La máquina del tiempo”, influenciada sin duda por la lucha de clases de Marx y Engels; fenómeno social que, en la obra de Wells es transportada la lucha de clases a otras galaxias; y donde también encontramos la lucha del bien contra el mal, la primera expresada por la filosofía optimista de Rousseau, cuya premisa dice que, “El hombre es bueno por naturaleza”, y la segunda expresada por la filosofía del inglés Thomas Hobbes, que afirma con contundencia y energía que, “El hombre es el lobo del hombre”. ¿Escribió Arthur Conan Doyle en el Reading Room alguna historia de Sherlock Holmes? Nada más agradable sería que, la respuesta fuese afirmativa.

Lo cierto es que el Reading Room del British Museum jugó un papel capital en la revolución rusa que, bajo el mando de Lenin triunfó en 1917. Se sabe – lo constata Robert Henderson en un libro reciente- de seis visitas a Londres de Vladimir Ilich Ulianov “Lenin”, ocurridas en 1902, 1903, 1905, 1907, 1908 y 1911. En todas ellas, afirma este librero ahora célebre del British Museum, que, Lenin fue un asiduo visitante lector del Reading Room. En su libro, intitulado “The Spark that Lit the Revolution: Lenin in London and the Politics that Changed the World” (febrero, de 2023), Robert Henderson detalla esas visitas de Lenin a Londres y al British Museum, las cuales son examinadas, en un contexto más general, en el que Lenin y un pequeño grupo de camaradas bolcheviques, comenzaron a preparar la expedición que culminaría con la revolución rusa triunfante en octubre de 1917. Como un thriller famoso de Ana Jansson, Gillian Flyn, Michael Connolly o Dashiell Hammet, o Stieg Larsson; Robert Henderson da cuenta de una enigmática relación que tuvo Lenin con Apollinariya Yakubova, conocida por los camaradas bolcheviques como “La fuerza primitiva de la tierra negra”. Los historiadores del legendario revolucionario ruso conjeturan sobre la relación amorosa y sutilmente sensual en el sentido shakespearano (modulo freudiano), que mantuvo con ella y que prosiguió con otra mujer de leyenda, Inés Armand.

La aparición de Apollinariya como hecho reciente a considerar por los historiadores de la revolución rusa puede abrir un nuevo capítulo singular en la vida de Lenin, en el que Robert Henderson parece sugerir, que ella actuó como una potente fuerza erótica, móvil eterno de su energía revolucionaria. Complementa el libro de Henderson, la obra previa en el tiempo de Lesley Chamberlin “Arc of Utopia: The Beautiful Story of the Russian Revolution”, (2017), donde su autor rastrea diligentemente en los orígenes filosóficos germanos no solo del socialismo de Lenin, sino del socialismo en autores rusos que, van, por ejemplo, por un lado, de Alexander Herzen a Mikhail Bakunin, y por otro lado de Ivan Turgenev a Fyodor Dostoevsky. Autores todos ellos que, seguramente fueron determinantes en la obra teórica y en la praxis revolucionaria de Lenin. Claramente se aprecia a través de la lectura del texto de Lesley, la influencia de la filosofía alemana, por ejemplo, en el libro de Lenin “Materialismo y Empiriocriticismo” (1908).

En el British Museum, fue donde Bernard Shaw se convirtió en socialista escuchando una conferencia del economista Henry George, y fue en el Reading Room, donde Shaw leyó ávidamente “El capital de Marx”, y donde escribió sus primeros textos sobre Marx y el socialismo, y la revisión de este que le condujo a crear el movimiento socialista fabiano (Francis Donahue “George Bernard Shaw y la comedia de ideas”. Cuadernos Americanos, UNAM, Año XL Nº 3 mayo-junio 1981).

Cuando visité el British Museum recuerdo que conservaba en la memoria un texto escrito publicado el 31 de julio de 2003 por Gonzalo Soltero en “Letras Libres”, la prestigiada revista por su contenido de alta calidad literaria, dirigida por Enrique Krauze, cuyo título es “Oscar Wilde, en vivo desde una vitrina”. Gonzalo Soltero, se refería a las vitrinas que, dividen la sala del British Museum por temas.

Me recuerdo que el artículo de “Letras Libres” mencionaba la colección de partituras escritas como la del Messiah de Handel, y partituras escritas de canciones de Lennon y McCartney. En la sección literaria británica, podía verse -expresa Soltero- la única cuartilla literaria que sobrevive de Shakespeare, los manuscritos de “Alicia en el país de las maravillas”, “Persuasión”, “Finnegans Wake”, o unos versos garabateados de Seamus Heaney. En la vitrina en comento, se encontraba según Gonzalo Soltero un legajo de papeles sobre el infortunado juicio que emprendió Oscar Wilde contra el marqués Quensberry que lo precipitó a la ruina.  

Al salir del British Museum, me impresionó frente a él, “The Museum Tavern” donde Marx solía beber cerveza con sus discípulos. ¿Discutió Marx en ese lugar, en medio de la algarabía y la efervescencia luminosa que, siempre promueve la cerveza, problemas candentes de la revolución socialista con Bakunin? Uno se pregunta también de manera natural lo siguiente: ¿De ese famoso lugar surgió la propuesta de Bakunin de traducir, “El capital” de Marx al ruso y con ello encender la chispa de la revolución socialista en la rusia zarista? No lo sabemos quedará la cuestión sin respuesta hasta la última generación humana. Lo que sí sabemos es que, en “The Museum Tavern”, hay un retrato de Marx, que incita a seguir bebiendo cerveza; Es decir, la luz en la oscuridad de la vida. Lo cierto es que sabemos con razonable certeza que, allí también bebieron cerveza, Arthur Conan Doyle, George Orwell y otros personajes que conquistaron fama y gloria eterna.

La fama y la gloria en las competiciones olímpicas de la Grecia antigua

Elisa Durán, directora general adjunta de la Fundación "La Caixa" de España señaló certeramente que para los griegos “La competición, -incluyendo la de los juegos olímpicos de aquella remota época-, es inherente a la naturaleza humana, representa la personalidad colectiva y supone un factor de cohesión social" (Elisa Duran presentación de la exposición “La competición en la antigua Grecia”, 2018). La competición fue considerada por Aristóteles parte de la Polis griega, o mejor dicho es el elemento que, animó la vida social y personal del pueblo ateniense. Se puede afirmar que, la competición para los griegos a través de los juegos es la sustancia que inunda con sus olas de placer sensual, la entelequia humana. Tan elevado valor tenía la competición en la civilización griega, que inundaba a todas las formas intelectuales sociales: arte, política, sociedad, y las actividades físicas, en que se desenvolvían los hombres y las mujeres de la sociedad griega, incluida la guerra.

En el canto XXIII de la Ilíada que, narra la guerra de Troya, esta se suspende para dar cabida a los juegos para honrar la memoria del héroe Patroclo, muerto a manos del héroe troyano Héctor domador de caballos. Así vemos en ese famoso canto XXIII, la descripción que hace Homero de los juegos; un anticipo genial de los juegos olímpicos de la antigüedad griega, como de los juegos de la era moderna (finales del siglo XIX, siglo XX y siglo XXI. Ahora, en este momento, parafraseando a Ernest Hemingway “Paris está de fiesta olímpica”). En primer lugar, se describe la “Carrera con Aurigas” en la que resultó vencedor el héroe Diomedes Tidida, con la ayuda sibilina de la diosa Minerva. En segundo lugar, se describe “El duro Pugilato” donde resultó vencedor el héroe Epeo. En tercer lugar, Homero describe “La penosa Lucha” en el que Aquiles amigo de Patroclo, erigido en juez, decreta un empate entre Ayax Telamonio y Odiseo fecundo en ardides, el hombre este último que, desarrolló la estrategia del caballo de Troya, un regalo envenenado, que fue clave en el triunfo de los griegos y la destrucción de Troya. En cuarto lugar, se describe “La veloz Carrera” en la que resultó triunfador, Odiseo con la ayuda de la diosa Minerva, que hace que el competidor de Odiseo, el formidable Ayax Oileo a punto de ganar la carrera se tropiece cayendo al suelo. Hecho inmemorial que, es como un eco o mejor dicho un preludio de eventos similares ocurridos en juegos olímpicos recientes, como la caída de la corredora holandesa Femke Bol a unos metros de ganar la medalla de oro y, de establecer un récord mundial en el memorial competitivo de Budapest 2023, participando en una carrera de relevos de cuatro por cuatrocientos metros, situación que le hizo perder la carrera. Con más fortuna, fue la caída del legendario Lasse Viren (finlandés volador) en la olimpiada de Múnich 1972, compitiendo en la final de la carrera de los diez mil metros, donde en la vuelta doce tropieza y cae, se levanta y gana la carrera, en el que además implanta un récord mundial con un tiempo de 27 minutos y 38 segundos. Un evento similar ocurrió en la carrera de diez mil metros planos en la olimpiada en Río de Janeiro de 2016, en donde el corredor británico Mohamed Farah de origen bengalí, tropezó y cayó al suelo en el minuto once de la carrera, se levantó y no solo ganó la carrera y la medalla de oro, sino que estableció récord del mundo al detener el reloj en 27 minutos y 5 segundos. Otro caso admirable fue el de la holandesa Sifan Hassan en la olimpiada de Tokio 2020, en un heat eliminatorio de 1,500 metros en la última vuelta cae se levanta y rebasa a todas sus rivales deteniendo el reloj en 4 minutos y 5 segundos. Al cierre de los juegos olímpicos Sifan Hassan acaba de triunfar en la maratón femenina en París, estableciendo récord olímpico. Me parece que Hassan quería inmortalizarse como Zatopek, se propuso ganar en París, los 5,000 metros femeninos (donde obtuvo medalla de bronce), los 10,000 metros (donde también obtuvo medalla de bronce).

En este ambiente olímpico de gran efervescencia humana, no puedo dejar de recordar dos memorables triunfos olímpicos. Por un lado, el triunfo de Alberto Juantorena en los juegos olímpicos de Montreal 1976, en los que el cubano obtuvo dos medallas de oro en dos competiciones totalmente diferentes en la carrera de 400 metros planos y en la carrera de 800 metros planos, nadie lo había hecho en la historia olímpica, ni nadie lo ha vuelto a hacer. Por otro lado, los dos triunfos del marchista mexicano Raúl González en la prueba de 20 Km y en la prueba de 50 Km, que le permitieron obtener una medalla de plata y una medalla de oro en los juegos olímpicos de los Ángeles. Por estos triunfos olímpicos, no olvidaré el desayuno que tuve con ambos campeones en el año 2019, un pequeño lujo que tuve, y el placer de conversar y escuchar de mano directa de Raúl González y Alberto Juantorena detalles de esos épicos triunfos olímpicos.

Retornando al canto XXIII de la Ilíada, Homero narra en quinto lugar, la lucha con armas que, recuerda al estilizado combate moderno de la esgrima, en el que resultó un empate sin triunfo entre Ayax Telamonio y Diomedes Tidida. En sexto lugar, relata Homero, la competencia de lanzamiento de “Bola de Hierro” (modernamente lanzamiento de bala) en el que el rey Polipetes resultó triunfador. En séptimo lugar, se describe la competición de “arco con flecha”, en la que triunfa el rey Meriones, y finalmente se describe la competencia de lanza. En esta competición, Homero relata que el rey Agamenón, por aventajar a todos de manera abrumadora en esa disciplina, se le reconoce como el campeón indiscutible, y sin que hubiere competencia, Aquiles en su calidad de juez, le otorga el triunfo sabedor de que no tiene rival en esa ardua disciplina. En este capítulo XXIII, es de especial interés la narración que hace Homero al otorgar Aquiles un premio especial al anciano Néstor caballero gerenio, acosado por la triste vejez. Néstor cuenta -según Homero- que, cuando era joven en unos juegos realizados como parte de los funerales en honor al expoderoso rey Amarinceo, ganó en las competencias siguientes: pugilato, lucha, carrera, lanza, y señala que terminó en segundo lugar en la Carrera de Aurigas, cinco disciplinas, todo un preludio del pentatlón moderno, o un preludio del decatlón moderno (Néstor caballero gerenio podría ser llamado el primer pentatlonista o quizá decatlonista de la historia porqué seguramente omitió en su narración las disciplinas en que no fue sobresaliente en esos juegos pre-olímpicos del siglo XIII a.C.).

Si consideramos que la Ilíada fue compuesta en el siglo VIII antes de nuestra era, los presuntos hechos que narra Homero sucedieron, si acaso ocurrió la guerra de Troya, en el siglo XIII a.C. El arqueólogo Heinrich Schliemann, al excavar en Hisarlik, Micenas, Tirinto y Orcómeno, territorios griegos, y siguiendo con rigurosidad metódica los indicios de la lectura de la Ilíada de Homero, descubrió la ciudad de Troya en 1864, lo que permite afirmar con razonable certeza que la guerra de Troya fue un acontecimiento histórico verdadero. En 1876, Schliemann descubrió también una máscara mortuoria colocada encima de un cuerpo en la Tumba V de la Acrópolis de Micenas y, creyó que se trataba de la máscara y del cuerpo del rey Agamenón, el jefe de la expedición del ejército griego a la ciudad de Troya, por Clitemnestra.

En la civilización griega los ganadores de las competiciones olímpicas o bien adquirían fama y reconocimiento de por vida u obtenían premios con los que podían vivir cómodamente. Pero en ambos casos los ganadores se convertían en auténticos héroes (Saioa Camarzano “La antigua Grecia o la obsesión por la competición”, 2017).

La competición literaria en la civilización griega antigua. Los certámenes olímpicos literarios en la edad de oro ateniense.

La parte más intelectual del mundo griego se enfocó en “Las competiciones teatrales y musicales” que formaban parte de los festivales religiosos celebrados en honor del dios Dionisio. Muchos de los grandes poetas y escritores de la época participaron y ganaron los concursos de teatro y poesía en los que podían ahondar en temas políticos, sociales y religiosos”. La música, la danza y la poesía, los elementos básicos de la educación ciudadana de la época también tenían sus concursos con un premio que se otorgaba a quien mejor tocara la cítara, aunque también existían los concursos de canto coral y baile. En música al ganador se le podía otorgar 40 diademas de oro mientras que el segundo lugar nada conseguía” (Saioa Camarzano “La antigua Grecia o la obsesión por la competición”, 2017)

                  Los momentos culminantes de las competiciones artísticas eran sin duda las literarias, concretamente las competiciones en las obras de teatro, certámenes fomentados por Pericles en el siglo de oro ateniense, cuyo objetivo era educar al pueblo y fortalecer la democracia ateniense. Sabemos que los tres grandes escritores de obras trágicas de ese periodo compitieron en esos certámenes literarios que podemos denominar olimpiadas literarias. Estos fueron: Sófocles, Eurípides y Esquilo, cuyos triunfos por sus obras relataremos a continuación.

Esquilo. Es considerado el primer gran poeta trágico de Grecia. Esquilo fue un autor prolífico como Sófocles y Eurípides, escribió ochenta y dos piezas (algunos conjeturan que fueron noventa), se conservan sólo siete tragedias (“Agamenón”, “Las coéforas”, “Euménides”, “Los persas”, “Prometeo encadenado”, “Los siete contra Tebas”, y “Las suplicantes”). De estas notables tragedias, destacan “Prometeo encadenado” (siglo XV a.C), una de las tragedias favoritas de Marx que solía leer en griego (y que utilizó en su tesis doctoral), por su significación social y política y su connotación libertaria. Esta tragedia surge, en el contexto muy dinámico del desarrollo de la democracia ateniense de la cual fue Esquilo un acérrimo partidario. En lo personal, me agrada la tragedia “Los persas”, porque además de su estilo elegante, estoy convencido que, esta tragedia tiene lecciones importantes para los jefes de Estado, y los administradores públicos de la actualidad. La tragedia relata hechos contemporáneos de la batalla de Salamina, en la que el ejército persa es derrotado por los atenienses. ¿Cuál es la causa de la derrota persa? Esquilo responde, la obstinación y el orgullo del jefe persa Jerjes I. Este hombre de Estado, este administrador de los bienes públicos realizó sus actos, presidido por un absoluto e invencible convencimiento de ser el portador de la verdad en todo momento, especialmente de la política pública (en lo particular en la forma de conducir la guerra, primero en la batalla de las Termópilas, luego en la batalla de Salamina). Jerjes I, se ve, asimismo, como un líder omnipotente y todo poderoso, el único que posee la verdad y actúa en consecuencia con ello, desoyendo y menospreciando el consejo de sus ministros, y de sus comandantes. Para preparar la batalla de Salamina contra los griegos manda construir dos puentes de pontones para cruzar el Helesponto. En su estrecha visión de corto plazo, Jerjes I, contraviene el consejo de sus asesores y de los dioses que se lo prohíben, porque al proceder a realizar esas obras emblemáticas de su gobierno disipa recursos públicos. El segundo acto que conduce a Jerjes I al precipicio y la derrota es la de obstinarse en realizar una batalla por vías marítimas (menospreciando la principal fortaleza militar griega) en contra de lo que le aconsejan sus comandantes militares, que le proponen una batalla terrestre con un enfoque de planeación de más larga duración, pero que tiene más perspectiva de triunfo, haciendo valer en la práctica la superioridad militar de Persia, sobre la de Atenas. Jerjes I desoye el consejo de sus comandantes, y a continuación apura a emprender la batalla de Salamina, donde es derrotado por el ejército griego, y entonces huye a Asia. Esquilo, hace entrar en escena al fantasma del rey Darío (como el fantasma del padre de Hamlet), padre de Jerjes I, que le recrimina su derrota, y la catástrofe social de su pueblo, que atribuye a su obstinación, lo notable es que aún en medio del desastre político-militar, el rey persa Jerjes I, se obstina con acendrado orgullo en negar sus errores. Sólo al final de la tragedia de Esquilo, Jerjes I acepta su equivocación, planea suicidarse -no lo dice Esquilo-por el infinito sufrimiento que como rey causó a su pueblo. En la realidad Jerjes I no se repone de la derrota persa, se multiplican las intrigas palaciegas en la corte persa, y en un ambiente de sublevación social es asesinado. El orgullo, la hubris de Jerjes I propició la descomposición del reino. Herodoto señaló que la ingente cantidad de intrigas por metro cuadrado que, sucedieron a la derrota persa fue la causa del asesinato de Jerjes I a manos de la guardia real jefaturada por el comandante Artabano (Herodoto “Los nueve libros de la historia” 430 a.C.),   

De las siete tragedias conservadas de Esquilo, en seis de ellas ganó en los certámenes literarios que podemos denominar competiciones literarias olímpicas. Fue tal el reconocimiento y respeto de Pericles y los gobernantes de su tiempo a Esquilo, que se le permitió competir muerto (competición post-mortem) en el agón donde ocurrían los certámenes literarios. Era costumbre que, las obras de los autores fallecidos no se pudieran presentarse al agón.

Sófocles. Fue un hombre polifacético (bailarín destacado, músico que tañía con destreza la lira, tesorero de la famosa Liga de Delfos, miembro feliz de diversos consejos de Estado), como escritor prolífico creó aproximadamente ciento veintitrés tragedias, ganó veinte certámenes de los treinta que compitió. Desafortunadamente, solo se conservan siete tragedias completas de Sófocles (“La trilogía sobre Edipo”, “Áyax”, “Las traquinias”, “Electra” y “Filoctetes”). Las tragedias de Sófocles se representan con éxito de manera permanente en todos los teatros principales del mundo, ello se debe sin duda a su extraordinaria calidad, y a su mensaje central que ronda en las siete tragedias (que, sobrevivieron de las ciento veintitrés que escribió) y que es el destino aciago del hombre, que según Thorstein Veblen es el destino inexorable a que está abocada la humanidad (“La teoría de la clase ociosa”, 1899).

De la trilogía (Edipo Rey, Edipo en Colona y Antígona), la más celebrada es Antígona (citada por Marx, junto al Quijote de Cervantes, y junto al Timón de Atenas de Shakespeare en su estudio del fetichismo de la mercancía y el dinero, ver Francis Wheen “La historia de El capital de Karl Marx, 2006), aunque en lo personal a mí, me impresiona más sobre todas las obras de Sófocles la tragedia de “Áyax” cuyo mensaje central es el honor y la dignidad, valores que son los más importantes para una vida verdaderamente sobresaliente, aunque ello implique el sacrificio de la muerte (Tema que hace suyo Gabriel García Márquez en “Crónica de una muerte anunciada”, 1981). En la vida y la escritura de Sófocles hallamos una paradoja, si en las tragedias del gran trágico griego, el destino humano es la derrota permanente, en contraste, Sófocles, tuvo la dicha de vivir 90 años y conservar toda su energía vital. De hecho, se dice que, al recibir una buena noticia sobre Grecia, Sófocles tuvo tanta alegría, que falleció de la emoción. Frínico en la oda que dedicó a Sófocles escribió: “Bienaventurado Sófocles que después de una larga vida murió como un hombre feliz e ingenioso. Compuso muchas hermosas tragedias. Tuvo un fin agradable sin dolor alguno”. Sófocles falleció en año 406 a.C., uno de los años más significativos de la historia humana, ese fue el año en que se aceleró la caída del siglo de oro de Atenas. (Arthur Wallace Pickard-Cambridge “Dythiramb, Tragedy and Comedy”, Oxford, University Press, 1962).

A propósito de Sófocles nos preguntamos ¿Es la derrota el fracaso permanente del hombre? Una respuesta la brindó el maestro de J.L. Borges, Rafael Cansino Assens en su apreciación del inmortal libro “El divino fracaso” (1918). Borges escribió sobre este prodigio literario lo siguiente: “En esta nuestra vida, donde rigen infamias, que no merecen nuestra indignación, lacras veniales como el injusto repartimiento de gloria. No quiero banderizar en pro de Cansinos ni desquitar con admiración vocinglera la indiferencia innumerable del mundo hacia él; quiero prometer a quienes examinen sus libros, la más intensa y asombrosa de las emociones estéticas” (Borges “Inquisiciones”, 1925). En una nota que escribió para el periódico “El país” en agosto de 1980, sobre “El divino fracaso”, expresó Borges de su maestro lo siguiente: “Fue su libro el que más me impresionó; no es un hecho casual: creo que Cansinos buscó el fracaso. Comprendió que el fracaso es más rico que el éxito, hizo todo lo posible para fracasar […] El olvido es la meta, la meta es el olvido, dijo un poeta griego (¿Quizá fue Sófocles?). Así, Cansinos, buscando lo que está condenado, lo encuentra”. El divino fracaso acecha en las competiciones olímpicas como veremos más adelante.

                  Eurípides. El tercer gran poeta trágico, en competiciones literarias fue menos afortunado que Sófocles, solo ganó en cinco competiciones literarias no obstante que, produjo noventa y dos obras, de las cuales solo diez y nueve tragedias le sobreviven (“Alcestis”, “Medea”, “Los heraclidas”, “Hipólito”, “Andrómaca”, “Hécuba”, “Las suplicantes”, “Electra”, “Heracles”, “Las troyanas”, “Ifigenia entre los Taurus”, “Ion”, “Elena”, “Fenicias”, “Orestes”, “Las Bacantes”, “Ifigenia en Aulide”, “El Ciclope”, “El Reso”). Todas estas tragedias son de altísimo nivel, lo que indica un enigma que es el siguiente: ¿Por qué Eurípides con tales creaciones solo ganó en cuatro certámenes? No lo sabemos, se trata de un enigma para todos los tiempos. Sin embargo, yo tengo una hipótesis sustentada en el materialismo histórico y en el método de la lucha de clases y es la siguiente: Eurípides no ganó muchas competiciones literarias en esos certámenes (que nos atrevemos a llamar olímpicos), en virtud de que los severos jueces, que dictaminaban los triunfos y las derrotas, pertenecían preferentemente a la élite de la oligarquía griega, eran conservadores, detestaban internamente los valores democráticos aun siendo limitados (porqué la democracia ateniense excluía a los esclavos) introducidos por Pericles. Eurípides es en mi opinión un poeta, un escritor de tragedias del pueblo y para el pueblo, por ejemplo, su tragedia “El ciclope” respira en toda la obra como dice Ángel Garibay “Un aire de suavidad campesina”.

Es también Eurípides un escritor genial, el que está más cerca de Shakespeare, como señala el citado Ángel Garibay “La tragedia de Eurípides es neta y absolutamente humana. Capta todo lo que somos, capta todo lo que padecemos, capta todo lo que anhelamos, capta todo lo que podemos alcanzar, es hombre de todo tiempo, de toda cultura, de todo país […] Es Eurípides renovador de ideas, del lenguaje, de la fraseología, de la estilística, del mismo idioma […] Renueva métodos, renueva formas, renueva expresiones más cercanas al pueblo. No es el hierático Esquilo, ni el augusto, pero altísimo Sófocles: es el poeta del pueblo y para el pueblo” (Ángel Garibay, Julio de 1963). De Eurípides a mí me agrada la tragedia de “Medea”, que se presentó en el certamen de la olimpiada ochenta y siete de Grecia (431 a.C.), y que trata de una venganza muy dolorosa por revelarse Medea contra la ingratitud de Jasón. La ingratitud es uno de los males más comunes y a la vez más terribles en la dinámica del poder político. Por su parte, las tragedias “Andrómaca” (425 a.C.) y “Hécuba”, (424 a.C.) muestran la fragilidad de las elites políticas y económicas, representadas por las reinas, en el que el azar y las acciones humanas les amenazan con la probabilidad de un inesperado derrumbe, tema este de Eurípides, que, por tal virtud, anuncia las tragedias históricas de Shakespeare. En lo personal, me gusta, la tragedia “El Reso” (siglo IV a.C.) que, yo creo es una obra original de Eurípides, como lo es Pericles (1609) de Shakespeare, aunque muchos críticos niegan que sea obra escrita por Eurípides. En esta tragedia, Héctor el jefe del ejército troyano, manda un espía al campamento griego de nombre Dolón, a quien le ofrece en caso de retornar triunfante con información secreta valiosa de las intenciones del ejército aqueo (griego), y como premio le ofrece una bella y sensual mujer de la élite griega, pero la respuesta de Dolón es impactante, no quiere como recompensa, como premio a una mujer de la élite, porque siempre ella le mirará con desprecio desde su pedestal de reina griega, en su lugar prefiere como premio los inmortales caballos de Aquiles, Héctor accede a la petición. En esos momentos llega a Troya, de la tierra de Tracia, el rey Reso, con intenciones de apoyar a Héctor y acampa en el campamento troyano. A su vez, Agamenón jefe del ejército en la expedición a la conquista de Troya, envía como espías al campamento troyano a Odiseo, a Diomedes y, a Áyax, quienes gracias a los ardides de Odiseo triunfan en su delicada misión, ejecutando a Dolón y a el rey de Tracia Reso, así como también a sus principales comandantes (mientras duermen). Todo el texto de la tragedia es puro virtuosismo conceptual y literario, por eso pienso que la obra pertenece a Eurípides. Este gran trágico cansado de tanta guerra, como la que generó la guerra del Peloponeso, se retira de Atenas agotado y, fallece presintiendo el colapso inminente de Atenas y de lo que ella representa para el mundo.

Una historia de alta generosidad humana de un campeón olímpico supremo

Líneas más arriba habíamos expuesto las palabras de Elisa Durán directora del museo La Caixa” de España, según las cuales: “La competición. Incluyendo la de los juegos olímpicos de aquella remota época, es inherente a la naturaleza humana, representa la personalidad colectiva y supone un factor de cohesión social". Existen varios ejemplos, de héroes olímpicos modernos que, revelan la encomiable faceta de la solidaridad humana, y demuestran esa tenaz convicción del pensamiento griego de cohesión social a través de la fraternidad, un comportamiento que por otra parte es muy común en los deportistas olímpicos, conducta que nos permite afirmar el valor positivo, entrañablemente positivo del ser humano, a pesar de la traición y la ingratitud que suelen rondar en otros campos de la actividad humana, en particular en el campo de la dura lucha por el poder político, y en la dura lucha por el poder económico. Esta conducta generosa de atletas olímpicos, sin mitificarlos indebidamente, es cómo respirar el fragante aire puro de la exuberante naturaleza, que con tanto afán describió el premio Nobel de literatura Ernest Hemingway, particularmente en su obra “Fiesta en París”, publicada póstumamente en 1964, después del suicidio de su autor ocurrido el 2 de julio de 1961. El ejemplo paradigmático de la conducta extraordinaria es el que brindó Emil Zatopek al distinguido corredor australiano Ron Clarke.

El comportamiento paradigmático de Emil Zatopek hacia el rival que, le destrozó quince récords mundiales.

La locomotora checa como era conocido “Emil Zatopek”, fue un eximio corredor de atletismo, poseedor en distancias de medio fondo, de fondo y de gran fondo, de dieciocho récords del mundo, lo que constituyó una hazaña sin parangón en la historia del atletismo. Zatopek, en una sola olimpiada (la de Helsinki, de 1952), ganó las medallas de oro en las carreras de 5 mil metros, 10 mil metros y maratón que, cubre 42.5 km. Durante mucho tiempo en competiciones atléticas fue Zatopek un corredor invencible. Por estos méritos Zatopek, ha sido considerado como uno de los grandes corredores de todos los tiempos. El editor del prestigiado diario deportivo “Runner's World Magazine”, lo seleccionó, cómo el más grande corredor de todos los tiempos. Este severo y alto dictamen, estoy seguro no será contradicho por las hazañas de futuros campeones olímpicos, por la excepcionalidad de la personalidad única de Zatopek.

El otro participante de esta memorable anécdota es el corredor australiano Ron Clarke, quien en competencias olímpicas solo ganó una medalla de bronce. Para los expertos en carreras de fondo, Ron Clarke fue un corredor superlativo, que, por su historial, se ubica entre los cinco más importantes corredores de atletismo de todos los tiempos en carreras de fondo. Ron Clarke batió diez y siete récords mundiales en carreras de medio, fondo y gran fondo, uno menos que Zatopek. Ron Clarke tuvo su año mirabilis cómo Einstein lo tuvo en 1905. Así en once meses, entre 1964 y 1965 estableció 11 plusmarcas mundiales (nueve de ellas en solo veintiún días). Sin coronas de oro olímpico en atletismo (a pesar de ser el primer atleta en correr los diez mil metros debajo de 28 minutos), Ron Clarke se retiró y se sumergió en las agradables experiencias de la actividad política con sentido ético, fue notable alcalde de un condado de Australia.

Antes de su fallecimiento, tuvo Ron Clarke un reconocimiento inesperado del mejor corredor de todos los tiempos; es decir, de Zatopek ¿Que hubiera pensado el matemático francés Evariste Galois, si Gauss el mejor matemático de la historia, le hubiera hecho un reconocimiento mundial, por sus contribuciones matemáticas del más alto nivel posible en toda la historia del pensamiento matemático? Gauss no lo hizo, a pesar de que recibió para su opinión las memorias matemáticas de Galois sobre teoría de los grupos matemáticos, documentos que Galois personalmente le hizo llegar a Gauss. Por cierto, parece que el también matemático francés A. Cauchy, no supo apreciar los manuscritos de Galois, y en una competencia matemática donde era juez y dictaminador, no votó a su favor. Privado del premio del certamen matemático, Galois se radicalizó, ante la actitud de Gauss y Cauchy, que le impidieron el reconocimiento como matemático universal ¿Quizá ese reconocimiento, tradicido en una medalla matemática, hubiera evitado la muerte prematura de Galois a los diez y nueve años? En contraste, el comportamiento de Zatopek hacia un duro rival, fue del más alto nivel humano. Veamos cómo fue ello a través relatando la siguiente anécdota:

El periódico The Irish Time, un tiempo conservador, y en otro tiempo progresista, publicó en enero de 2023 un memorable artículo de un suceso espectacular que, involucró a Zatopek y a Ron Clarke y, que reveló la generosidad humana de un campeón olímpico de la talla de Zatopek. El articulista, Ian O´Riorda escribió mutatis mutandis lo siguiente: “Cómo los grandes actores sin Oscar, los grandes músicos sin número uno, por cada atleta considerado merecedor de ganar una medalla de oro, hay un caso muy especial, que considero desafortunado por no ganar una medalla de oro en juegos olímpicos. Se trata del infortunio de Ron Clark en juegos olímpicos […] Un verano caluroso de 1966 -relata Riorda- la televisión de Praga leyó una carta de Emil Zatopek, solicitando que, se invitara a Ron Clarke para un evento deportivo, un memorial de conmemoración y homenaje del gobierno checo al propio Emil por los logros alcanzados en su distinguida carrera. En el memorial, Ron Clarke ganó la carrera de 3,000 metros en Praga. Al día siguiente tuvo el honor de entrenar con Zatopek, y luego el inmortal corredor checo lo llevó de compras por la vieja ciudad. “Emil -cuenta Clarke de acuerdo con la versión de Riorda- lo condujo a una gran tienda y se estacionó afuera de la tienda. Un policía de tránsito furioso se acercó, sin embargo, su rostro se transformó al reconocer a Emil, quien a solicitó su firmó en el libro que llevaba, una vez que autografió el libro, entramos a la tienda y después nos fuimos”. Zatopek -continua Riordan-llevó a Ron al aeropuerto, lo hizo pasar rápido por las aduanas y lo acompañó a las escaleras del avión. Súbitamente de manera inesperada, Emil Zatopek puso en las manos de Clarke un pequeño paquete, toscamente envuelto en papel de estraza y cordel”.

Zatopek la advirtió a Clarke, de manera misteriosa con una actitud parecida a la del padre Brown, el famoso detective de los cuentos policiacos de Keith Chesterton, que no abriera el paquete hasta llegar a casa. ¿Que pensó Ron Clarke del contenido del paquete? Los días en Praga eran socialmente turbulentos. Estaba próxima la primavera de Praga, había inquietud social. Para salir del estancamiento económico, el presidente Antonin Novotny intentaba flexibilizar el modelo económico de socialismo real que, hasta entonces el gobierno checo seguía rígidamente de acuerdo con las pautas de la URSS, para ello efectuó los cambios pertinentes en 1965. Se intentó establecer un Nuevo Modelo Económico para el país, que, si bien era de apertura, se trató de un cambio prudente limitado, causando insatisfacción y el descrédito de Novotny ante el pueblo checo (nada verdadero se hace a medias tintas). Entonces, el politburó del partido comunista de Checoslovaquia se preparó para su destitución y su sustitución por Alexander Dubcek. Como se sabe una vez en el poder Dubcek implantó el modelo de socialismo con rostro humano, abrió las puertas a la democracia y a la libertad. Este proceso fue brutalmente detenido por los tanques soviéticos.

Zatopek que apoyaba a Dubcek fue destituido de sus cargos y enviado al ostracismo político. Con el colapso del socialismo real, y el advenimiento de la democracia con el gobierno de Václav Havel, Zatopek fue rehabilitado social y políticamente, como era de esperar. Bajo todo este contexto político, Ron Clarke pensó que, Zatopek le había dado un paquete probablemente de carácter político, vinculado a un llamado a occidente para su auxilio y apoyo para hacer efectivo el nuevo modelo económico, por lo que Clarke pensó que probablemente contenía el paquete, mensajes de resistencia y rebeldía política. No fue así. Absorto en sus pensamientos, Ron Clarke no se acordó de abrir el paquete hasta que ya se encontraba en el avión. En su interior, escondida entre papel de embalar, encontró una medalla de oro olímpica, una de las cuatro medallas de oro que había ganado Zatopek que decía “Cuida esto. Lo mereces” (Emil).

No le importó a Emil regalar la medalla de oro al rival que le destrozó quince récords del mundo que, pertenecían a Zatopek de los diez y ocho que estableció. Al ver la medalla regalada por Emil, Ron Clarke seguramente pensó en otro gesto similar ocurrido años atras, cuando el corredor John Landy uno de los más grandes corredores de media distancia de todos los tiempos en los comienzos de la carrera de Ron en 1956, cuando ambos competían, Ron Clarke se cayó en esa competición y, Landy se retrasó y ayudó a Clarke a levantarse. A pesar de este gesto, Landy ganó la carrera, y claro ganó también la inmortalidad.

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