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Opinión

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Maduro está disecado

El autócrata que ha desaparecido poderes en su país, protagonizó el “comes y te vas” versión AMLO.

Nicolás Maduro sabía que en su visita al Congreso mexicano encontraría más de una barricada. Su imagen, más devaluada que la moneda venezolana, recorrería el mundo de las redes sociales mostrando gritos de diputados del Partido de Acción Nacional (PAN) en contra de su presencia. Por lo anterior, decidió acudir sólo a la comida que ofreció el nuevo presidente mexicano en Palacio Nacional el pasado sábado.

Miembros de seguridad de la su Embajada en México le advirtieron un escenario hostil y fuera de control en el interior del Palacio Legislativo. Lo mismo hizo el equipo de Marcelo Ebrard. El nuevo secretario de Relaciones Exteriores lo sabía: la presencia de Maduro en la toma de posesión sería contraproducente para la estrella del escenario: López Obrador. Así que lo mejor fue negociar su ausencia en San Lázaro. Antes del 1 de diciembre se sabía que Maduro no dormiría en algún hotel de la Ciudad de México.

Lo mejor para el autócrata venezolano sería asistir a un escenario controlado. Así ocurrió.

El sábado hacia el medio día aterrizaron tres aviones que transportaban a 86 venezolanos que viajaban en la comitiva de Maduro, la mayoría de ellos, armados. Maduro y su esposa lo hicieron en un jet del gobierno venezolano matrícula FAV001, y el resto en una nave de Cubana de Aviación y en uno de la línea aérea venezolana, Conviasa.

La de Maduro fue una visita al estilo “comes y te vas”, pero bien organizada por los equipos de Marcelo Ebrard y  de seguridad de la embajadora Urbaneja.

Visión exterior de AMLO

La visión exterior del nuevo presidente de México no necesariamente embona con el entorno global del siglo XXI: lel de la revolución tecnológica, la soberanía compartida para preservar la paz (Unión Europea), la demanda progresista del grupo LGBTI y la proyección del acuerdo climático de París, entre otros temas.

Son la ultraderecha y ultraizquierda europeas y el Tea Party capítulo Trump, en Estados Unidos, los que se aferran en pensar en muros, banderas y garrotes, y de proclamas hipernacionalistas.

La visita de Nicolás Maduro a la toma de posesión del presidente López Obrador fue justificada por el nuevo gobierno como se hubiera hecho hace 100 años, durante la época carrancista y de la Doctrina Estrada. Momento en donde el etnocentrismo era la mejor metáfora sobre el “respeto” que México tenía a todas las naciones. En los años 70 y 80 del siglo pasado, México logró un pacto miserable con Cuba en donde el PRI se comprometía a no observar ni a criticar las violaciones a los derechos humanos de Fidel Castro, y en contra parte, el líder cubano no abriría la boca para describir las atrocidades cometidas por la dictadura perfecta.

El coqueteo de México con dictaduras como la venezolana puede erosionar súbitamente la credibilidad de López Obrador en materia de derechos humanos y respeto de las instituciones democráticas.

La buena noticia es que Maduro sabe que su participación internacional es acotada sólo entre su camarilla de aliados autócratas. Los esfuerzos de organismos internacionales lo están disecando desde el punto de vista diplomático.

Fue profesor investigador en el departamento de Estudios Internacionales del ITAM, publicó el libro Referéndum Twitter y fue editor y colaborador en diversos periódicos como 24 Horas, El Universal, Milenio. Ha publicado en revistas como Foreign Affairs, Le Monde Diplomatique, Life&Style, Chilango y Revuelta. Actualmente es editor y columnista en El Economista.

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