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La Revolución y su mosca en la sopa
Una reflexión sobre la novela Las moscas, de Mariano Azuela.
“¿Qué sería del mundo si todos fuéramos generales, si todos fuéramos capitalistas o todos fuéramos pobres?”, dicen que se preguntaba Pancho Villa. Porque también se cuenta que, además de bandido, mujeriego y general, tenía claro el pensamiento y un hablar comprometido. Aunque parezca increíble, dicen que en sus discursos afirmaba que la incultura era una de las desgracias más grandes de su raza y siempre remataba señalando que la educación no debía pasar inadvertida para los gobernantes ni para los ciudadanos. Sin embargo, también dicen que era suya la frase: “Fusílenlo y después averiguamos”. Y que no había hombre más sanguinario y feroz si decidía castigar a un traidor, vencer a un enemigo o tomar un territorio. De oídas o por escrito, en corrido, periódico o papel, la figura de Villa no sólo provocó la mayor cantidad de dichos y palabras en la saga de la Revolución Mexicana, también inspiró —otra vez, dicen— las mejores y más emocionantes historias de la literatura de la época. Sin embargo, en aquellas letras no todo fue Martín Luis Guzmán ni Vámonos con Pancho Villa.
El año de 1910 señaló en México el fin de una época y el principio de otra. El reloj que parecía haberse detenido treinta años, en un giro definitivo, marcó la hora anhelada y terrorífica. Avisados ya estaban: en un papel pegado en las paredes, firmado por Francisco I. Madero y que había corrido de mano en mano, todos leyeron: “El día 20 de noviembre, desde las seis de la tarde en adelante, todos los ciudadanos de la República tomarán las armas para arrojar del poder a las autoridades que nos gobiernan y están aquí”.
Así nada más. En cinco párrafos se decretaba que todo cambiaría de destino y de lugar a punta de pistola.
Dos años antes, Porfirio Díaz, el inamovible dictador, había declarado que si surgiera un partido opositor lo miraría como una bendición y no como un mal, y había agregado que si ese partido llegaba al poder “se consagraría a la inauguración, feliz de ver a un gobierno completamente democrático”. Mentía. Sus palabras habían sido una licencia poética y sus intenciones ficción pura. Otra vez palabrería y letras reunidas. Pero también el inicio de otra etapa. Estaba a punto de llegar con la primera revuelta maderista, pero también una revolución literaria. Los periodistas, cronistas, narradores y poetas tuvieron nuevos temas e inspiraciones y, contagiados de fiebre revolucionaria —también en el estilo, en la necesidad de ser distintos y dejar huella—, comenzaron a escribir. Al principio, obras manchadas de sangre que relataban la injusta situación social, después, componiendo escritos llenos de lumbre relatando el caos y el horror que había provocado el movimiento armado, finalmente, con la aparición de la gran novela de la Revolución Mexicana.
Médico y novelista
Es Mariano Azuela, con su libro Los de abajo, el escritor que inicia oficialmente esta etapa de la literatura en México. Nacido en Lagos de Moreno, Jalisco, el primer día de enero de 1873, quiso convertirse en sacerdote, pero finalmente se decidió por la medicina y obtuvo su título en 1899. Ya había publicado cuentos cortos y un fragmento de su primera novela, María Luisa, que se publicaría en 1907 y, sensiblera y romántica, estaba basada en la tragedia de una joven de 16 años que agonizaba de alcoholismo y tuberculosis y el joven doctor que la había salvado. Al iniciarse la Revolución, Mariano Azuela decidió incorporarse a las fuerzas armadas en un grupo de obreros, agricultores, pequeños comerciantes y jóvenes entusiastas, pero siguió escribiendo. Incluso un largo relato titulado Andrés Pérez, maderista.
Lleno de convicciones y esperanzas por los ideales revolucionarios, con la muerte de Madero en 1913, la vida de Azuela se transformó. Y no para bien ni felizmente. Fue nombrado jefe de Instrucción Pública en Guadalajara y se topó de narices con la burocracia. Ya no había jóvenes soldados entusiastas sino funcionarios. Ya no había campamentos militares sino filas de escritorios. Respecto a ello, solía decir: “Tal nombramiento tuve que aceptarlo sobre todo cuando el caciquismo herido en sus más altas prerrogativas protestó y puso el grito en el cielo. Haberme obstinado en rehusarlo habría sido deslealtad y egoísmo”.
Los de abajo
Una vez destituido el gobernador de Guadalajara, Azuela renunció. A fines de 1914 se incorporó como médico a la tropa villista de Julián Medina, quien lo nombró director de Instrucción Pública de Jalisco. Pero el villismo también fue derrotado y Azuela, decepcionado, harto y con urgencia de escribir decidió exiliarse en El Paso, Texas. Fue allí donde en los últimos meses de 1915 salió publicada, por entregas y en el periódico El paso del Norte, Los de abajo, su gran novela. Después de la publicación de Los de abajo, Mariano Azuela decidió volver a México. Instalado con su familia en la capital del país, siguió ejerciendo la medicina y escribiendo, dicen, obras menores como Los caciques, Las tribulaciones de una familia decente y Domitilo quiere ser diputado.
Las moscas
Sin embargo, en 1918 publicó Las moscas. Dicen que para escribirla se documentó de sus amargas experiencias como funcionario público, algo desencantado y sin saber que iba a inaugurar otra temática de la literatura mexicana —que llegaría hasta Ibargüengoitia y Monsiváis— desarrollando en Las moscas la crítica más feroz a la recién aparecida clase media burocrática.
La novela comienza cuando los hábiles Reyes Téllez de Culiacán, familia de doña Marta y sus hijos —Rubén, Matilde y Rosita—, se introducen en el tren de campaña del general Malacara y se mantienen allí durante semanas. Ha caído Querétaro, quieren conocer a Villa y deben abandonar la plaza de manera segura. También, si es posible, garantizar un trabajito o puesto decoroso. De ágil y feroz manera empiezan a aparecer diferentes personajes, pero todos en la misma situación y propósitos: quedarse en el vagón más cómodo del tren del general, revertir su condición de aristócratas venidos a menos, alcanzar el prestigio que se merecen y comienzan a desfilar chicas que se destapan el escote, licenciados sin licencia, doctores retirados y jóvenes promesas con el único propósito de preservar sus intereses y conocer al nuevo gobernador —o al general que llegue—, pero con el desconocimiento voluntario de pertenecer a un pueblo, ideología o siquiera a una nación. Todos ellos rezumando y buscando la miel, como las moscas.
Divertida pero amarga y sin ocultar el desengaño por las promesas incumplidas de la Revolución, Las moscas fue considerada por Azuela como su sátira mejor lograda. También brutal y periódicamente criticada en cada cambio de administración e ignorada de la lista de obras de la Revolución Mexicana un sexenio tras otro.
Al final de su vida parecía que Azuela había recapitulado, pero no pudo.
En sus Páginas Autobiográficas escribió los siguientes pensamientos: “Ahora que han pasado muchos años y releo algunas páginas de Las moscas, comprendo que fui despiadado y cruel en la pintura de ese gremio. Porque si para todo el mundo los revolucionarios constituían una amenaza constante, para los desdichados burócratas significaban algo de vida o muerte. Al vaivén de las facciones que entraban y salían de las ciudades, también entraban y salían los empleados, ocurriendo muchas veces que pobres, viejos, probos y competentes fueran sustituidos por amigos, parientes o recomendados, gente ignara en general, sólo por el gusto y satisfacción de los jefes en hacer gala y dar pruebas de su poder. Aquellos desventurados andaban, por tanto, de cabeza; iban, venían y se revolvían sobre el mismo sitio, presumiendo o adivinando adonde habría de quedar la torta. ¡Las moscas! ¡Justo como las moscas!