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Jesús, María y José
En aquel tiempo Palestina había sido conquistada por Roma y estaba dividida en cuatro regiones: Perea, Judea, Samaria y Galilea —siendo está la que estaba más buena—…es decir la que tenía mejores tierras; estaba ubicada alrededor del Mar de Tiberiades o Lago de Galilea. En la parte norte y montañosa de Galilea se encuentra Nazaret, población donde vivía un carpintero de nombre José y su compañera María. Aquí el sustantivo compañera no está empleado en sentido conyugal, porque aunque debieron de haber contraído matrimonio —por el civil puesto que la Iglesia no existía— las nupcias jamás fueron consumadas corporalmente debido a que María, por un extraño afán y sin sufrir de migraña, había preferido permanecer virgen.
Mientras José usaba la garlopa para emparejar la superficie de una mesa, María zurcía una ropa que le encargó una vecina dada la fama que en la región gozaban los zurcidos invisibles de la mujer. Ah por poco se me olvida —dijo José secándose el sudor de la frente— salió un edicto del Emperador César Augusto, donde ordena que todos sus súbditos tenemos que empadronarnos.
-¿Qué no fue suficiente con ir a la marcha en contra del INE?
-No. Ahora tenemos que inscribirnos para saber cuántos habitantes tiene el Imperio. Iremos hasta Belén que es la circunscripción que nos toca. En cuanto termine esta mesa aparejo al burro y nos vamos.
Ocho días tardó la pareja en recorrer los 140 kilómetros que hay entre Nazaret y Jerusalén. Tuvieron problemas para atravesar la región de Samaria. Un retén del Cártel Cisjordania Nueva Generación, tomó el camino y no dejó pasar a nadie durante dos días.
Agotados por el esfuerzo María y José entraron a Jerusalén —Sólo nos faltan 8 kilómetros —dijo José optimista— para llegar a Belén, nuestro destino.
-Sí, pero yo ya no puedo más —expresó María con impaciencia—. Ya tengo los dolores muy seguidos y siento las pataditas del bebé.
José frenó al burro y cuestionó a la mujer que venía encima de él —del burro no de José—. ¿Cómo que los dolores son más seguidos y sientes pataditas del bebé?.
Estoy embarazada —dijo María determinante—.
Lo dicho por la mujer le cayó a José como le cayó a Monreal que AMLO le retirara el habla. ¿Cómo es que vas a tener un hijo si tú y yo nunca… ¡Ah, con razón el carnicero nos fiaba! Debí imaginarlo.
No José, no es lo que imaginas —dijo María con dulzura— Apenas me casé contigo recibí la visita de un ángel. El llegó y me dijo: “Salve, llena de gracia, el Señor está contigo. No temas María. Vas a concebir en el seno y vas a dar a luz un hijo, a quien pondrás por nombre Jesús”.
José, que era más inocente que un delantero de la selección mexicana que fue a Qatar, se toco la frente y al no sentir protuberancia alguna le creyó a María: Me hubieras avisado antes para ir ahorrando no que ahora estamos en una población que no es la nuestra y sin dinero. Tendremos que pedir posada.
Y así lo hicieron, sin conseguirlo, durante el trayecto entre Jerusalén y Belén. Cuando María no podía más vieron un pesebre de un establo abandonado. Ahí podrá nacer —José no se atrevió a decir “nuestro”— tu hijo.
Como caído del cielo, un hombre de portafolios entró a escena y le señaló a la pareja una lujosa casa que estaba frente al pobre establo. Permítanme atenderlos —amablemente les manifestó— tengo órdenes de mi patrón de hacerles llegar este escrito y de acomodarlos en esa casa.
José leyó el escrito: “Licenciado en carpintería don José, estimada señorita María: Sabedores que serán ustedes padres de un hijo que obrará milagros, ponemos a sus órdenes la mansión que tienen a la vista con la única condición que su bebé haga a nuestro favor un magnánimo prodigio. Atentamente: alianza Va por México. Claudio X González (rúbrica).