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Intervención y dictadura; lo que en Nicaragua se quedó
No es la primera vez que Nicaragua enfrenta a un gobierno autoritario, tampoco está en su momento más violento. Lo que sorprende es el eterno retorno del mismo cuento, donde la democracia llega siempre tan rápido como se va.
El nombre que encara este nuevo capítulo se escribe: Daniel Ortega. Un producto de la guerrilla revolucionaria y la intervención extranjera que hoy gobierna una Nicaragua con más de 300 muertos y 2,000 heridos en actos represivos.
Desde su temprana edad, Ortega se involucró en movimientos revolucionarios que luchaban en contra de la dictadura de los Somoza (una dinastía que gobernó de 1927 a 1979). Su primer arresto fue a los 15 años, estuvo tres veces en prisión, fue torturado y exiliado. En el proceso, se integró al Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN), un movimiento revolucionario que, derrotados los Somoza, gobernó entre 1979 y 1985.
El Frente se caracterizó por llevar a cabo políticas sensatas de redistribución y alfabetización entre la población. El balance entre poder y gobierno se logró gracias a la existencia de tres facciones dentro del partido. Mientras que Nicaragua tenía a Daniel Ortega como presidente, quienes en verdad gobernaban eran las facciones.
Probablemente el FSLN habría gobernado varios años más de no haber sido por los Contras: grupos terroristas quienes, financiados por Estados Unidos, se encargaron de desestabilizar al nuevo gobierno. Bloqueos económicos y ataques a escuelas, hospitales, espacios públicos y edificios gubernamentales llevaron al FSLN a convocar a elecciones tempranas, las cuales fueron ganadas por Violeta Chamorro, candidata respaldada por Estados Unidos.
La derrota electoral produjo dos reconfiguraciones: 1) la disolución de las facciones y 2) el surgimiento de Ortega como político independiente. Sin la guía de las facciones, Ortega dio rienda suelta a su carrera política postulándose como candidato del FSLN en las elecciones subsecuentes, hasta que en el 2007 regresó a la presidencia gracias a un acuerdo con el expresidente Arnoldo Alemán.
Reinstalado en la presidencia, Ortega se encargó de hacerse valer el derecho a reelegirse y posteriormente impulsar reformas laborales restrictivas para los trabajadores. Las reformas fueron la gota que derramó el vaso.
La formación militar de Ortega le enseñó a mandar y ganar por las malas, pero eso no le habría sido suficiente para perpetuarse en el poder de no haber sido por la intervención desestabilizadora de Estados Unidos, que logró derrotar limpiamente al grupo (el FSLN) que se había ganado el derecho y respecto de gobernar Nicaragua.
Así la historia se repite para el país centroamericano y el mundo, donde dictadores van y vienen a expensas de lo que extranjeros en tierras ajenas quieren, o quisieron.