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Hubo una vez un monumento
Con una mano dirigida al cielo señalando al espacio sideral y la otra levantando el velo que ocultaba una parte de un mundo recientemente descubierto, hubo una vez una enorme estatua de Cristóbal Colón – que se convertiría en Monumento- y que se asentó en el Paseo de la Reforma en agosto de 1877. La autorización para su instalación e inauguración había sido orden del general Porfirio Díaz, que apenas cuatro meses atrás, se había estrenado como presidente.
El monumento permanecería en su propia glorieta durante muchísimo tiempo, recibiendo desde flores hasta bombazos molotov cada 12 de octubre. Eso sí, cambiando de nombre y significado según las intenciones, credos y políticas de cada ideología imperante. Y así fue cómo, una determinada fecha del mes -pasado mañana, lector querido- se llamó Dia de Colón, del Descubrimiento de América, del encuentro de dos mundos, de la Hispanidad, de la Raza, de la Multiculturalidad, de la Dignificación de los Pueblos Originarios y de la Resistencia Indígena.
Paradójicamente o a lo mejor evidentemente, la creación de tan polémica escultura tuvo su antecedente histórico en el gobierno del emperador Maximiliano de Habsburgo, cuando su suegro, el rey Leopoldo I de Bélgica, decidió regalar a México una escultura de Cristóbal Colón para edificar un monumento a tan curioso y navegante personaje. Tal proyecto, que sería fabuloso ornamento para completar la belleza de la Calzada de La Emperatriz – como se llamaba el hoy Paseo de la Reforma- fue encargado al escultor Manuel Vilar con la especificación de que fuera una obra de arquitectura monumental que además de la escultura que honrara al Cristóbal Colón, contuviera alegorías de los mares que circundan a México. El proyecto no se concretó porque el horno (gubernativo) no estaba para bollos y Maximiliano a punto de ser fusilado.
Sin embargo – con esa persistencia que nos caracteriza- la idea de Colón en su glorieta siguió adelante. Sin prisa, pero sin pausa. Tras el triunfo de los liberales y la muerte de Benito Juárez, el magnate Antonio Escandón propuso retomar la idea y solicitó autorización al entonces presidente Sebastián Lerdo de Tejada. Se propuso designar al escultor francés Charles Cardier para realizar el trabajo y, tras un importe final de 60 mil pesos, Antonio Escandón y Garmendia, se fueron de viaje a París, en 1872 y contrataron al famoso artista.
En diciembre de 1875, la estatua llegó a Veracruz, pero debido a las convulsiones electorales y la rebelión de Tuxtepec de 1876, se retrasó su instalación. Sin embargo, a la vista de las figuras–hechas de bronce y mármol– de Colón y las cuatro estatuas sedentes de los frailes Pedro de Gante, Bartolomé de las Casas, Juan Pérez de Marchena y Diego de Deza, situadas en la base de la obra todo fue júbilo y contento. Vicente Riva Palacio, nombrado por Díaz Porfirio Díaz como Secretario de Fomento, Colonización, Industria y Comercio, inició los trabajos de ubicación del monumento para dejarlo en la primera glorieta de la Avenida Reforma. Y aunque hubo reclamos la inauguración se llevó a cabo.
Los reportes variaron: algunos medios ensalzaron la composición escultórica y la la fiesta, pero una vez instalada la escultura, se recibieron agrias críticas del gremio artístico –Francisco Sosa, Felipe Gutiérrez, Ramón Rodríguez Arangoiti, Francisco Jiménez–, aseguraron superioridad en la composición de las figuras de los frailes, problemas de armonía en las proporciones del basamento que soportaba la figura principal y la inexacta representación del navegante. Amplios sectores de la prensa protestaron porque un francés había realizado la obra existiendo en México tan buenos escultores.
Los años pasaron, cada uno con sus gobernantes y reacciones. El 24 de septiembre de 1892, por ejemplo, el Congreso de la Unión decretó el 12 de octubre como día de fiesta nacional. Y un tiempo después, en 1917 y a iniciativa de Venustiano Carranza. al 12 de octubre se le denominó Día de la Raza
A la muerte de Carranza, el presidente Álvaro Obregón nombró a José Vasconcelos como Secretario de Educación, quien, además de impulsar las reformas educativas y la creación de más de 1000 escuelas rurales, instituyó, dentro del Calendario Cívico, la celebración oficial del 12 de octubre a partir de 1928 y organizó celebraciones escolares, magisteriales y burocráticas a los pies del hoy desaparecido monumento.
Finalmente, Emilio Portes Gil, lanzó una iniciativa en 1929 al Congreso de la Unión para declarar el 12 de octubre como fiesta nacional, denominándolo Día de la Raza y Aniversario del Descubrimiento de América.
Hoy ya no existe el monumento, no hay nada que celebrar y no sabemos dónde quedaron las estatuas. Y aunque el próximo miércoles se coloque la escultura de “La joven de Amajac”, para sustituir la figura de Cristóbal Colón, retirada hace más de un año, se tratará de otra cosa. De enterarse que la Glorieta fue tomada y renombrada como la de “Las Mujeres que luchan” – en contra del maltrato, el feminicidio, las desapariciones- y decidir si todavía queremos acudir. No para festejar ni celebrar, sino para unirnos al reclamo y no dejar que a nadie se le olvide.