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Opinión

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El cumpleaños de Belisario

Mural “Belisario Domínguez” (2018), de Daniel Ponzanelli, en el Senado de la República. Temple y óleo sobre lino. Foto EE: Especial

Dueño de un talento nada común, médico, periodista y trágico héroe de la patria, Belisario Domínguez, nació el 25 de abril en Comitán, Chiapas, en 1863. Sus padres fueron María del Pilar Palencia Espinoza y Cleofás Domínguez Román, comerciante, hombre con fama de honradez a toda prueba y militante del Partido Liberal.

Después de completar su primera educación, el joven Belisario aprendió francés, griego y latín, concluyó sus estudios superiores en el Instituto de Ciencias y Artes de San Cristóbal las Casas y ya no se detuvo. Viajó hasta Francia y terminó graduándose como médico cirujano, con una especialidad en oftalmología, en la Sorbona de París.

Al volver, se instaló en Comitán y trabajó como médico visitador ofreciendo consultas gratuitas a las comunidades indígenas. Totalmente en desacuerdo con las constantes reelecciones de Porfirio Díaz y horrorizado por las condiciones de vida de trabajadores y campesinos, Belisario sabía que no tardaría en llegar el momento de alzar la voz.

Entre los años de 1902 y 1903, tuvo que trasladarse a la ciudad de México en busca de una cura para su esposa, quien había enfermado gravemente, pero todo fue inútil. Quedó viudo y, aunque profundamente triste, decidió quedarse. Fundó poco después un periódico al que puso por nombre El Vate, las letras iniciales de cuatro conceptos: Virtud, Alegría, Trabajo y Estoicismo. Lo anunció como una publicación de “filosofía, literatura y variedades”, pero ya planteaba ideas políticas afines a las de Francisco I. Madero. Sin embargo, como lo suyo era la medicina y casi como un autorregalo de cumpleaños, en un soleado día de abril inauguró su consultorio médico en el número 818 de la calle Revillagigedo.

Inmerso en sus escritos y sus recetarios, pero también en la oratoria la política, cuando llegó la elección de la XXVI Legislatura, en 1913, Belisario fue elegido senador y sus intervenciones calificadas de subversivas. Salpicado de la sangre y lumbre de la Decena Trágica, indignado por el asesinato de Madero y Pino Suárez, y todavía más desolado y furioso con el Usurpador, pidió la destitución de Victoriano Huerta. En la sesión del 23 de septiembre pidió turno para intervenir. La presidencia de la Cámara le negó la palabra y el senador Belisario Domínguez, que no estaba dispuesto a callar, salió del recinto, mandó a imprimir su discurso y se encargó de distribuirlo por las calles.

Muchos leyeron irrefutables verdades como la siguiente:

“Don Victoriano Huerta es un soldado sanguinario y feroz, que asesina sin vacilación ni escrúpulo a todo aquél que le sirve de obstáculo. ¡No importa, señores! La patria os exige que cumpláis con vuestro deber, aun con el peligro y aun con la seguridad de perder la existencia. Si en vuestra ansiedad de volver a ver reinar la paz en la República os habéis equivocado, habéis creído en las palabras falaces de un hombre que os ofreció pacificar a la nación en dos meses y le habéis nombrado presidente de la República, hoy que veis claramente que éste hombre es un impostor inepto y malvado, que lleva a la patria con toda velocidad hacia la ruina, ¿dejaréis por temor a la muerte que continúe en el poder?"

Todo mundo se enteró y como era de esperarse, Huerta tuvo uno de sus proverbiales berrinches, llenos de cólera y alcohol. Y decidió encargarse del asunto. El martes 7 de octubre de 1913, Francisco Chávez recibió orden del general Huerta de sacar del Hotel Jardín al senador Domínguez y matarlo. Chávez llamó al teniente Alberto Quiroz, jefe de la gendarmería de a pie y a Gabriel Huerta, jefe de las Comisiones de Seguridad, para llevar a cabo la orden. A medianoche los dos comisionados acompañados por Gilberto Márquez y José Hernández, El "Matarratas", llegaron hasta el cuarto número 16 del 2º piso del hotel, allanaron la alcoba del doctor, quien ya dormía, y lo sacaron. Lo subieron a un coche con destino a Coyoacán y le dijeron que ya se iba a morir. Llegaron al panteón de Xoco y en la puerta, Márquez, le disparó un balazo por la espalda que se le incrustó en la cabeza. Ya caído, Alberto Quiroz le hizo 2 disparos más. A continuación, lo desvistieron, extrajeron de sus bolsillos los 15 pesos que llevaba y con ellos le pagaron al sepulturero José de la Luz Pérez, para que procediera a meterlo bajo tierra.

Dicen que le cortaron la lengua para llevársela a Huerta como trofeo y que en el panteón no había veladoras sino un pedazo de su discurso impreso donde todavía podía leerse: “Vigilen de cerca todos los actos públicos de nuestros gobernantes: Elógienlos cuando hagan bien, critíquenlos siempre que obren mal. Seamos imparciales en nuestras apreciaciones, digamos siempre la verdad y sostengámosla con firmeza entera y muy clara. Nada de anónimos ni seudónimos.”

Además de la medalla que lleva su nombre, a Belisario Domínguez durante mucho tiempo se le rindió el homenaje más sentido y florido todos los meses de abril en el panteón del Xoco: una fiesta de cumpleaños siempre con música y siempre a luz del día.

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