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Opinión

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El crimen organizado también anda de traje y corbata

Muchos analistas y políticos consideran al crimen organizado (CO) como una especie de cáncer que hay que extirpar del cuerpo social. Supongo que, en general, esta es una idea correcta, pero hay que plantearse una pregunta: ¿México puede prescindir del crimen organizado para funcionar? Sé que la pregunta es abominable y que la respuesta inmediata y concluyente es un enfático “por supuesto que sí”. Sin embargo, vale la pena repasar algunos hechos y datos al respecto del peso específico del CO.

El CO, al menos los cárteles más poderosos, ya son mucho más que grupos de sicarios armados hasta los dientes. Estos elementos son los encargados de poner orden, hacer que se respeten las reglas que han impuesto y defender al territorio que consideran suyo. Estos “soldados” representan la parte más desagradable de la delincuencia, pero no son la única que existe. Siguiendo con la idea del cáncer, digamos que se ha extendido al resto del cuerpo social, entreverado con órganos y funciones y ahora muchos de éstos tal vez no funcionarían sin el dinero ilegal

Detrás de los sicarios hay organizaciones que con el paso del tiempo se han vuelto más complejas. Existen abogados, contadores, especialistas en técnicas de espionaje y guerra, mecánicos que pueden blindar vehículos, contactos en los sistemas financieros y con burócratas y políticos de los gobiernos de todos los colores, influencia en organizaciones sociales y medios de comunicación y otros grupos de profesionistas. Hasta aquí no estoy refiriéndome a personas obligadas a trabajar para los cárteles. No, ese es otro nivel. Me refiero a personas que trabajan con el CO o que les prestan servicios sabiendo quienes son.

El CO ya no sólo se dedica al narcotráfico. Ahora tiene presencia en negocios ilegales como la trata de personas, la extorsión, el cobro de piso, el tráfico de armas, la venta de artículos piratas y el contrabando de casi cualquier cosa que reditúe ganancias. Desarrolla nuevas drogas o combinaciones de ellas para que sean más adictivas, pero no mortales. Muchas de estas actividades equivalen el cobro de impuestos, por ejemplo, lo que se les carga a los productores de limón y aguacate en Michoacán o las tortillas y la carne de pollo en Guerrero. ¿Qué dan a cambio de estos impuestos? Nada, pero el Estado constitucional también cobra impuestos y no da lo más elemental: seguridad y paz, así que hay una especie de empate entre una organización brutal y eficiente y otra lenta e ineficiente. La semana pasada hablé de dualidad de poderes: un Estado que falla cada vez más y una serie de protoestados.

Hace unos años, México se encontraba en cuarto lugar de los países con el mayor mercado criminal del mundo, según el Informe Global del Crimen Organizado. En 2023, ese mismo documento refiere que nuestro país ya es el número uno. Cabe señalar que la evaluación se hace entre 193 países.

El CO también tiene negocios legales. Me atrevo a decir que miles de pequeños negocios han sido adquiridos, generalmente a la mala, o bien trabajan con los delincuentes en el lavado de dinero. No se puede entender, por otra parte, la consolidación del narco sin la complicidad de personas de los sectores empresariales, financieros o gubernamentales. La expansión al extranjero nos habla de que tienen personal capacitado para llevar a cabo actividades de embajadores comerciales.

Un reciente estudio, realizado por los investigadores Rafael Prieto-Curiel, Gian María Campedelli y Alejandro Hope (QEPS) señaló que los cárteles en México suman 350 personas a la semana para reponer a sus “tropas”. Por otra parte, se calculó que el narco da “trabajo” a 175 mil personas. Me atrevo a decir que esta estadística sólo se refiere a una parte del crimen organizado.  Los negocios se han multiplicado y tienen diferentes niveles.

Es un error creer que el CO solo se dedica a las drogas o a matar. No, está claro que es una hidra que se dejó crecer y nutrirse de necesidades y demandas. Necesidades de las personas que no tienen buenas opciones para mejorar económicamente o que inevitablemente son reclutados, bajo amenaza de muerte, para servir a los cárteles. La demanda de drogas, sobre todo la de Estados Unidos, es una fuente de recursos, la principal, pero no la única. La corrupción de los gobiernos y ciudadanía completaron el cuadro.

Un tema más, por demás evidente, es que la exclusividad de la violencia en manos del Estado hace rato que es parte de discursos no de realidades. Hay un ejército o, mejor dicho, varios, con armamento y tecnología. También con una gran penetración entre las filas de las fuerzas armadas.

Comprender y analizar el fenómeno del CO en su totalidad es dar un paso para poder combatirlo. Los abrazos y los balazos no han resultados porque son parte de estrategias aisladas. Las “ayudas” a jóvenes tampoco son suficientes. Sin una estrategia integral, gobierne quien gobierne, tiene la batalla perdida.

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