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Como si fuera Díaz Ordaz
De alguna manera, López Obrador está asumiendo una postura muy similar a la de Gustavo Díaz Ordaz en 1968. Ambos partían de la idea que están siendo víctimas de un complot. El presidente de 1964 a 1970 creía que el movimiento estudiantil era una conjura comunista encaminada a dinamitar las bases de los gobiernos priistas. El presidente López supone que detrás de los artículos, noticias y la oposición a sus reformas están los conservadores, esos enemigos (que no adversarios) que siempre le han obstaculizado en su carrera.
El presidente poblano estaba equivocado, no había ningún complot comunista, simplemente eran jóvenes protestando por la falta de democracia. El tabasqueño también está equivocado, no hay ningún complot de los medios, los conservadores y los aspirantes a fifís, simplemente es la reacción natural a un gobierno cada día más autoritario y fracasado. Por supuesto, hay diferencias importantes: Díaz Ordaz creía que el movimiento atacaba al PRI y al Estado estable que había construido, no pensaba en sí mismo. López, en cambio, está convencido que los ataques son para que no alcance la grandeza que le está destinada, esa que lo colocará en el panteón de los héroes junto a Hidalgo, Morelos, Juárez, Madero y Cárdenas. Está pensando en él, porque en su persona habita el Estado.
Si las reformas de la Guardia Nacional a la Secretaría de la Defensa (SEDENA) y la eléctrica eran importantes, la reforma electoral le es vital. Anular la autonomía del Instituto Nacional Electoral (INE) y del Tribunal Electoral del Poder Judicial de la Federación (TEPJF) es de vida o muerte, no sólo por su afán de controlar todos los mecanismos del poder, sino como una garantía de que su grandeza será alcanzada.
¿Qué ve el presidente López cuándo le llevan en las mañanas el informe de un país violento, inestable, de muertos, secuestrados, desaparecidos, mujeres cruelmente asesinadas? ¿Le endulzan las cifras? Si es así, entonces se asoma a los medios y sabe que su estrategia de seguridad es un fracaso. Pero de ese fracaso no culpa a su estrategia, culpa a los medios de comunicación, reporteros y columnistas por difundir y comentar los asuntos que tienen que ver con el crimen organizado y con todos sus fracasos. Ni siquiera culpa a los integrantes del crimen organizado. Los enemigos están en otra parte.
Ignoro si López Obrador está consciente de que su proyecto (es un decir) para México fracasó, pero hasta ahora ha logrado salvar su propia imagen, que mantiene una alta popularidad. Sin embargo, los procesos electorales posteriores a 2018 han visto una parcial declinación de su partido. Necesita asegurarse del triunfo de su candidato en 2024 por varias razones: para que se cubran sus fracasos, sus grandes obras inútiles o poco efectivas, las corruptelas que encubrió, su ineficacia, el desastre mortal del COVID y el desabasto de medicinas, la convivencia amigable con los cárteles, el desastre del sistema educativo y muchas más cosas.
La anterior es la verdadera razón de su reforma electoral, ganar a como dé lugar en 2024, no para que siga un “proyecto de transformación” que nunca estuvo muy claro más allá de una serie de eslóganes. Lo cierto es que su gran frase, primero los pobres, está vacía de contenido. Dar apoyos asistenciales a veces es imprescindible, pero los suyos van acompañados por un afán clientelar. No los da el Estado, los da el presidente López. Sus programas no están hechos para ayudar a salir a alguien de la pobreza, sino para hacerlo un voto a su favor.
Como se decía en la época del PRI, necesita alguien que le cubra las espaldas, por eso va al desmantelamiento del INE y el TEPJF como órganos autónomos. Esta es la lucha que viene para los partidos opositores y l@s ciudadan@s que nos oponemos al avance del autoritarismo. La marcha del próximo domingo 13 de noviembre tiene descompuesto al presidente López. Toda la semana ha lanzado insultos contra los que participaremos en ella y, paradójicamente, esto ha logrado hacerle propaganda de la buena a la caminata en defensa del INE.
El próximo domingo será el primer paso para una defensa que parece difícil, con aliados no del todo confiables y con todo el poder presidencial en contra. Si perdemos al INE y al TEPJF como órganos imparciales pasarán muchos años para desandar el camino y habremos perdido décadas de perfeccionamiento de nuestro frágil diseño democrático. Y todo esto debido a la ambición de un hombre que hace del rencor su política de gobierno. Como decía Séneca: “El primer arte que deben aprender los que aspiran al poder es el de ser capaces de soportar el odio.”
#YoDefiendoAlINE.