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Opinión

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Colombia, el giro a la izquierda y el cambio de la política

Vemos en el mapa electoral del mundo como son cada vez más frecuentes los triunfos de opciones otrora improbables. Aunque a los efectos de estas líneas evaluemos a América Latina desde el marcador ideológico, lo cierto es que este fenómeno debe ser estudiado con una mirada más amplia, una que revise el hecho de que las mayorías están construyendo nuevos indicadores con los que decidir su voto, nuevos mecanismos y canales para relacionarse con los liderazgos y en definitiva, una manera distinta de interrelacionarse con el hecho político.

El triunfo de Gustavo Petro en Colombia, un país tradicionalmente de presidentes conservadores, llegó en medio de una nueva ola de gobiernos con tendencia izquierdista en América Latina. Hace 10 años, la región ya vivió la cúspide de la llamada Marea Rosa, cuando el mapa estaba teñido por gobiernos progresistas, con la excepción –en ese entonces- de México, Honduras, Panamá, Colombia y Chile. 

Tras años de declive, escándalos de corrupción –como el caso Odebrecht- y de una serie de estallidos sociales durante sus administraciones, la izquierda perdió terreno. Pero, ahora, pareciera estar cumpliéndose la llamada ley del péndulo. La regla en las elecciones libres de la región es el triunfo de la oposición. Lo importante es cambiar de lado para ver si las cosas mejoran, porque el grado de descontento nunca había sido más alto.

En el último año, en al menos cinco elecciones presidenciales han ganado opciones de izquierda o de corte progresista: Pedro Castillo, en Perú. Gabriel Boric, en Chile. Xiomara Castro, en Honduras. Y, ahora, Petro, en Colombia.

¿Las razones? Hay varias. Desde la falta de respuestas y acciones de una derecha que se olvidó de sus electores una vez en el poder; y una sociedad que comenzó a nutrirse de canales y plataformas que la política poco a poco ha ido abandonado, hasta el descontento social, las crisis económicas y las desigualdades. Pareciera que la política tradicional se quedó anclada en una comunicación unilateral, generando una instatisfcción que los gobiernos de izquierda, en este caso, han sabido capitalizar. 

La crisis democrática le abre las puertas a propuestas más radicales y aumenta ese deseo latente de cambio constante que viven los latinoamericanos y desaparecen las posturas del medio; pero no solo en esta región. Este fenómeno se vivió incluso al otro lado del Atlántico, en Gran Bretaña.

Los ciudadanos británicos votaron a favor del Brexit (la salida del país de la Unión Europea) cansados de un sistema marcado por grandes problemas en materia de salud, economía y migración, se presentaron a una elección exigiendo un cambio radical, tan radical, que incluso algunos se arrepintieron antes de cumplirse 48 horas de la elección. 

Ese clamor retumbó incluso en este lado del planeta. Dos años después, México abrió la puerta al retorno de la corriente izquierdista con el triunfo de Andrés Manuel López Obrador. Detrás de él se fueron sumando Alberto Fernández en Argentina (2019), Luis Abinader en República Dominicana (2020) y Luis Arce en Bolivia (2020). 

Y, a fines de este año, podría llegar Luiz Inácio Lula da Silva si finalmente se impone en las elecciones presidenciales de Brasil. De ser así, las siete naciones más pobladas de Latinoamérica y sus seis mayores economías estarán en manos de la izquierda.

Todo parece indicar que América Latina vuelve a alinearse. Pasó en los 2000, con la ola de gobiernos latinoamericanos de izquierda, con exponentes como Hugo Chávez, Néstor Kirchner, Evo Morales o el propio Lula. Pero también lo hizo hacia la derecha hace tan solo un par de años atrás. 

A ese poder de inicios de la década pasada, surgió como contrapeso instancias como el Grupo de Lima en 2017 -que logró reunir hasta 14 países para buscar una salida pacífica a la crisis venezolana. Entre otras cosas, exige la liberación de los presos políticos, pide elecciones libres, ofrece ayuda humanitaria y critica la ruptura del orden institucional en el país sudamericano;- y el Foro para el Progreso de América del Sur (Prosur) -con nueve integrantes- en 2019, que debilitaron a iniciativas previas, como el Foro de Sao Paulo y la Unión de Naciones Suramericanas (Unasur).

Ahora vuelve esta nueva corriente, pero que parece ser menos un eje transversal y más una respuesta puntual a lo que la sociedad ha venido pidiendo. Ya no está el boom internacional de las materias primas que dio a los presidentes una billetera robusta para invertir en programas sociales y proyectos estatistas de todo tipo.

El mundo, además, atraviesa el efecto de una pandemia que nos ha hecho retroceder a estadísticas no vistas desde el siglo pasado y, además, en medio de una era digital que lleva la información a otro nivel, a través de canales no convencionales. 

Las redes sociales han permitido que esos nuevos votantes accedan a información de forma mucho más rápida, con más tintes, más variada -e incluso hasta falsa- formándose un criterio que terminan plasmado en las urnas. 

Lo pudimos ver en el caso del expresidente de Estados Unidos, Donald Trump. Un ávido usuario de Twitter que terminó creando su propia red social tras el asalto al Congreso de su país, poco antes del fin de su mandato. Entendiendo la importancia de mantenerse vivo en las redes sociales, donde los latinoamericanos pasan su mayor tiempo de oscio. 

Lo hemos visto también en la más reciente elección; precisamente la de Colombia. Uno de los candidatos, prácticamente desconocido internacionalmente, caló en las preferencias rápidamente gracias al uso de Tik Tok. Se coló en la carrera y peleó hombro a hombro con el rival más fuerte: Petro, quien finalmente ganó.

Las prioridades son otras. Figuras como Boric o el mismo recién electo Petro alzan con más fuerza banderas como el cuidado del medio ambiente o la igualdad de género y raza.

Pareciera que hay una exigencia por re-humanizar al liderazgo: una necesidad de darle una estocada de pintura más humana a los líderes. 

Es el momento en que la vocería vuelva a reconectar con la sociedad. Las ideas no aseguran la continuidad, son los hechos. Hay que comunicar, estar en los espacios donde están los electores, la socidad y los sectores, tomando en cuenta sus interes personales y públicos; hay que involucrarlos en las gestiones públicas.  

Ese el gran desafío que tiene Petro –y también sus aliados- para garantizar cumplir con las promesas. Un gobierno de reformas, como él mismo definió, pero que requerirá más que solo tintes de moderación. Lo rodea el fantasma del estallido social de 2021 contra la reforma fiscal de Iván Duque, que luego derivó en reclamos por la desigualdad, la violencia policial y el desempleo.

Hoy el giro es a la izquierda, pero ¿Es posible concluir que ha ocurrido un triunfo ideológico definitvo en la región? No. Lo que sí pareciera estár ocurriendo, es que la izquierda no solo ha sabido interpretar mejor las aspiraciones de este tiempo, si no además, ha sabido ocupar y entender mejor los códigos y canales del nuevo espacio público cuyo debate se parece menos a la pugna ideológica y más a la vigente disicusión de lo tradicional contra lo novedoso.

*El autor es analista político venezolano.

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