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Cambia mi vida por una guitarra
Hoy comienza el Festival de México con la esperanzadora ópera basada en Camelia la Texana (que sin duda será un hito en la historia del arte de este país), Únicamente la verdad. Pero más allá de que tengo la confianza de que el FMX estará a la altura de su pretencioso nuevo nombre (no olvidemos que en este país existen más de 400 festivales artísticos y culturales y que la mamá de todos ellos es el Cervantino), de lo que quiero hablarles es de un modesto festival que se hace en Culiacán y que literalmente me cambió la vida.
No estoy exagerando, la décima edición del Festival Internacional de la Guitarra que se llevó a cabo en esa ciudad sinaloense la semana pasada me devolvió la fe.
Tal vez no estoy hablando de una fe muy importante, como la que se puede depositar en un dios o en la humanidad, es sólo la fe en los guitarristas, pero en mi caso particular es fundamental porque yo soy un guitarrista.
Así pues, lector, tenme paciencia porque creo que estoy ante uno de esos casos en los que lo particular puede llevarnos a conclusiones universales Así que voy a explicar con detalles y antecedentes lo que me sucedió con la esperanza de encontrar esas conclusiones al final
Yo, el renegado
Soy un guitarrista renegado. Hace cerca de 20 años decidí no ir más a recitales de guitarristas solistas. Esta decisión tan rotunda la tomé después de asistir a un ciclo en el que me aburrí enormidades. Hubo un guitarrista en particular (no diré quién, claro, porque creo que es muy bueno, tengo dos o tres discos suyos) que me hizo comprender que en este mundo será difícil encontrar algo más aburrido arriba de un escenario que un señor sentado con una guitarra entre las rodillas y medio escondido detrás de una partitura.
Sólo en dos ocasiones en esos 20 años rompí mi regla. Una porque yo era el señor (un muchacho entonces) escondido detrás de la partitura (nos presentamos todos los alumnos de mi escuela de guitarra) y la otra porque vino John Williams, para mi gusto el Mejor Guitarrista del Mundo, a tocar al Teatro de la Ciudad.
Estuve a punto de romperla una tercera vez cuando Pepe Romero (otro Mejor Guitarrista del Mundo) estuvo en la Nezahualcóyotl, pero algo se atravesó, no fui, y, tonto de mí, no lo lamenté.
Miedo al osazo
En Culiacán, la verdad tenía miedo. Me había levantado muy temprano y jugado un partido de futbol agotador, en el aeropuerto y el avión bebí un par de cervezas y a pesar de tener sueño no me pude dormir una siesta, y después de los infames cacahuates del avión fui a comer unos tacos bastantes, suficientes como para dormirme una siesta, pero no, había que ir al concierto
Tenía miedo. Me iba a quedar dormido. El crítico musical, invitado por andar de presumido de que toca un poco de guitarra clásica, se iba a poner a roncar a medio recital
Pero no. La presentación de Dominic Frasca resultó cualquier cosa menos aburrida. Al día siguiente, Pavel Steidl confirmaría mi nuevo aprendizaje: un concierto de guitarra sola puede ser no sólo muy entretenido, también emocionante y divertido.
Un acto de fe
Lo curioso del asunto es que Frasca y Steidl se sitúan en extremos opuestos del arte guitarrístico. El primero encuentra en la tecnología (el video, el procesamiento del sonido, las modificaciones a la guitarra) la forma de darle dinamismo a sus recitales. Bien por él.
Pero el título de Mejor Guitarrista del Mundo (uno más, y qué) sería para el checo Pavel Steidl, que para dar un magnífico recital de guitarra sólo necesita ¡una guitarra!
Bueno, una guitarra, muchos años de estudio y una filosofía en qué apoyarse, y aquí estamos llegando por fin al meollo del asunto, porque el libro que le cambió la vida al guitarrista checo que me cambió la vida a mí es uno que debo tener en algún lado y que no he leído probablemente por un prejuicio similar al que un guitarrista demasiado serio me generó hace veinte años.
Pavel Steidl es checo pero es muy mexicano. Además de en Culiacán ha estado en el DF, en Mérida, Taxco, Ensenada y, claro, en Paracho, donde se compró una guitarra.
Cuando le pregunto cómo enfrenta el miedo al escenario me contesta que en eso también México me ha ayudado. Sigo una filosofía tolteca .
Esa filosofía la toma de Los cuatro acuerdos, libro de Miguel Ruiz que, asegura Pavel, está cambiando a la gente en la república checa.
Por lo pronto a él lo ha enseñado a dominar el miedo, pero también a darse cuenta de que el miedo a equivocarse en una nota es el más peligroso que puede tener un músico. Porque seguro te vas a equivocar. Si sales a tocar con ese miedo te preocupas por tocar sin errores y no por hacer música .
La filosofía tolteca ha enseñado a Pavel, quien suele dar clases magistrales, que ser maestro es ser una guía entre tú y tu alma. No pretendo enseñar y decir cómo se deben tocar las piezas, sino ayudarte a que las toques como tú las quieras tocar .
Ahora que lo pienso, detecté dos errores pequeños en el recital de Pavel Steidl, mismo que por otra parte fue un éxito y terminó con el público aplaudiendo de pie y tuvo momentos de auténticas carcajadas; mientras que al guitarrista aquel que me dio sueño hace veinte años no le encontré un solo error, no antes de dormirme.
En busca de conclusiones
Te toca, lector (si llegaste hasta acá), el turno de preguntarme cómo fue que me cambió la vida, más allá de que ahora sí me propongo ir a recitales de guitarra clásica.
Primero, supongo que comprenderás que el hecho no es menor pues es una revaloración completa de una actividad a la que en algún momento pensé dedicar mi vida.
Pero si buscamos algo más general, supongo que debe haber una gran lección en todo esto, una que me permita alejarme de prejuicios, que me ayude a no temer lo inevitable y que, ya en mi caso muy personal, me permita volver a tocar la guitarra, no digamos en público, en presencia de familiares y amigos sin que me tiemblen las manos
Espero aprender esa lección.
Espero, como editor de cultura, transmitir la idea de que el arte nos da lecciones más importantes que las que se encuentran en los libros de texto, lecciones que pueden cambiarnos la vida o al menos no los hacérnoslo creer, lo que ya es bastante.