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Opinión

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Adiós a Megata

El embajador de Japón, Shuichiro Megata, está próximo a repatriarse después de una prolongada carrera como diplomático que lo ha llevado a servir en Francia, China y Perú, entre otros países. En México, se consagró exactamente tres años y cinco meses a acercar más a Japón al corazón de los mexicanos .

De personalidad reservada, más bien tímida, Megata será recordado en México como un extraordinario embajador al recibir a más de 800 empresas japonesas que se establecieron en nuestro país. Su laboriosidad lo llevó a granjearse las simpatías de muchísima gente, tanto en los medios públicos nacionales y locales, como en los empresariales y diplomáticos.

Aunque el micrófono no era su fuerte, a la hora del karaoke lo empuñaba con bastante soltura. El embajador entona bien las melodías, sobre todo si se trata de chansons françaises como las que interpretaban Aznavour y Brel.

Contribuyó sin duda a reimpulsar las relaciones nipo-mexicanas. En abril del 2013, por ejemplo, el presidente Peña Nieto visitó Japón de manera oficial y comenzó en tal ocasión una relación especialmente amistosa entre él y el primer ministro Abe. De acuerdo con Megata, se hicieron muy buenos cuates , mexicanismo que agregó gustoso a su acervo lexicológico.

La visita de Peña fue correspondida en julio pasado cuando Abe visitó México como parte de una gira que lo llevó por Centro, Sudamérica y el Caribe. Quedaron plasmadas las imágenes de ambos mandatarios ascendiendo a la pirámide mayor de Teotihuacán, en cuya cima debieron cargar sus depósitos de energía, algo indispensable en momentos en que ambos han emprendido reformas estructurales que aún esperan el juicio histórico.

Los mayores logros del embajador Megata, sin embargo, quizá se dieron en el horizonte cultural con la conmemoración del 400 aniversario de la Expedición Hasekura. Y es que fue en el marco del virreinato de Nueva España cuando arribó la primerísima embajada de Japón en busca de intercambios comerciales. La encabezaba un mítico samurái, Hasekura Tsunenaga, quien después de permanecer en México se embarcó a Europa, para regresar a su país convertido al catolicismo; en mala hora, ya que la práctica de esa doctrina estaba prohibida y se castigaba con la ejecución.

La efeméride propició una amplia gama de actividades en diversas ciudades del país, algunas tan originales como la realización de una ceremonia del té en el atrio de la Iglesia de San Francisco, en el Centro Histórico de la Ciudad de México, y la presentación en foros académicos de un presunto descendiente de Hasekura ataviado a la usanza del siglo XVII.

El punto culminante de las actividades que emprendió Shuichiro Megata fue tal vez la inserción de Japón como invitado de honor en el Festival Internacional Cervantino que año con año se celebra en la ciudad de Guanajuato. Fue apoteótico. Megata consiguió que se trasladaran los príncipes Akishino, de la realeza imperial, a la ceremonia de inauguración, y que figuras como el afamado violinista Ryu Goto se insertaran en el programa cultural.

El pasado 21 de octubre se efectuó la despedida oficial del embajador en la Residencia de Japón. Este cuate de los mexicanos culmina así su trayectoria diplomática. Sin saberse aún cuál será su destino, es probable que dedique algún tiempo a la redacción de sus memorias, como él mismo informó en su discurso de conclusión. Por lo pronto, deja el camino allanado para que su sucesor continúe ensanchando los vínculos entre dos naciones históricamente afines.

Y viene al caso comentar que nuestra embajada en Tokio permanece acéfala desde hace cinco meses sin que hasta el momento se sepa por qué, sobre todo habiendo tanta gente capaz de cerrar la pinza del buen entendimiento diplomático en el lado mexicano.

Hasta pronto, embajador Megata.

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