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Opinión

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A 111 años del inicio de la Revolución: ¿cómo comenzó?

Los mexicanos celebramos nuestra Revolución el 20 de noviembre. Caudillos como Pancho Villa o Emiliano Zapata son mundialmente conocidos y son símbolo de mexicanidad. Puede que un extranjero no sepa que la Constitución Mexicana de 1917 fue la primera constitución social del mundo, pero están familiarizados con Villa y Zapata. ¿Recuerda usted a Marlon Brando interpretando a Zapata, o Antonio Banderas haciendo el papel de Pancho Villa? ¿Cómo comenzó la Revolución?

El presidente Porfirio Díaz llevaba treinta años en el poder y, para no perder la costumbre, fue candidato en la elección de 1910, a pesar de haber dicho que no se presentaría. El candidato opositor era Francisco I. Madero, un muy acaudalado empresario de Coahuila, soñador y de espíritu democrático, pero naïf en grado considerable. Porfirio Díaz ganó la elección y Madero adujo fraude. En el “Plan de San Luis”, Madero llamó al pueblo a alzarse en armas para el día 20 de noviembre y desconoció a las instituciones y a las autoridades. “Sufragio efectivo, no reelección”, su lema.

Los treinta años de Díaz en el poder habían concentrado la riqueza en muy pocas manos. La inmensa mayoría de los mexicanos vivía en la pobreza más extrema e inhumana, humillada, herida y oprimida. La oligarquía no estaba dispuesta a perder sus privilegios ante el pueblo que, de vez en cuando, se alzaba y protestaba, pero era siempre brutalmente reprimido: he ahí las matanzas en las huelgas de Rio Blanco y Cananea, o el exilio de los hermanos Flores Magón, o –ya en la víspera del levantamiento del 20 de noviembre– el asesinato de los hermanos Serdán.

Los ánimos estaban candentes, así que el llamado de Madero fue escuchado: Pancho Villa, Abraham González y Pascual Orozco se rebelaron desde el norte contra el gobierno federal. Poco después, Emiliano Zapata lo haría desde el sur. Empezaba la revolución.

El anciano dictador no pudo contener esta protesta armada, que le explotó como olla exprés en la cara tras décadas de la más atroz injusticia. El ejército federal fue derrotado una y otra vez. La situación llegó a ser tan crítica, que el dictador, a finales de mayo de 1911, tuvo que renunciar y huir a Francia. Madero se hizo del control y convocó a elecciones, que, desde luego, ganó. Tomó posesión como presidente el 6 de noviembre de 1911.

Madero no comprendió que en ese momento era necesario un gobierno fuerte y enérgico. Era tan democrático e inocente que fue incapaz de comprender que sólo un gobierno férreo podría consolidar la revolución democrática que él había iniciado. En efecto, tanto los jefes revolucionarios, que ansiaban el poder, y los oligarcas, replegados y tramando toda clase de bajezas contra Madero desde la Embajada de los Estados Unidos, estuvieron dispuestos a cualquier cosa. La gestión del nuevo gobierno fue una decepción para todos, incluso para sus simpatizantes. Era cuestión de tiempo para que a Madero se le viniera el mundo encima. Hasta Emiliano Zapata se alzó contra él.

Madero no era un hombre con malicia, así que se metió en la boca del lobo y durmió con el enemigo. Puso al mando del ejército a Victoriano Huerta que, poco después, lo traicionaría en complicidad con el embajador estadounidense, y lo asesinaría junto con el vicepresidente Pino Suárez en la llamada “decena trágica”, días de desconcierto que transcurrieron entre el 9 y 19 de febrero de 1913: primero el golpe de Estado del general Manuel Mondragón, luego la traición de Victoriano Huerta, el arresto y asesinato de Madero y Pino Suárez y la usurpación de la presidencia por parte de Huerta. Todo en diez días. Y después… el caos. Los revolucionarios, aglutinados alrededor de Venustiano Carranza, no descansarían hasta deponer al usurpador. Lo lograron, pero ello no trajo estabilidad. Al contrario, los caudillos revolucionarios se mataron unos a otros y el país se bañó en sangre durante varios años. Fue como el cuadro de Goya en el que Saturno (en este caso, la Revolución) devora a sus hijos.

En esta guerra fratricida hallarían la muerte más de un millón de mexicanos, lo cual es una cifra tremenda si tenemos en consideración que la población de México en aquel entonces no rebasaba los 15 millones.

Han pasado 111 años desde aquel 20 de noviembre de 1910. Es duro reconocerlo, pero si partimos del terrible hecho de que más de la mitad de los mexicanos vive en lacerante pobreza, habría que sostener que la Revolución no trajo la justicia, la igualdad y el bienestar que todos esperaban.

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