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La revolución de las sonrisas
Sí, el referéndum fue inconstitucional, pero lo que celebraban miles de jóvenes en la plaza Cataluña fue la victoria del plebiscito contra Rajoy. Lo perdió por goliza.
Carlos Marc tuvo la encomienda de recoger una urna y varios paquetes de boletas en una vieja planta del Nou Barris. Un espacio ubicado en el extremo norte de Barcelona, entre la sierra de Collserola y la avenida Meridiana.
La demografía del barrio se aleja del independentismo al ser un espacio en el que frecuentemente aterrizan españoles del sur; un lugar propicio para que los operadores del referéndum pasar desapercibidos. Nadie sospecharía que en una zona de personajes que no simpatizan con la secesión sería el lugar perfecto para almacenar boletas inconstitucionales y urnas para guardar toneladas de eseranza.
A Carlos le pidieron apagar su teléfono celular antes de entrar a un pequeño salón. En él recibió un curso de capacitación sobre cómo moverse sobre la ruta de viaje de un domingo enigmático en el que nadie sabía lo que iba a suceder.
Algo más, entre los códigos de comunicación en la era de Snowden, Carlos sería reconocido como “pizzero”. Llevar y entregar la urna y las boletas, su misión. Y así, entre un ejército de Carlos se distribuyeron millones de boletas a través de las provincias catalanas.
El malestar de los jóvenes
El domingo inició el viernes; un red juvenil ocupó las escuelas para protegerlas de las amenazas del gobierno español de Mariano Rajoy y de las togas afines al PP que gobiernan Cataluña. No habrá boletas, no habrá urnas, rezó Rajoy durante varios días. Sin embargo, las oraciones de Rajoy no fueron las que molestaron a los jóvenes catalanes. Fueron dos motivos los que detonaron su mal humor: llevar esposados ante un juez a tres funcionarios de la Generalitar e intervenir las finanzas de la Autonomía.
Y así nació el plebiscito en contra de Rajoy. La confesión fue espontánea: “Yo no tenía pensado ir a votar”, sin embargo, las humillaciones de Rajoy motivaron a Jordi a acudir a votar.
¿Cómo? La naturaleza electoral siempre será polisémica porque el voto se piensa primero como útil antes que herramienta ideológica.
Acampando en el paraíso
Muy cerca de la calle Padilla, en la zona de la Sagrada Familia, decenas de jóvenes escuchan a la líder del grupo con atención y emoción. Es el patio de una escuela convertido en una zona de acampamento. “¿Todos van a dormir esta noche aquí?” Sí, responde el coro. Entonces, la chica les recomienda evitar la salida. Les recuerda que en el momento de que aparezca la policía, el patio se tendrá que convertir en un campo minado de personas. Codo a codo y simulando su muerte para que el cuerpo incremente de peso, la policía tendrá una misión compleja.
Así nació el 1-O, día del referéndum.
La violencia fue incubada para producir miedo. La hora y los colegios elegidos por el gobierno de Rajoy no fueron casualidad. Primero, las casillas que esperaban a Carles Puigdemont, Oriol Junqueras y Carme Forcadell, el trío líder independentista. Rajoy sabía que cámaras de televisión captarían el clásico momento en el que todo político introduce su voto en la urna. Televisiones y radios emitieron en directo la imposibilidad de que el trío votara en los colegios designados.
La noche concluye en Plaza Cataluña. Una enorme pantalla emite los videos que recorrieron hasta el último rincón de las redes sociales. Golpes de la policía y declaraciones bobas de políticos de Ciudadanos y del Partido Popular. Se fueron la finta. Sí, el referéndum fue inconstitucional, pero lo que celebraban miles de jóvenes en la plaza Cataluña, fue la victoria del plebiscito contra Rajoy. Lo perdió por goliza.
Lo de ayer fue la revolución de las sonrisas.