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Finanzas Personales

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La trampa de cambiar de carril: del tránsito a los portafolios de inversión

OpiniónEl Economista

Todo aquél que haya manejado en hora pico conoce la escena: el carril contiguo avanza, el propio no. El cambio parece obvio; se realiza y, casi de inmediato, el nuevo carril se detiene mientras el anterior comienza a avanzar. Repetida tres o cuatro veces, la maniobra arroja un resultado curioso: el conductor -en muchas ocasiones- llega más tarde que si nunca se hubiera movido. Ningún carril era realmente mejor; lo que costó tiempo fue cambiarse.

Cada cambio de carril no representa un único movimiento, sino dos apuestas simultáneas: adivinar que la nueva fila mantendrá su avance y prever que el carril que se abandona no acelerará de inmediato. Si falla cualquiera de estos dos pronósticos, la posición del conductor se deteriora en comparación con su punto de origen.

Las decisiones financieras siguen esta misma lógica. Al vender un activo, el inversionista asume un riesgo doble: elegir cuándo salir y, más difícil aún, cuándo reingresar. Como rara vez se planifica el retorno, este suele ocurrir cuando la incertidumbre disminuye y el mercado ya ha ajustado sus precios.

De ahí sale una cuenta sencilla: entre más movimientos tiene una estrategia, más aciertos necesita para llegar al mismo lugar. Quien elige una posición y la sostiene tiene que acertar una vez. Quien se mueve cuatro veces en el camino, tiene que acertar nueve. No porque moverse esté mal, sino porque cada movimiento suma dos condiciones que deben cumplirse.

Esto no quiere decir que nunca convenga cambiar. Hay motivos válidos: la meta cambió, el plazo se acortó, apareció una necesidad de dinero que antes no existía, o el instrumento dejó de servir para el objetivo con el que se eligió. Todos tienen algo en común: son cambios en la vida de quien invierte, no en el mercado. No se trata de moverse o quedarse quieto, sino de moverse porque cambiaron la situación y los objetivos propios, y no porque el mercado tuvo una mala semana.

Lo anterior, sin embargo, descansa en un supuesto: que la ruta se trazó desde el inicio, pensando en los objetivos, el horizonte y la diversificación adecuados. No es lo mismo sostener una estrategia que no haberla construido nunca. Ambas situaciones pueden parecer iguales desde fuera —como alguien que no se mueve—, pero la segunda opción también tiene un costo.

Los cambios, además, no se reparten parejo en el tiempo: se concentran en los periodos de mayor movimiento del mercado, cuando circula más información contradictoria. La mayoría de las decisiones terminan tomándose en el peor momento.

Tomar decisiones acertadas en entornos convulsos resulta extraordinariamente complejo. Por ello, la clave radica en anticiparse a la volatilidad y fijar de antemano las condiciones precisas que validarían un giro estratégico. De este modo, al sobrevenir las turbulencias financieras, la tarea no consistirá en improvisar acciones, sino simplemente en verificar si los acontecimientos presentes encajan en los criterios previamente estipulados.

Definir esos criterios suele ser más fácil con la ayuda de un asesor. No para que decida en lugar de la persona sino para trazar esa ruta desde el inicio y para distinguir después con fundamento, entre un cambio que sí amerita ajustar la estrategia y un movimiento pasajero que puede orillar a una mala decisión.

Al final, en el tráfico y en las inversiones, quien llega a tiempo rara vez es quien más veces se cambió de carril. Suele ser quien tuvo claro, desde antes de arrancar, el destino y la ruta.

*Especialista Bursátil, BBVA Banca Patrimonial y Privada

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