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Finanzas Personales

Lectura 5:00 min

¿Por qué necesitas una filosofía de inversión? (Parte 1 de 2)

Joan Lanzagorta | Patrimonio

Antes de invertir tu dinero, tienes que tener muy claro cuál es tu objetivo de inversión. ¿Para qué es ese dinero? ¿Qué vas a lograr con él?

Parece lógico y sin embargo, infinidad de personas invierten simplemente porque piensan que “hay que poner el dinero a trabajar y generar rendimientos” o porque alguien les habla de algún instrumento que ha crecido como la espuma.

Ahí es cuando empiezan los problemas. Sin claridad, es fácil invertir por impulso, siguiendo modas, persiguiendo rendimientos y olvidando completamente uno de los componentes clave de las inversiones: el riesgo. Por eso mucha gente tiene malas experiencias y se desaniman cuando las cosas no salen como esperaban.

Ahora bien, tener claro cuál es el objetivo de tu inversión es sólo el primer paso. Saber para qué inviertes te da una cierta dirección, pero no te dice cómo te vas a comportar en el camino ni qué reglas vas a seguir cuando el mercado se ponga difícil. Para eso necesitas algo un poco más profundo: una filosofía de inversión.

¿Qué es la filosofía de inverisión?

Una filosofía de inversión es, en palabras sencillas, la forma en que entiendes el dinero y las reglas que decides seguir para hacerlo crecer. Es tu marco de referencia, el conjunto de ideas y principios que guían todo lo que haces con tus finanzas. En otras palabras, es tu manera de pensar al invertir.

Podríamos decir que tu filosofía es como tu brújula. Te ayuda a mantenerte en curso cuando el entorno se vuelve confuso y cuando los mercados caen de manera brusca, lo cual es más frecuente de lo que piensas. Evita que tomes decisiones precipitadas.

Entonces: tu objetivo te dice qué quieres lograr y en cuánto tiempo. Tener una filosofía te enseña cómo comportarte para lograrlo.

Benjamin Graham, de quien he hablado antes en este espacio, decía que el peor enemigo del inversionista probablemente sea él mismo. Lo decía con conocimiento de causa: las emociones son poderosas. El miedo y la euforia pueden arruinar los planes mejor pensados. Navegar en los mercados sin una filosofía es como ir sin un plan para cuando llegue una tormenta: el oleaje te sacude y terminas decidiendo con base en tus impulsos, con desesperación y con instinto de supervivencia.

En cambio, una filosofía sólida te ayuda a no caer en eso. Te da calma cuando el miedo domina, y prudencia cuando el entusiasmo se desborda. Te recuerda por qué estás ahí y cuál es tu horizonte. Te ayuda a mantener tu riesgo bajo control.

John Bogle, fundador de Vanguard y al que yo considero el padre de las inversiones indexadas de bajo costo, insistía en que invertir no es fácil, pero sí es simple. Lo que complica las cosas somos nosotros mismos, con nuestra prisa y nuestra falta de disciplina. Por eso la filosofía importa tanto: porque pone orden en medio de la emoción y del ruido.

Ray Dalio, conocido por su enfoque basado en principios, dice que si no defines tus propias reglas, terminarás viviendo según las de otros. Y en las inversiones eso pasa con frecuencia. Compras porque escuchaste que tal empresa “va a subir” o vendes porque todos hablan de una caída. Cuando no hay convicción detrás, un mal día en el mercado es suficiente para que el miedo te haga tirar todo por la borda.

Desarrollar tu propia filosofía no es algo que se logre en una tarde. Requiere reflexión y experiencia. Tienes que conocerte: saber qué te impulsa, cómo manejas el riesgo, qué tanto te afecta la incertidumbre y qué lugar ocupa el dinero en tu vida. Hay quien invierte buscando seguridad; hay quien lo hace por libertad, o por alcanzar tranquilidad en el futuro.

Cada persona es diferente. Hay gente que es más aventurada y puede tolerar más volatilidad. Otros son mucho más conservadores y se asustan con pequeñas caídas. Lo importante es que tu filosofía refleje tus valores, tu tolerancia al riesgo y te enseñe a mantener la perspectiva.

Cuando entiendes para qué estás invirtiendo, una caída temporal no te asusta: sabes que es parte del viaje. Tampoco te comparas con otros, porque el éxito financiero no se mide en rendimientos, sino en alcanzar tus propias metas.

Recuerda lo que siempre he dicho: las finanzas personales son eso: personales. Aunque los principios son universales, la forma de aplicarlos depende de cada uno de nosotros. Por eso es tan importante construir tu filosofía: reglas que funcionen para ti y que te ayuden a ver al dinero como un medio, una herramienta para alcanzar tus objetivos. No como una fuente constante de estrés y ansiedad.

En la segunda parte hablaremos sobre cómo convertir tu filosofía en estrategia de inversión.

Ejecutivo de alto nivel en seguros y reaseguro con visión estratégica de negocio, alta capacidad de liderazgo, negociación y gerencia. Además es columnista de Finanzas Personales en El Economista, Coach en Finanzas Personales y creador de la página planeatusfinanzas.com

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