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¿Por qué la incertidumbre, y no solo las malas noticias, frena la economía?
Raúl Martínez Solares | Economía conductual
“La economía consiste en un 50% de psicología”. Ludwig Erhard, economista y artífice del milagro económico alemán.
Frecuentemente asumimos que las empresas frenan sus planes de inversión únicamente cuando las cosas van mal, por ejemplo, cuando la economía se contrae o cuando existen indicadores claros de que se avecina una crisis por presiones inflacionarias o cambiarias.
Existe otro factor que puede actuar como freno, a veces, cuando algunas noticias económicas son positivas: se trata de la incertidumbre. No es la certeza de que algo malo ocurrirá, sino la imposibilidad de saber, con razonable certeza, qué vendrá después. Comprender cómo las empresas perciben esos escenarios de incertidumbre y, en consecuencia, ajustan sus decisiones es determinante para entender el comportamiento real de la economía.
Los modelos económicos tradicionales asumen que las empresas actúan como agentes racionales que responden a la volatilidad objetiva y medible de su entorno. Pero se trata de personas y no de organizaciones abstractas, quienes toman decisiones. No se comportan como agentes económicos puros y racionales; su percepción de la incertidumbre es subjetiva y está influida por su experiencia y por factores psicológicos. Por ello, lo relevante es entender qué es lo que realmente hace que quienes toman decisiones al interior de una empresa se sientan más inseguros sobre el futuro y de qué manera esa percepción transforma sus decisiones de precios y de empleo.
Sobre este tema, en el estudio “Uncertainty and Change: Survey Evidence of Firms’ Subjective Beliefs”, de Bachmann et al., publicado en la American Economic Review, los autores analizan cómo las empresas planean en condiciones de incertidumbre. Recurrieron a la información de una encuesta a empresas manufactureras alemanas, en la que se les pregunta a los directivos no solo por su pronóstico de ventas, sino también por sus mejores y peores escenarios futuros, para construir una medida cuantitativa de la incertidumbre subjetiva, a partir de la distancia entre ambos escenarios.
De acuerdo con el estudio, la incertidumbre percibida por las empresas es reflejo de la situación o de los cambios que experimentan. La incertidumbre se eleva cuando el crecimiento de sus ventas es inusualmente bajo, pero también (lo cual es verdaderamente revelador y contraintuitivo) cuando es inusualmente alto. Tanto las sorpresas negativas como las positivas incrementan la sensación de incertidumbre. Cualquier desviación respecto de lo habitual, aun cuando sea favorable, lleva a los directivos a sentirse menos seguros sobre lo que vendrá.
También encontraron que la incertidumbre subjetiva es algo más que la mera volatilidad y refleja un proceso de aprendizaje. Cuando los directivos de las empresas se enfrentan a señales poco familiares, como un crecimiento atípico en comparación con su experiencia previa, tienden a confiar menos en ellas y a sentirse más inseguros respecto al futuro.
Este fenómeno afecta incluso a empresas con décadas de operación, lo que evidencia que la experiencia no inmuniza frente a la incertidumbre. Por otro lado, cuando las empresas en contracción se enfrentan a información en la que no confían plenamente, tienden a mantener pronósticos demasiado optimistas.
Otro hallazgo es que cuando aumenta la incertidumbre subjetiva, las empresas planean contratar menos personal y fijar precios más bajos. Incluso en periodos de crecimiento relativamente estable. La incertidumbre no es un fenómeno exclusivo de las recesiones, sino un freno permanente que opera empresa por empresa, encareciendo las decisiones de inversión y de empleo en toda la economía.
En el caso de nuestro país, estas conclusiones adquieren relevancia porque atravesamos un momento marcado simultáneamente por un cambio favorable, derivado de la oportunidad de la relocalización de las cadenas de suministro (aunque menor que el estimado hace 2 años), y por niveles elevados de incertidumbre institucional.
Incluso una noticia positiva como el nearshoring genera incertidumbre que puede moderar la inversión en entornos en los que las empresas no logran anticipar con claridad las condiciones en las que se materializarán estas oportunidades.
Por otro lado, la incertidumbre de origen institucional se suma y amplifica ese efecto. De acuerdo con la encuesta del Banco de México de junio de 2026, los especialistas del sector privado ubicaron entre los principales factores que limitan el crecimiento la inseguridad pública, la falta de Estado de derecho y la incertidumbre política interna.
Reducir la incertidumbre es una forma eficiente y económica de estimular la inversión y el empleo y no requiere subsidios ni gasto público adicional. Sólo requiere reglas claras y estables, certeza jurídica y respeto al Estado de derecho.
La incertidumbre es un freno invisible a la actividad económica que encarece cada decisión de contratar, invertir o expandirse. Para México, administrar la incertidumbre institucional se vuelve tan importante como aprovechar una coyuntura económica favorable. Ambas son indispensables para que la economía crezca y genere bienestar.