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Cuándo dejamos de percibir la corrupción

Raúl Martínez Solares | Economía conductual

“El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente”. John Dalberg-Acton, historiador.

Desde hace muchas décadas, primero en economías emergentes y, más recientemente, también en economías desarrolladas, se ha observado un fenómeno en el que, en procesos electorales, los votantes vuelven a elegir opciones políticas o a políticos que han sido señalados por corrupción. 

Esos mismos votantes, cuando son encuestados sobre su aceptación de prácticas de corrupción, mayoritariamente las reprueban.

Una parte se explica porque frecuentemente el votante percibe que está eligiendo entre la opción menos mala y así, la evaluación del nivel de corrupción pasa a un segundo término. En muchos estudios y encuestas de opinión realizados en diferentes países que enfrentan niveles superiores al promedio de corrupción, cuando se les pregunta a las personas por qué votan por opciones que han tenido escándalos de corrupción, se asumía que la idea de que “roban, pero hacen” era la razón subyacente de esta aparente contradicción.

Durante años se asumía que detrás de este fenómeno había una suerte de cinismo de los votantes o que se trataba de una ciudadanía mal informada. Aproximaciones de análisis conductual han empezado a sugerir algo distinto. El que, bajo ciertas condiciones, incluso un votante atento y bien intencionado pareciera que “deja de ver” la corrupción.

La teoría de la saliencia, desarrollada por Bordalo,  Gennaioli y Shleifer, plantea que no ponderamos por igual todos los atributos de una decisión. Nos fijamos en aquello que más sobresale respecto del promedio del contexto. En una elección, lo que resalta puede ser la honestidad de un candidato o su competencia. Y lo que resalta depende, sobre todo, de con qué se compara.

A partir de esta idea, en el estudio “Corruption, salience, and political selection”, de Matteo Ferroni, publicado este año en el Journal of Behavioral and Experimental Economics, se diseñó un experimento a partir de una encuesta a gran escala en los EUA. Los participantes elegían entre candidatos hipotéticos que variaban en competencia, honestidad y filiación partidista. El diseño tenía una trampa deliberada, porque en la información presentada, el candidato más competente era siempre, a la vez, el más corrupto. Así se obligaba a los votantes a enfrentar el dilema entre la integridad y la eficacia.

Lo que el estudio encontró fue que, cuando el nivel promedio de corrupción era bajo, la diferencia de honestidad entre los candidatos saltaba a la vista, y los votantes premiaban al más honesto, aunque fuera menos capaz. Pero cuando ambos candidatos eran percibidos como corruptos, esa diferencia parecía pequeña frente al contexto, por lo que, en la práctica, dejaba de ser relevante y la atención se desplazaba hacia la competencia percibida entre los candidatos.

Como resultado, una porción considerable de las personas en el experimento elegía al más competente, aunque también era el más corrupto. Cuando se percibe que todos participan en prácticas de corrupción, el hecho deja de llamar la atención del votante.

Dos conclusiones complementarias del estudio muestran que, en primer término, existe un peso de la afinidad partidista de los votantes. En cuanto aparecía la etiqueta del partido, esta dominaba todo lo demás. La mayoría elegía al candidato de su partido afín, sin importar su honestidad ni su competencia, y solo los votantes identificados como claramente independientes seguían moviendo su atención según el contexto. La segunda conclusión complementaria resulta contraintuitiva. En el experimento, un escenario que simulaba una mayor cobertura mediática de escándalos no hizo que los votantes castigaran más la corrupción; al volverla más común, en algunos casos, su atención se desvió hacia la competencia y se elevó el apoyo al candidato corrupto. Esto implica que informar más, por sí solo, puede ser contraproducente. Un metaanálisis de siete experimentos coordinados, dirigido por Thad Dunning en 2019, no encontró evidencia de que las campañas informativas habituales modifiquen el voto.

El estudio es cuidadoso al señalar que el mecanismo existe y opera bajo condiciones controladas, pero no asume que, por sí solo, explique cada elección real.

El concepto se aplica a las economías emergentes, donde la corrupción es a la vez más costosa y persistente. La corrupción tiene un costo en términos económicos; en un estudio de Paolo Mauro en 1995, se asocia la mayor corrupción con menor inversión y crecimiento, así como con mayor pobreza y desigualdad. Y sin embargo persiste.

En México, en el Índice de Percepción de la Corrupción 2025 de Transparencia Internacional, México obtuvo 27 puntos de 100 y se ubicó en el lugar 141 de 182 países, el último entre los miembros de la OCDE. De acuerdo con la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2025 del INEGI, la corrupción en los trámites de los hogares alcanzó 17 mil 707 millones de pesos, casi 49% más que dos años antes.

La implicación para el combate a la corrupción no es que la ciudadanía sea un caso perdido, ni que exhibir escándalos esté de más. Es más sutil. En un ambiente ya saturado de corrupción, inundarlo con más noticias sobre corrupción puede terminar por normalizarla aún más.

Lo más importante es la rendición de cuentas y lograr consecuencias visibles, en lugar de diluir la corrupción en la sensación de que todos son iguales.

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El autor es politólogo, mercadólogo, financiero, especialista en economía conductual y profesor de la Facultad de Economía de la UNAM. CEO de Fibra Educa y Presidente del Consejo para el Fomento del Ahorro Educativo.

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