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Sostenibilidad como prioridad corporativa
Empresas con objetivos verificables y metodologías públicas tendrán ventaja ante inversionistas, clientes y reguladores que exigen transparencia.
Las empresas deben facilitar hábitos sostenibles mediante soluciones prácticas y accesibles.
La sostenibilidad corporativa en México dejó de ser un tema de reputación para convertirse en una obligación regulatoria y un factor de competitividad. La entrada en vigor de nuevas normas de divulgación ambiental, social y de gobernanza (ESG) está impulsando a las empresas a medir con evidencia su impacto, aunque la mayoría aún enfrenta un importante rezago en su implementación.
Rubén G. Falconi, Head of Growth Marketing de bebbia, señaló que el cambio más relevante es estructural, ya que las empresas que cotizan en Bolsa deben reportar información sobre sostenibilidad y clima bajo las normas internacionales NIIF S1 y S2, mientras que las compañías privadas también incorporan estos criterios mediante las nuevas Normas de Información de Sostenibilidad. Con ello, afirmó, concluye la etapa de reportes voluntarios sin metodologías comparables.
Sin embargo, el avance todavía es limitado. De acuerdo con el estudio Latin America ESG Landscape 2025, únicamente el 15.4% de las empresas mexicanas prioriza los reportes ESG y 71.8% aún no ha implementado los estándares requeridos, lo que podría colocarlas en desventaja frente a organizaciones que ya desarrollaron sistemas de medición y gestión ambiental.
Falconi destacó que las empresas con objetivos verificables y metodologías públicas tendrán una ventaja competitiva, ya que los inversionistas, clientes y reguladores demandan cada vez mayor transparencia. En ese contexto, sostuvo que no basta con comunicar compromisos ambientales, sino demostrar resultados medibles y consistentes.
El especialista advirtió que el consumidor también ha elevado sus expectativas. Aunque la mayoría de los mexicanos espera que las empresas participen activamente en la solución de problemas sociales y ambientales, existe un creciente escrutinio sobre la autenticidad de esas acciones. Citó datos de InfluenceMap, según los cuales cerca del 58% de las grandes empresas que comunican objetivos climáticos exageran o distorsionan su impacto ambiental.
Respecto a la evaluación de una empresa sostenible, Falconi consideró que los indicadores más relevantes son la existencia de metas con plazos definidos y metodologías públicas, la incorporación de estrategias de largo plazo y la capacidad de que el impacto positivo aumente conforme crece el negocio. A su juicio, estos elementos permiten distinguir entre una estrategia integral y acciones aisladas de responsabilidad social.
En cuanto al comportamiento del consumidor, explicó que las empresas deben facilitar hábitos sostenibles mediante soluciones prácticas y accesibles, en lugar de trasladar la responsabilidad al usuario. Recordó que, aunque 64% de los mexicanos manifiesta preocupación por el medio ambiente, para 82% el precio continúa siendo el principal factor de decisión al comprar.
Sobre los sectores con mayores avances, indicó que las industrias financiera, automotriz y manufacturera orientada a la exportación han acelerado la adopción de criterios ESG debido a la presión de inversionistas y cadenas globales de suministro. En contraste, comercios tradicionales, construcción enfocada al mercado interno y parte de la agroindustria presentan un rezago importante por la menor presión regulatoria y comercial. Además, recordó que México requiere invertir alrededor de 1.7 billones de pesos anuales para cumplir sus objetivos de sostenibilidad, mientras que la inversión realizada representa apenas una fracción de esa necesidad.
Finalmente, Falconi afirmó que el principal desafío no es financiero ni tecnológico, sino de congruencia empresarial. Consideró que la sostenibilidad debe formar parte del modelo de negocio y no limitarse a un reporte anual o a una estrategia de comunicación. Agregó que la rentabilidad y el compromiso ambiental no son objetivos opuestos, pues integrar criterios ESG fortalece la resiliencia, reduce riesgos y favorece la creación de valor a largo plazo.