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Bistronomie

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Día Internacional del Tequila ¿Cómo se convirtió esta bebida en símbolo de la mexicanidad?

Armando Bartra y Ursulino Rueda explican cómo el tequila pasó de ser vino mezcal colonial a convertirse en símbolo cultural, producto global y emblema de la mexicanidad.

México cabe en muchas imágenes: una bandera, un mariachi, una milpa, una salsa, una cantina, una canción ranchera, una mesa larga, un paisaje de agaves. Pero pocas han viajado tanto como el tequila. La bebida dejó de ser únicamente un destilado de origen para convertirse en una "contraseña cultural": afuera, decir tequila es decir México; adentro, servirlo es abrir una conversación sobre territorio, historia, fiesta, orgullo y pertenencia.

Una raíz mestiza

Sin embargo, la pregunta de fondo no es sólo cuánto tequila se produce o cuánto se vende. La pregunta es por qué esta bebida logró instalarse como una de las formas más reconocibles de la mexicanidad. Para Armando Bartra Vergés, filósofo, sociólogo, catedrático universitario, periodista y escritor, la respuesta empieza en la tierra, pero no termina ahí. 

El tequila, el mezcal, el bacanora y otros destilados de agave parten de una planta profundamente vinculada con México; no obstante, el procedimiento que los convierte en bebidas espirituosas implica la destilación, un proceso que no es precolombino. “No es igual que el pulque. El pulque es precolombino”, señala. En cambio, el tequila y los mezcales son resultado de una hibridez: agave local y técnica colonial.

TequilaCortesía

Esa precisión no le resta mexicanidad; la explica. México, como nación cultural, también se construyó desde mezclas, adaptaciones y apropiaciones. El agave ya estaba aquí. La destilación llegó después. La bebida nació del cruce entre una planta ancestral y una tecnología incorporada durante la Colonia. Por eso el tequila no necesita ser prehispánico para ser mexicano: su fuerza está precisamente en representar una historia mestiza, agraria, comercial, festiva y moderna.

Bartra lo coloca en una lectura más amplia: el tequila se volvió emblemático porque salió del territorio y entró al mercado global. Antes fue una bebida más cercana a lo artesanal, a lo popular y a lo regional; después se convirtió en una mercancía internacional, impulsada por grandes empresas, marcas sofisticadas, botellas de diseño y estrategias de posicionamiento. Ese salto transformó su precio, su consumo y su imagen. “Se ha vuelto una bebida internacional”, afirma, y recuerda que hoy aparece entre los productos de exportación agroalimentaria más importantes del país.

Armando Bartra VergésCortesía

Mirada sociológica

Una bebida que antes podía comprarse a granel o en recipientes sencillos pasó a ocupar barras de lujo, restaurantes, coctelerías y vitrinas globales. Esa transformación abrió mercados y prestigio, pero también modificó la relación entre productor, intermediario y consumidor.

Bartra advierte que la mercantilización implica escala, inversión y capital; en ese proceso, el riesgo es que el valor simbólico y económico se aleje de quienes cultivan, transforman y sostienen la tradición desde el territorio.

Ese matiz no debilita al tequila como emblema; lo vuelve más interesante. Una bebida no se convierte en símbolo nacional sólo por ser antigua, sino porque logra concentrar tensiones reales: campo e industria, pueblo y mercado, artesanía y exportación, consumo cotidiano y lujo, identidad local y reconocimiento internacional.

La protección legal también fue decisiva. La Declaratoria General de Protección a la Denominación de Origen Tequila se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 9 de diciembre de 1974, con lo que inició formalmente su defensa en México y se convirtió en la primera Denominación de Origen del país. La zona protegida abarca municipios de Jalisco, Nayarit, Guanajuato, Michoacán y Tamaulipas, donde las condiciones geográficas, climáticas y de suelo permiten el cultivo del agave azul.

La bebida también está anclada en un paisaje cultural. La UNESCO inscribió en 2006 el Paisaje Agavero y las Antiguas Instalaciones Industriales de Tequila como Patrimonio Mundial. El sitio comprende campos de agave azul, asentamientos urbanos como Tequila, Arenal y Amatitán, así como fábricas y antiguas instalaciones industriales que explican el desarrollo histórico de la bebida.

De vino mezcala símbolo

Ahí entra la lectura de Ursulino Rueda, gastrónomo y especialista en vinos mezcales. Para él, el tequila no debe entenderse aislado, sino como parte de una familia mayor: la de los destilados de agave. Su clave está en una palabra antigua: vino mezcal.

“De manera originaria, en el pueblo de Tequila, lo que se producía era mezcal”, explica. Por influencia del español y del vino de consagrar, a ese destilado se le llamó “vino mezcal de Tequila”. Con el tiempo, el nombre del pueblo, del valle, de la planta y de la bebida terminaron fundiéndose en una identidad propia.

Investigaciones  documentan que el comercio del vino mezcal surgió desde la segunda década del siglo XVII en regiones como la provincia de Ávalos, al sur de la Nueva Galicia, y los pueblos de Guajimic y Guaynamota, en la jurisdicción de Nayarit. Es decir, antes de ser una categoría moderna, el tequila perteneció a una historia más amplia de destilados de agave que circularon por rutas coloniales, pueblos, mercados y centros de consumo.

Ursulino Rueda, gastrónomo y especialista en vinos mezcales.Cortesía

Mexicanidad no es publicidad

Al tequila también lo fortaleció el cine nacional, la novela costumbrista posrevolucionaria, la música ranchera y la vida cotidiana. “No circunscribamos la fama del tequila y de los destilados de agave únicamente al tema mercadológico”, sostiene Rueda. Para él, el tequila ya estaba en la cultura popular antes de convertirse en producto global; aparecía en la cantina, en el campo, en las canciones, en la hospitalidad doméstica y en la manera mexicana de nombrar lo que acompaña la convivencia.

Ese punto es fundamental para explicar por qué el extranjero asocia México con tequila. No se trata sólo de una bebida exportada; se trata de una imagen cultural exportada. El tequila viajó acompañado del charro, el mariachi, el cine de la Época de Oro, la cantina, la fiesta, el despecho, la valentía, la música y la mesa. La botella se volvió un objeto narrativo: quien la mira no sólo ve alcohol, ve toda una idea de México.

Rueda lo lleva al terreno de lo cotidiano. El tequila no está únicamente en los bares ni en las cartas de la coctelería; está en la casa, en la visita, en la confianza. "Tú llegas a casa de tu compadre y lo primero que te dicen es: ‘¿Qué quieres tomar? ¿Un vaso de agua, una chelita o un tequila?’”, dice. Para él, ahí está la identidad: no necesariamente en el volumen de consumo, sino en el lugar simbólico que ocupa la bebida en la vida social.

Tequila blancoFreepik

Ese lugar simbólico también dialoga con los estudios de identidad. Una investigación publicada en la Revista Iberoamericana de Viticultura, Agroindustria y Ruralidad; editada por la Universidad de Santiago de Chile, sobre el tequila como símbolo de identidad mexicana señala que su originalidad se manifiesta en cinco elementos: conocimiento y esfuerzo, sentido de pertenencia, valor sentimental, costumbres y tradiciones, y estatus y reconocimiento. La misma investigación advierte que la exportación puede generar prestigio internacional, pero también tensiones sobre la originalidad cuando la demanda modifica formas de producción y percepción de calidad.

Por eso, el tequila funciona como una síntesis poderosa. Tiene raíz agrícola, historia colonial, relato nacional, protección jurídica, valor patrimonial, fuerza exportadora y presencia gastronómica. Es bebida, pero también paisaje; es producto, pero también rito; es industria, pero también memoria.

Bartra mira el fenómeno desde la sociología del campo y el mercado: el tequila expresa una historia de agave, destilación, mercantilización y circulación global. Rueda lo mira desde la gastronomía y la cultura: antes de ser tequila fue vino mezcal, y antes de convertirse en emblema de exportación ya estaba en la mesa, en la canción, en la novela, en el cine y en la manera mexicana de recibir al otro.

Ambas visiones se encuentran en un punto: el tequila es mexicano no porque resuma a todo México, sino porque logró representar algo que México reconoce como propio.

No todos los mexicanos lo beben. No todas las regiones lo llegan a producir. No toda la identidad nacional puede caber en una copa. Pero pocas bebidas concentran con tanta claridad la relación entre territorio, historia, hospitalidad, orgullo y mercado.

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