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Arte e Ideas

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Tino Sehgal: el arte como experiencia

Para Tino Sehgal el arte no son los objetos bonitos, caros e importantes que vemos exhibidos en las galerías. Sehgal nos recuerda enérgicamente algo que hemos olvidado: el arte es una experiencia.

Me hubiera gustado mucho estar en Venecia el fin de semana pasado. La Biennale es el lugar donde todos los que amamos el arte deberíamos estar en los veranos de año non. No estuve en Venecia. Me quedé en mi casa viendo el último episodio de Game of Thrones. ¿Siguen llorando? Yo también. No me puedo sacudir la loza del luto. Esta emoción merece un texto aparte. Lo prometo para la próxima semana, tras el fin de temporada. Si usted no sabe de qué estoy hablando, lo envidio: puede vivir tranquilo esta semana porque no vio… eso.

Pues no, no estuve en Venecia. Lo que significa que me perdí para siempre la pieza del inglés Tino Sehgal de la que todo mundo habló y que acabó llevando se el León de Venecia, el premio más importante de la Biennale.

Tino Sehgal es uno de los artistas más exitosos de lo que va de nuestro siglo. Sus obras podrían considerarse happenings o performances; él las llama situaciones construidas . El mote puede sonar afectado, pero no lo es, es muy atinado: no son las actuaciones, como en los performances, las que llevan el papel protagónico, sino las reacciones del público. Lo que importa es la interacción. Dice Sehgal que es como el futbol: hay reglas simples, hay balón, hay cancha. Lo que suceda depende de los jugadores. Un pedacito de caos ordenado.

De las piezas de Sehgal se habla y se escribe mucho. Y es que eso es lo único que se puede hacer: nada de fotos ni videos. No se permite otra documentación de las piezas más que, acaso, reseñas y comentarios. Es una gran declaración de parte de Sehgal; es como decir: dejémonos de idioteces. Lo que siempre ha importado del arte es lo que se queda con nosotros . La obra de Sehgal es un homenaje a la memoria.

En la película Lost Highway, de David Lynch, el personaje principal dice que él no toma fotos ni videos porque no necesitar fijar la realidad más que en su memoria. La realidad, como el personaje de Lynch descubre, no es una cosa que pueda fijarse, sino un flujo en el que la causalidad no es más que nuestra ficción favorita. Cada vez que pienso en las obras de Sehgal imagino una fantástica puesta en escena no de la causalidad -que es lo que suele ser el arte, una búsqueda de significado, inclusive en lo que no significa nada-, sino de esa realidad que no se puede fijar y a la que no tenemos un acceso permanente porque no podemos deshacernos de esa compulsión por el sentido que es la racionalidad. Nunca dejaremos de preguntarnos por qué y de encontrar respuestas.

A mí me ha dado mucha curiosidad Sehgal desde que supe de qué iba su obra The Progress, que estuvo hace tres años en el Guggenheim de Nueva York.

Como sabrá, el Guggenheim tiene una rampa en espiral por la que caminan los visitantes (el Museo Soumaya de Polanco tiene la misma estructura). The Progress sucedía en esa rampa: al llegar, cada visitante de manera individual era abordado por un niño que le preguntaba qué era el progreso. Mientras la conversación continuaba, el niño era sustituido por un adolescente, luego por una persona madura y finalmente por un anciano. El visitante, al comprar su boleto, aceptaba involucrarse en una conversación íntima sobre el sentido de la vida con un extraño (que resultaba ser en realidad una serie de personas). Como le dijo uno de los participantes al New York Times: Eso sólo pasa cuando uno está borracho .

En Venecia, Sehgal triunfó con la siguiente situación construida: un grupo de personas, entre ellas un niño, hacen diferentes sonidos aparentemente al azar; alguno canta, otro hace beatbox, otro da grititos, el último imita una guitarra, en fin. A veces los sonidos se armonizan y se transforman en música, otros son cacofonía -¿lo son? ¿No será la cacofonía música que no hemos codificado?- y bailan todo el tiempo al ritmo que van creando.

Dicen los testigos de la obra que hay claramente una organización, aunque parezca todo tan azaroso. Pero el orden viene de la atención que los actores se prestan unos a otros, a veces uno es que el que marca la pauta, a veces es otro y otras actúan al unísono. Es un jazz. Pero no: los músicos, como los actores, requieren de la atención del público, no están tocando al vacío. Toda persona que toma un escenario está muy consciente de que hay alguien mirando. Los actores de Sehgal no están actuando para el público. Están, digámoslo así, sólo sucediendo. Son objetos, puedes verlos pero ellos no te van a mirar de vuelta.

Pero tienen otra labor: la de guardias que cuidan que nadie tome fotos ni video ni que la audiencia se acerque más allá de cierto límite. Son la pieza y también son el museo.

Descrita así, la pieza suena poco atractiva, pero tuvo un gran éxito con el público. La gente pasaba horas en los Giardini de Venecia viendo todas las piezas que participaron en la Biennale. Donde más tiempo se quedaba el público fue frente a los bailarines escandalosos de Sehgal.

Para Tino Sehgal el arte no son los objetos bonitos, caros e importantes que vemos exhibidos en las galerías. Sehgal nos recuerda enérgicamente algo que hemos olvidado: que el arte es una experiencia. Volátil, intensa, trascendente. Y susceptible a la desaparición.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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