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Opinión

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Sus libros y palabras como encargo

Foto: Especial

 “A Dios, lo he perdido”– confesó Rosario Castellanos una tarde de agosto, en una entrevista que le concedió a Emanuel Carballo. “Y no lo encuentro ni en la oración, ni en la blasfemia, ni en el ascetismo ni en la sensualidad”.

Tal vez fue en ese momento cuando decidió que antes de irse nos dejaría un “Encargo” y escribió: "Cuando yo muera dadme la muerte que me falta y no me recordéis/ No repitáis mi nombre hasta que el aire sea transparente otra vez. / No erijáis monumentos que el espacio que tú ves/ entero lo devuelvo a su dueño y señor/ para que advenga el otro, el esperado/ y resplandezca el signo del favor". Pero no lo sabremos nunca.

Nacida en la ciudad de México en 1925, pero habitante casi permanente y decisiva de Comitán, Chiapas, Rosario Castellanos expresó todo lo que guardaban su mente y espíritu a través de las palabras. Afirman sus biógrafos que empezó a escribir poemas en 1940 y que su formación literaria decía haberla adquirido gracias a sus lecturas. Algunas veces lamentaba “su falta de preparación académica”, pero siempre supo lo esencial:  que las palabras eran el único modo de alcanzar lo permanente en este mundo.

Fue así como se inició en el oficio de escribir como poeta y desde 1948 hasta 1957 sólo publicó versos. “En 1948 –decía– encontré un libro revelador: la antología “Laurel”. Ahí leí “Muerte sin fin”, de José Gorostiza, que me produjo una conmoción de la que no me he repuesto nunca. “Bajo su estímulo inmediato, aunque como influjo no se note, escribí en una semana ‘Trayectoria del polvo’”. Aquel libro resultó una suerte de compilación personal de sus reflexiones sobre la vida –que eran literarios, filosóficos y hasta antropológicos–, los derroteros de su mente y su corazón y en el que aparece la frase "hoy es en mí la muerte muy pequeña y grande la esperanza". Y en aquellos momentos, lector querido, era cierto: todavía vivía en ella la esperanza. 

Después, apareció “Balún Canán”, su primera novela, con un gran número de ediciones, traducida a muchas lenguas que, junto con “Ciudad real”, su primer libro de cuentos, y “Oficio de tinieblas”, su segunda novela, forman la trilogía indigenista más importante de la narrativa femenina mexicana del siglo XX.

Rosario, acabó cultivando todos los géneros, especialmente la poesía, pero también la narrativa y el ensayo; publicó cuentos, estudios, crítica literaria y artículos de diversa índole en suplementos culturales de los principales diarios del país y en revistas especializadas de México y extranjero. En Excélsior, por ejemplo, fue colaboradora asidua de su página editorial.  

Ganadora de premios y becas, creyente de que escribir era el único modo de apretar y liberar su espíritu, Rosario vivió trabajando tranquila, algunos años. Pero la realidad –la injusticia, el desamor, los dolores de su pueblo chiapaneco– la sumieron en una profunda crisis religiosa. Y por supuesto –lo dijo por escrito y en voz alta– dejó de creer en la otra vida.”

A aquella desolación se sumaron otras: su anhelo de dejar muy clara la posición de las mujeres, la desigualdad de la que era objeto el género femenino y todas las ideas erróneas que tenía (y todavía tiene) el mundo a ese respecto. En Los convidados de agosto, por ejemplo, ilustró mujeres representadas en personajes femeninos abnegados, burlados, maltratados y engañados por los demás y por sí mismos, ubicados en mundos sentimentales y de amor romántico.

Después apareció “Mujer que sabe latín” (título extraído de la frase: “mujer que sabe latín, ni tiene marido ni tiene buen fin”), tal vez su texto más famoso y que cambió el destino de muchas. Una rabiosa decepción por escrito de la desigualdad, la discriminación y la estupidez. En su momento un escándalo, una expresión feminista insólita muy criticada y rechazada durante mucho tiempo. (No niegue usted lector querido, que todavía existen quienes no pueden darle vuelta a la hoja, se sienten amenazados por el pensamiento y el talento de las mujeres y sólo celebran la naturaleza femenina cuando se ocupan de su casa, sus hijos y no fallan respondiendo la pregunta “¿Y qué me habrá hecho de cenar mi mujercita?”.

Hoy todo ha cambiado, dicen, pero leerla no.

“¿Qué se hace a la hora de morir –se preguntó Rosario Castellanos, también por escrito alguna vez– ¿se vuelve la cara a la pared?, ¿se agarra por los hombros al que está cerca y oye?, ¿se echa uno a correr, como el que tiene las ropas incendiadas, para alcanzar el fin? ¿Cuál es el rito de esta ceremonia?, ¿quién vela la agonía?, ¿quién estira la sábana?, ¿quién aparta el espejo sin empañar?”.

Nunca contestó. No tuvo tiempo. Porque dejó este mundo –como todos los que importan– demasiado pronto: el 7 de agosto de 1974. Hace muchísimo tiempo, lector querido, pero apenas cincuenta años. Quedan aquí sus libros como encargo.

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