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Roberto Bolaño, Mario Santiago, etcétera
Roberto Bolaño y Mario Santiago Papasquiaro son autores de una literatura tránsfuga, de carretera y callejera. Bolaño es un santón contemporáneo, pero ¿qué será de la memoria de Mario Santiago?
San Juan de la Cruz le da 1 aventón a Neal Cassady en la frontera entre el mito & el sueño .
Mario Santiago Papasquiaro
Uno se imagina la calle y la carretera, las noches de Jack el destripador y los días de Jack Kerouac. Uno se imagina que Mario Santiago Papasquiaro y Roberto Bolaño hicieron del Café la Habana un Manhattan providencial, una sucursal de la gran fábrica de la poesía. Bolaño es Kerouac (él hubiera querido ser Allen Ginsberg), Neal Cassady es Mario Santiago.
Uno piensa que quizá Bucareli de noche se transforma en el Rothschild Boulevard de Tel Aviv, en la Diagonal terrible de Barcelona que se cruza con la Javier Prado en Lima. Quién sabe. Se fueron por el mundo pero aquellos años juveniles se les quedaron grabados a fuego. Toda literatura surge de la infancia y se completa en la adolescencia: no se deja nunca de narrar la adolescencia.
A estas alturas del poema es hasta ingenuo descubrir a Roberto Bolaño, convertido en un santón contemporáneo. Escritores y escribidores, todos han leído a Bolaño y los que no lo han hecho de todos modos tienen una opinión sobre él. Una opinión, por cierto, que suele ser militante y dogmática. Bolañistas y antibolaños son los nuevos bandos de las letras hispánicas.
No quisiera sólo hablar de Bolaño. Quien quiera una buena semblanza del autor que se lea la excelente El hijo de Míster Playa de la periodista Mónica Maristain (Almadía). Hablemos de aquellos que le acompañaron en sus años mexicanos.
La historia de Roberto Bolaño, Mario Santiago et al (ese et al abarca a todos los poetastros astrosos y bravucones que se hicieron llamar infrarrealistas) se antoja para leerse caminando o en la carretera o en cualquier situación de tránsito porque es la historia de espíritus en tránsito perpetuo.
Pasajeros en trance, a los infrarrealistas les daba por andar siempre en la calle: del Café la Habana a una fiesta en una azotea, de ahí a un librería de viejo en Bucareli y luego a pelearse en los recitales de Casa del Lago con los poetas güeritos de Octavio Paz, sus enemigos naturales, ontológicos. Y caminar, mucho. Bolaño y Mario Santiago (muchas veces acompañado por Bruno Montané) eran adictos al paseo. Muchachos pobres que robaban libros y caminaban cuando no les alcanzaba para el camión.
Es fácil y hasta huevón comparar a los infrarrealistas con los beatniks. La crítica anglosajona que descubrió y endiosó a Roberto Bolaño tras la publicación póstuma en inglés de Los detectives salvajes se ha dado vuelo con ello: que si Bolaño se acabó el hígado a base de alcohol y heroína, que si era un energúmeno, que si orillaba a sus mujeres a la decadencia sexual, moral, física... Nada es cierto. No importa.
El Bolaño del éxito era un señor clasemediero de Blanes, Cataluña, padre amoroso, casado hasta su muerte (aunque mujeriego). Fue sus últimos años muy amigo de Javier Cercas, Rodrigo Fresán y Juan Villoro, tres señores muy normales, admirables todos, pero autores de obras mucho más convencionales que las del chileno-mexicano-catalán.
La leyenda del Bolaño rebelde y aquellos amigos suyos de juventud sobrevivirá durante muchas décadas (uno quisiera decir que para siempre, pero Bolaño tiene razón: en mil años hasta Shakespeare será olvidado) el mito que él mismo recogió y embelleció en Los detectives salvajes, su obra cumbre, su preciosa novelita imperfecta, su atlas de un DF que va de Lindavista a la Condesa con Bucareli en el corazón, un DF hasta entonces desconocido por la literatura.
Pero qué será de Mario Santiago Papasquiaro, el Ulises Lima de Los detectives, el poeta total al que no cuesta imaginarse robando coches compulsivamente como el Dean Moriarty de On the Road y llorando en la noche porque el tiempo se va y se va. Del DF se fue a Lima y de ahí a Tel Aviv, Barcelona, París. Regresó a México, se casó, tuvo hijos, se bebió mil botellas y al final murió atropellado.
Es inexacto decir que Mario Santiago era un poeta, dicen sus fanáticos, que ahora se cuentan por montones. No: Mario Santiago era un poema.
Dicen que hasta daba miedo: muy violento, dado a exabruptos, inestable como dinamita. Escribía siempre, todo el tiempo, pero al parecer no tuvo ese impulso, acaso demasiado racional, de publicar su obra de manera sostenida. En vida, solo un par de libritos: como si no fuera nada.
Almadía acaba de publicar Arte & basura, una antología de su poesía escrita en servilletas, márgenes de libros, etiquetas de cervezas.
Me sigue resultando increíble que esos dos, Bolaño y Mario Santiago, hubieran existido en México y los hubiéramos ignorado. No los reconocimos sino hasta que una novela publicada en España, Los detectives salvajes, nos explicó quiénes fueron en aquellos años. De todos modos, no son ídolos populares en un país que insiste en seguir leyendo Aura de Carlos Fuentes y otras obras muertas hace décadas.
concepcion.moreno@eleconomista.mx