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La inmortalidad que comenzó en verano
Una fecha que sólo por la muerte de Benito Juárez parece haber ganado el derecho a la memoria y el párrafo en los libros de texto, A las 5 de la mañana del 19 de julio, los cañones anunciaron a los ciudadanos que el Presidente de la República había muerto.
Aquel mes de julio no fue como éste. Parecía que no iba a haber ni un día diferente del verano. Aunque lloviera, nunca amanecería con aire frío. Las damas jamás iban a abandonar los colores claros de sus vestimentas y los caballeros aborrecerían hasta el otoño la levita oscura, el corbatín y el sombrero que absorbía toda la furia del sol y les calentaba la cabeza.
Con la alegre desidia que trae el fin de una época de fatigosos afanes como los enfermos que abandonan el riguroso tratamiento de 10 días porque después de la tercera píldora ya se sienten bien-, los ciudadanos mexicanos se dejaban mecer por el recuerdo de las glorias obtenidas y olvidaban por salud mental o la deliciosa indolencia- los interminables y dolorosos años de yugo, invasiones y orfandad que juraban habían terminado por suerte y de una vez. Y como la esplendidez de aquel verano impedía mirar que la fatalidad es más definitiva que las flores, nadie estaba preparado para la irrupción violenta de la muerte. Era 18 de julio, por favor. Y nadie se muere si el cielo es estúpidamente azul, todas las plantas por fin decidieron ser verdes -como corresponde- y es un día cualquiera de la semana más anodina de cualquier año. Nadie. Sólo el presidente Juárez.
Era 1872 efectivamente una fecha que sólo por la muerte de Benito Juárez parece haber ganado el derecho a la memoria y el párrafo en los libros de texto- y por toda referencia únicamente algunos se acordaron de que habían pasado 10 largos años de la última gran algarabía nacional, cuando Zaragoza había ganado la batalla de Puebla, y apenas un año de la negra pesadumbre del fallecimiento de Margarita Maza, esposa del Presidente que poco tiempo tuvo de ser Primera Dama y cuyo luto en su memoria acababa de quitarse.
Un horrible verano, de buenas a primeras. De sopetón. Para amigos y enemigos. Porque el tiempo tal y como estaba- se había detenido. Y ni el sol ni la muerte pueden mirarse fijamente.
Las noticias volaron. Se supo que el doctor Ignacio Alvarado fue llamado a Palacio Nacional para atender al Presidente de la República, aquejado de un fuerte dolor de pecho a las 7 de la noche. Que primero se pensó en una indigestión, porque don Benito había cenado fuerte. Pero que el mal fue empeorando y alrededor de las 10 de la noche, de acuerdo con la técnica terapéutica de entonces, se le vertió agua hirviendo sobre el pecho para revivir los latidos de su corazón cansado. Que el doctor se había ido satisfecho, pero que poco antes de las 11 el Presidente había llamado a una persona del servicio para que le comprimiera con la mano el lugar donde sentía el dolor. Que a las 11:25 de la noche el Presidente se recostó, nada más para morirse cinco minutos después.
A las 5 de la mañana del 19 de julio, los cañones anunciaron a los ciudadanos que el Presidente de la República había muerto. Y también, casi de paso, que aquel verano, que debía haber sido ligero como las vacaciones, se había convertido en un helado invierno. Y no era todavía el tiempo propicio para hallar el triste consuelo de pensar -todo fuera como eso-que la muerte es el comienzo de la inmortalidad. Porque asumir cualquiera de las dos que se ha ido para siempre o que no se irá nunca- es todavía más duro que padecerlas. Y pude consumir muchos veranos.
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