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Arte e Ideas

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La devaluación ?del libro

Desde niños se nos inculca de manera inconsciente que el libro no cuesta, sino que se regala.

Fui yo. Sí. Yo fui el que compró dos libros y un video en la Feria del Libro del Palacio de Minería. Y para que me crean, les voy a dar sus señas particulares: la novela (que no es tal sino testimonio) Canción de tumba, de Julián Herbert, publicada por Mondadori; el cuentario Rebanadas, de Naief Yehya, editado por la DGP del CONACULTA; además del CD Plaza México. Un documental de Eduardo Patiño Díaz, de TVUNAM. Quería comprar más títulos, pero las oleadas de gente de un sábado por la mañana me expulsaron del recinto con una atenta invitación a no volver.

Valgan tales datos para que se sepa quién fue el que adquirió esos dos libros el video no cuenta entre los cientos, miles, decenas de miles de libros que se dice ahí se vendieron, pues mi experiencia como expositor es que, además de que la renta de un espacio en dicha feria es la más cara de cuantas se celebran en México incluida la de Guadalajara, que es la más importante , año con año las ventas bajan de manera considerable.

La falta de lectores, sin embargo, no es exclusividad de la Feria de Minería. El miércoles, por ejemplo, organicé la presentación de una novela en la sala Adamo Boari del Palacio de Bellas Artes. El lugar se llenó, la gente se la pasó bien con los ponentes, hubo una larga sesión de preguntas y respuestas y, al final, se vendieron cinco libros. ¡Cinco libros entre poco más de 100 asistentes!

Mi perogrullada al respecto es que algo estamos haciendo mal, muy mal. Las personas que nos dedicamos al fomento de la lectura, a la divulgación del libro como un bien social, a la literatura como parte de la cultura popular o de la alta cultura, no encontramos el hilo de Ariadna para que Teseo pueda escapar de la pestilencia del Minotauro derrotado.

Pienso, en principio, en nuestra educación de libro de texto gratuito. Desde niños se nos inculca de manera inconsciente que el libro no cuesta, sino que se regala; que no hay que cuidar el libro para que la generación venidera o para que nuestros hermanos menores puedan seguir utilizándolo, pues en el siguiente ciclo escolar habrá libros nuevos para todos, sean de lo que sean, úsense y tírense. Mónica, la mayoría de la gente que conocemos o yo no guardamos un solo ejemplar de aquellos libros que nos formaron o mal formaron, y eso que, por azares del destino, somos adictos a la lectura, a las bibliotecas de Alejandría.

También están ligado a los hábitos de la niñez y de la adolescencia las obligaciones para con el libro. Antes teníamos la tarea de leer obras que, simplemente, no entendíamos.

Leer, por ejemplo, la Divina comedia a los 12 años es una tortura, es entrar a uno de sus círculos infernales sin haber cometido siquiera un pecado, para salir de allí con la certeza de que no vamos a regresar. Igual sucede, me imagino, cuando la maestra les impone a los estudiantes asistir a las ferias de libros, y que tienen que comprobar su presencia llevando al salón de clases cuanta basura publicitaria recogen de aquí y de allá, o tomar apuntes de alguna mesa redonda que no les interesa, y el infierno reaparece con nombre de multitud tanto para los obligados como para los que no tienen obligación alguna de ir a la feria.

Y el placer se convierte en martirio a fuerza de lidiar con hordas de niños, de papás, de mamás atentas a la caza de algún famoso, de alguien que salga en la televisión.

Otro hecho que no ayuda a quienes intentamos sobrevivir del libro es el abuso que, en particular en el DF, se lleva a cabo con el nombre de ferias de saldos, en las que, además, se regalan libros de pésima factura. Ya que eso es contribuir a la devaluación del libro, a la matanza de potenciales lectores, a crear una falsa cultura de masas.

También podría hablar de la letra muerta que es la ley del precio único, de las tonterías que el Estado comete en pos de un supuesto fomento a la lectura, de la excesiva importación de libros, de la insensata sobreproducción de libros-basura, de la piratería digital, etcétera. Pero no me quiero poner de mal humor.

marcial@ficticia.com

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