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Arte e Ideas

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Homenaje wagneriano a González de León

El Colegio Nacional recordó al hacedor de símbolos, lector, melómano y amigo.

No se escatimó en tiempo para rendir homenaje a Teodoro González de León. Fue una oportunidad para compartir las experiencias más personales alrededor de la figura de uno de los hombres que han construido más símbolos para la Ciudad de México, de cómo solía desbordarse por el asombro y lo tanto que le distinguía la vehemencia como un don.

Fue un programa coordinado desde El Colegio Nacional por Juan Villoro y Javier Garciadiego. Primero se proyectó el documental Teodoro, en concreto con el que Emilio Maillé acompañó al arquitecto mexicano, unos meses antes de su partida, por un recorrido por algunas de sus edificaciones emblemáticas: el edificio del Infonavit, el Museo Tamayo, la Embajada de México en Berlín, el Museo Universitario de Arte Contemporáneo, así como por las ciudades que tanto le cautivaron: Nueva York, París y Marsella.

Más tarde, ante una sala llena, conforme a los protocolos de El Colegio Nacional, se develó el retrato realizado por el artista plástico Roberto Rébora. La responsable de develar la pieza fue la propia viuda del homenajeado, Eugenia Sarre, acompañada por su familia.

Para la mesa redonda se convocó a varios de los amigos y colegas más cercanos a González de León: Miquel Adriá, Fernanda Canales, Bernardo Gómez Pimienta, Felipe Leal, Francisco Santos. Villoro los presentó como “los mejores intérpretes de Teodoro González de León”, quien también fuera miembro de El Colegio Nacional desde 1989.

El hombre multifacético

“Teodoro mantuvo una resistencia crítica entre lo universal y lo local, entre la herencia corbusiana y el legado mexicano —inició Miquel Adriá—. Sus arquitecturas son ensambles, sus textos son manifiestos, su plática, erudita y cómplice. Cada una de sus obras tiene su propia lógica y realidad”.

Reconoció en la persona de González de León a un gran conversador que odiaba la perorata y sabía escuchar, que en cuanto tomaba la palabra era breve y certero. “Tuve la suerte de pasar las últimas horas de muchas tardes en su oficina, donde me descubría a autores que me emocionaban o me provocaban; otras, en su casa, oyendo a algún compositor suyo favorito, y la fortuna de acompañarlo por ciudades de este mundo. Recorrimos lugares que parcialmente le pertenecían”.

El arquitecto catalán reconoció que durante años abogó ante el comité de asesores del premio Pritzker que el homenajeado debía ser considerado candidato y finalmente se deshizo en elogios para su persona: “el arquitecto infatigable, el crítico urbanista que desconfiaba de la política, el melómano entusiasta, el lector curioso y, sobre todo, el querido amigo”.

Bernardo Gómez Pimienta, segundo en turno, eligió evocar a un Teodoro González de León poco explorado: el diseñador de mobiliario. Destacó su minuciosidad al momento de diseñar, dijo que cuando creaba muebles, no solamente plasmaba en papel el diseño completo sino que dibujaba cada elemento para facilitarle al artesano la fabricación. Lamentó que con el tiempo González de León se fue involucrando en proyectos cada vez mayores que lo obligaron a abandonar aquellos experimentos de diseño de mobiliario que nunca llegaron a comercializarse. Dijo que, muy probablemente, el homenajeado se involucró en el diseño de mobiliario porque lo veía como un laboratorio a escala donde se pueden experimentar soluciones arquitectónicas. A partir de eso, concluyó: “Me daría mucho gusto que los muebles de Teodoro tengan una nueva oportunidad y se reediten en la galería de clásicos mexicanos”.

Teodoro por partes

Fernanda Canales, por su parte, delineó tres aspectos o momentos importantes del arquitecto: primero, la capacidad de sorpresa, la curiosidad incansable y contagiable revelada, dijo, a través de “sus ojos de niño, inquieto y creativo”; segundo, un escritor que vio la escritura como una vocación; pero, con un compendio de más de 200 textos publicados en 60 años, su influencia puede ser comparable con cualquier crítico o historiador de la arquitectura de nuestro país e internacional.

En tercer lugar recordó cuando, en 1992, González de León reconoció que estaba iniciando una nueva etapa en su carrera, una en la que comenzó a colaborar con arquitectos más jóvenes, a mezclar materiales distintos, abrió sus edificios a la ciudad (Reforma 222, como ejemplo) e incorporó los diseños de cristal a los que fue reacio en etapas más tempranas (como el MUAC).

En su turno, Felipe Leal decidió listar 15 breves maneras en las que percibió al arquitecto, entre ellas, el Teodoro artista, quien, dijo, “confesaba con devoción agnóstica que si profesaba una religión, era el arte”; o el lector, “poseedor de un impulso permanente por estar al día (...) Quería entender los fenómenos de la condición humana. Cualquier descubrimiento nuevo, científico o humanístico, le fascinaba, y levantaba las manos con esa pasión que lo caracterizaba”.

También recordó al melómano que, al igual que la vista, contaba con una enorme sensibilidad auditiva, tanto así que, confesó: “la abstracción sonora y los efectos acústicos lo hacían bailar en su interior, a pesar de no gustar del baile”. Dijo que el espacio que había dispuesto en su casa para escuchar música era una especie de templo, tanto como lo fueron las salas de conciertos a las que acudía “expectante y ansioso”. Recordó al viajero que se aventuraba a las experiencias estéticas, artísticas, arquitectónicas y gastronómicas, “siempre acompañado por su adorada Eugenia, dedicado a recorrer todo aquel sitio que emanara cultura, desde Culiacán hasta San Petersburgo, desde Xochimilco hasta Turín”.

El historiador Francisco Santos ofreció una visión más institucional, se limitó a enunciar los detalles y características encomiables de la ampliación de El Colegio de México, encargado por González de León y cómo este inmueble fue postulado para su declaratoria como monumento artístico por el INBA, la primera declaratoria para una obra de González de León. A él le secundó Javier Garciadiego para cerrar la sesión, quien destacó que “González de León es el arquitecto que más ha marcado la Ciudad de México de la segunda mitad del siglo XX”.

Por último, Juan Villoro dijo: “Teodoro era un gran aficionado a las óperas de (Richard) Wagner, que suelen durar cinco horas o cinco horas y media si hay aplausos. Creo que le hemos hecho un homenaje wagneriano”.

ricardo.quiroga@eleconomista.mx

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