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Dejar el mundo atrás: entre Fukuyama y Friends
Basada en el libro Rumaan Alam y dirigida por Sam Esmail, Dejar el mundo atrás transmite esa sensación de paranoia en la que viven buena parte de los ciudadanos de eso que se ha dado en llamar Occidente.
Julia Roberts, Ethan Hawke, Mahershala Ali y Myha'la Herrold es un thriller que abunda en la paranoia y la incertidumbre que genera un mundo sin comunicaciones. Foto: Cortesía
Disponible en Netflix
La paranoia deviene de una falsa seguridad de bienestar. Si yo tengo la idea de que nada debe estar en desorden, de que debo estar siempre seguro y con tranquilidad, cuando algo malo ocurre, no tengo más opción que volverme paranoico. La paranoia en la que vive Occidente se funda en el mito del Fin de la Historia, que Francis Fukuyama enunció en su ensayo de 1989 y que la película Dejar el mundo atrás (2023) describe con precisión.
Para Fukuyama, la Historia terminó con la caída de la Unión Soviética y el supuesto triunfo “evidente” de Occidente. Pero si te dicen que Occidente ha triunfado y luego te estallan en la cara las dos guerras del Golfo, te derriban las Torres Gemelas o te hunden en la mayor crisis financiera de la Historia Moderna, lo más probable es que vivas en un perenne estado de paranoia.
Basada en el libro homónimo de Rumaan Alam, producida por Barack Obama y dirigida por Sam Esmail, Dejar el mundo atrás transmite esa sensación de paranoia en la que viven buena parte de los ciudadanos de eso que se ha dado en llamar Occidente y cuya definición debería más bien acotarse a los países del Norte global, aunque también a ciertos grupos de otros países, como la clase media mexicana.
Una familia neoyorquina sale de vacaciones para alejarse de la ciudad y pasar unos días de tranquilidad en el bosque. La madre Amanda Sanford (Julia Roberts) renta una casa bajo el modelo de alojamiento temporal, tipo AirBnB, en la que planea pasar unos días junto con su marido Clay (Ethan Hawke) y sus hijos Rose (Farrah Mackenzie) y Archie (Charlie Evans) y visitar una playa cercana.
Una época que nunca existió
Conforme avanza la estancia de la familia, comienzan a suceder ciertos hechos fuera de lo común: un barco carguero encalla en una playa turista y la conexión a internet deja de funcionar en todos los dispositivos electrónicos: pantallas, tablets y celulares.
Por la noche, dos extraños llegan de improviso a la casa, se trata de un padre George H. Scott (Mahershala Ali), junto con su hija Ruth (Myha'la Herrold), quienes afirman ser los dueños del lugar y que piden asilo a la familia debido a los cortes eléctricos y de internet que han comenzado a ocurrir en la ciudad.
A diferencia de Clay, que los recibe de forma afable, Amanda muestra una constante desconfianza hacia sus anfitriones, una incomodidad que parece reflejar cierto racismo y clasismo en la protagonista de la película, debido a que tanto padre como hija son afroamericanos.
La situación se complica cuando los residentes de la casa se dan cuenta de que el país ha sufrido una serie de ciberataques, lo que imposibilita las comunicaciones y el uso de cualquier aparato conectado a internet. Algo que afecta de manera particular a Rose, la hija de Amanda y Clay, cuyo único deseo es ver el desenlace de la popular serie de los 90 Friends.
El deseo de Rose funciona como el centro de la tensión provocada por la incertidumbre y la paranoia que experimentan los personajes de la película y explica también la necesidad por volver a “una época que nunca existió”, como describe a la serie la hija de George, una época marcada por esa falsa idea de bienestar que provoca nuestra paranoia.
rodrigo.riquelme@eleconomista.mx