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De lo simpático a lo patético
La dictadura perfecta intentó ser una comedia y derivó en una película costumbrista.
En 1999, cuando el PRI aún ostentaba siete décadas seguidas en el poder, el director y guionista ?Luis Estrada estrenó la película La ley de Herodes, una sátira política que, en ese entonces, el público agradeció porque se desnudaba con inteligencia y espléndido humor negro al gobierno, más cuando todavía era complicado que se pudiera presentar en cines comerciales cintas contrarias al sistema.
El filme, protagonizado por Damián Alcázar, fue un éxito tanto por los premios que obtuvo, la taquilla recaudada, como en términos artísticos, ya que reafirmó que la comedia es el género más sólido de la cinematografía contemporánea del país.
La ley de Herodes que, por cierto, no tiene relación alguna con el libro de cuentos que Jorge Ibargüengoitia publicó en 1967, va de lo particular a lo universal: narra cómo en un pueblo remoto de México un buen hombre se corrompe a pasos de gigante en cuanto es tocado por el poder político, lo que deviene en una historia delirante que en algo sirvió para sacar al PRI de Los Pinos.
Para el 2006, último año del foximato la peor desgracia que le sucedió al país tras la caída de la Revolución institucionalizada , Estrada volvió a estrenar otro largometraje, Un mundo maravilloso, en el que se criticaba a la nueva realidad panista, pero que, por alguno u otro motivo, la película pasó inadvertida para el gran público.
Durante el año del centenario de la Revolución y bicentenario de la Independencia de México, en plena guerra suicida de Felipe Calderón contra el narcotráfico o crimen organizado, Luis Estrada llevó de nueva cuenta a la pantalla grande la que puede ser considerada su obra maestra, El Infierno, en la que retrata, desde una perspectiva cuentística llevada al extremo, la realidad imperante en un país en la que el Estado perdió la gobernabilidad y que, en mucho, recuerda a William Shakespeare cuando, en La Tempestad, uno de los personajes grita: ¡El infierno está vacío! ¡Aquí están los demonios! .
Así, en su momento, El Infierno de Estrada, que tocó con humor ácido la más macabra realidad de México, la que se deriva de los cárteles de la droga, también fue la confirmación de Damián Alcázar y Joaquín Cosío como primeros actores. Y colocó a su grupo fílmico entre la excelencia del mundo cinematográfico.
Pero llegó el 2014 y Luis Estrada quiso repetir la fórmula con La dictadura perfecta que tampoco tiene que ver con la frase aquella que en los 90 dijo Mario Vargas Llosa en aquél encuentro organizado por Octavio Paz y, de pronto, lo simpático se volvió patético, y lo que se pretendía como una sátira, una comedia con el más negro de los humores, derivó en una película costumbrista en la que el público apenas si se asombra, apenas si se ríe, apenas si se queda pensando en lo que vio en pantalla.
La historia trata, a grandes rasgos, cómo una televisora lleva a la presidencia de México a un pelele y, cómo, la misma televisora lleva de nueva cuenta otro pelele a la Silla del Águila en el 2018. Y el sarcasmo no provoca gracia tal vez porque las recetas sirven para hacer pasteles, no piezas artísticas; o tal vez porque a los mexicanos se nos acabó la risa en cuestiones políticas y criminales; o tal vez porque los personajes interpretados el presidente, el gobernador, el dueño de la televisora, el lector de noticias, el productor y el quesque reportero son más grotescos, más caricatura, en la realidad que en la ficción que el filme propone; o tal vez porque, como ya se puede mostrar o decir casi todo en las redes sociales, les fue difícil a los realizadores tomar atajos distintos al lugar común.
La más reciente película de Luis Estrada y su magnífico elenco, incluso, aburre.