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Arte e Ideas

Lectura 5:00 min

De corazones cínicos ?y Alt-J

De cómo Alt-J me hizo recuperar la fe en los conciertos de rock. Viva el rock, chavos.

Alt-J toca en orden su disco debut en su gira mundial. Meten un gol acá y allá, pero en general tienden a repetir la alineación titular de su An Awesome Wave, un disco conformado por canciones preciosas y preciosistas. Llegan, tocan, se van. Una hora de concierto.

Tocaron en México la semana pasada, los Alt-J. No soy una obsesiva de los datos ni leo muchas reseñas de conciertos. Tampoco soy de esas personas que dice: si no lo has escuchado en vinil, no lo has escuchado. Soy indisciplinada y mis gustos tienden a lo pachoncito, la verdad.

Pero unos días antes de los conciertos de Alt-J en el DF me puse a revisar sus actuaciones en gira y las críticas: en festivales tocaron casi siempre las mismas cuatro o cinco (la mera carnita del disco: Taro , Tessellate , Intro , Matilda , Breezeblocks y Buffalo que no forma parte del disco pero sí del exitoso soundtrack de la película Silver Linings Playbook). En arenas tendieron a reproducir el disco con pocas variables. Las reseñas repetían la palabra virtuoso .

Los muchachos de Alt-J se esforzaban en dar virtuosos conciertos de rock apegados a guión.

Decidí no esperar mucho de Alt-J. Seré cínica: realmente no se puede esperar mucho de una banda nueva. Ejecuten bien, muchachos, les tendré paciencia, de todos modos ya pagué. Suenen al disco, no me enojaré.

(Eso último qué terrible es: si el logro máximo de un artista es repetirse en un estado de antinatural perfección, cuidado. El miedo a equivocarse, a arriesgarse, delata un alma blanda y un carácter timorato. El virtuosismo es el mecanismo de defensa desarrollado por los que recibían reglazos cuando fallaban una nota. Sin osadía no se puede crear, digo yo).

Seguí el código: tuiteé mi emoción por ver a la única banda nueva que realmente me ha interesado desde el 2010, presumí mis boletos, horas antes del concierto actualicé mi estado de Facebook: ¡¡¡¡¡Alt-J!!!!! .

Todo era cierto, la emoción era genuina, pero también era muy consciente de que estaba actuando el rol de fan y no soy muy buena actriz.

Resultó que Alt-J dio un concierto genial. Lo digo con la fe restaurada de una cínica. Alt-J toca su disco debut casi en orden, pero no importa porque no hay nada muerto en ellos. Tocan, llegan, y se comportan como niños del coro de un internado inglés (pero más Hogwarts que Eton). Y no obstante, lo que sentí fue rock: una urgencia adolescente de enamorarme y hacer la revolución. Así estuvo el público con Alt-J: enamorado, perfectamente seducido.

No entraré en más detalles sobre el concierto, porque lo realmente importante me parece esto: hace años que no veía un público tan seducido en México. Nos hemos vuelto más exigentes. Cínicos, diría yo. Agotamos los boletos y nos burlamos en Twitter del tipo de enfrente que se sabía todas las canciones. Eso también: nos importa más tuitear nuestras fascinantes opiniones del concierto que ver el concierto.

Lo que digo es que el cinismo es el último refugio de un corazón roto. A medida que pasan los años y exploro lo que los chavos llaman el Tercer Piso (eso significa cumplir treinta años para ustedes del Cuarto, Quinto, Sexto Piso. ¿En serio se asoman por aquí, gente del Sexto Piso?), me he vuelto cada vez menos entusiasta con los conciertos de rock y creo que no soy la única.

Pertenezco a la primera generación mexicana, específicamente chilanga, que creció dando por hecho que a lo largo del año habría conciertos de rock. Los rockeros mexicanos, nosotros, siempre hemos sido de lo más benevolentes: nos entregamos rápido, cantamos todo, prendemos nuestros encendedores/celulares en momentos adecuados. Le hacemos el show a la visita. Los artistas nos pagan diciendo Wow, el público mexicano es el mejor, you guys are amazing! y nosotros salimos gritando que fue ¡el mejor concierto de mi vida, weeeeeee!

Nos entusiasmábamos en exceso. Para los de mi edad, ir a un concierto de rock era como reafirmar nuestra pertenencia al mundo bonito de allá afuera. Para sentir que Nueva York y Londres no están tan lejos del Palacio de los Deportes, había que entusiasmarse a la fuerza.

Pero a partir del 2009 o el 2010, he visto cambiar al público mexicano. Los de mi edad estamos cansados. No quiero decir que hacerse adulto es necesariamente dejar los frenesís juveniles, pero, un poco, sí. Plus: llevamos 20 años viendo conciertos. Eso significa tragarse un montón de malos shows por los que, además, pagamos mucho dinero.

Más interesante es el cambio que aportan los fans jóvenes. Más sofisticados, enterados, exigentes. Son mejor público, creo.

Muchos de ellos han visto conciertos en otros países donde las bandas dan espectáculos a todo galope. Otros siguen las giras de sus bandas en videos de YouTube o transmisiones en vivo. Ya saben distinguir entre un gran concierto y una actuación digna de kermés parroquial.

Aunque muchos conciertos de rock se han vuelto pasarelas, los espectadores menores de 24 años ya no cifran su vida social/emocional alrededor del toquín (¿todavía les dicen así, verdad?) y por eso están más dispuestos a reconocer si el espectáculo fue malo.

El concierto de Alt-J fue exitoso con este nuevo público: durante varias horas, Alt-J fue uno de los temas más comentados de Twitter y los tweets eran eufóricos.

También me gustó a mí. Ay, fue bonito. Creo que el mundo todavía no se acaba.

concepcion.moreno@eleconomista.mx

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