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Arte e Ideas

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Caminante de las nubes

Gracias, señor Zemeckis, de parte de esta hija malagradecida.

No soy una gran fan del cine de Robert Zemeckis, y eso lo digo no sin cierta sensación de hija malagradecida. La verdad es que Zemeckis me hizo pasar grandes momentos en la infancia y en la adolescencia. Gracias a él tenemos Volver al Futuro y ¿Quién engañó a Roger Rabbit?; también esa joyita que es Contacto, sin mencionar la serie para niños Cuentos desde la cripta (el primer contacto con el terror que tuvo mi generación).

Pero mi cinefilia no le perdona Forrest Gump. Ese año, 1994, era el año de Pulp Fiction, la gran llegada de Quentin Tarantino a Hollywood. Yo quería que con toda mi alma que el Pulp arrasara sin piedad en los Óscar, pero no: las aventuras del menso Gump fueron las favorecidas por la Academia. Fue mi primer desengaño cinéfilo: en la Academia no se puede confiar.

Después Zemeckis se ha distinguido por un cine familiar y blando. Hizo esa cosa horrible llamada Expreso Polar y también la aburridísima Náufrago. No, gracias, para blanduras bobas prefiero mi almohada y una serie del Warner Channel.

Pero creo que este año es el año en el que me reconcilio con Zemeckis. ¿Por qué? Porque el don se acaba de chutar una chulada.

Todos tienen que ver En la cuerda floja (The Walk, título original). Es una cinta que lo tiene todo: diversión, emociones, sinceridad. Es tan sincera que da pena; lo digo así porque por momentos me sentí retratada en la pantalla. Como si los sueños de mi generación (los millennials) hubieran empezado mucho antes de que hubiéramos nacido.

En la cuerda floja cuenta la historia de Phillipe Petit, un personaje real, interpretado aquí por Joseph Gordon Levitt. Si vieron el documental Man on Wire (dirigido por Jonathan Marsh, 2008), seguramente les sonará el nombre. Petit es un funambulista, es decir, un caminante de la cuerda floja, legendario.

¿Por qué es legendario? Ah, de eso trata la cinta de Zemeckis. La historia, según nos la cuenta el propio Petit-Levitt, comienza en Francia, cuando de niño el futuro caminante de las nubes vió por primera vez en un circo el acto de la cuerda floja. Algo en él se despertó: ambición, sueño, perversión.

Pasó Petit su adolescencia perfeccionando su acto por las calles de París como actor callejero. En él resultaba natural actuar y entregarse a la payasada. Siempre, a donde quiera que vaya, lleva una cuerda y busca los dos árboles más altos del lugar para colgarla: es su escenario.

Corte a 1973. En el consultorio de un dentista Petit ve un reportaje que cambiará su vida: en Nueva York están construyendo las dos torres más altas que ha visto el mundo. Mucho más altas que la Torre Eiffel, tan altas que las montañas se sonrojan al verlas.

Petit entiende que ahí está su misión. Cueste lo que cueste tendrá que colgar una cuerda entre ambos monumentos y caminar entre ellos. Es una locura, sí, pero ¿qué sería del mundo sin locos?

En el documental Man on Wire todo es narrado como un golpe a un banco. Paso a paso, dificultad tras dificultad librada. La cinta de Zemeckis sigue el mismo camino, pero de un modo más, digamos, inspirador. Mientras en la cinta de Marsh el artista depende mucho de la suerte (y esa es la versión real: la suerte está con los osados), en la de Zemeckis todo depende de la ayuda de un grupo de amigos. A cada vuelta de la aventura Petit se va encontrando aliados: una cantante callejera, un fotógrafo, un joven profesor con miedo a las alturas, un vendedor de tecnología y hasta un par de fumadores de mariguana que, quizá sí o quizá no, puedan echar a perder el gran golpe.

Sir Ben Kingley aparece como Papá Rudy, el mentor y alma protectora de Petit, a quien le enseña todo: desde cómo amarrar la cuerda, hasta una sopa de humildad. Siempre, le cide, hay que darle las gracias al público, pues sin público no hay acto. Al principio el joven funambulista no lo comprende (después de todo es él, solito, quien se está subiendo en la cuerda, ¿no?), pero un día glorioso allá arriba lo comprende.

Cuando se ven la cuerda atravesando los 43 metros que separan a las dos Torres Gemelas y las nubes no dejan ver al otro lado es hermoso. Aunque uno conozca el final de historia se siente de todo porque estamos allá arriba con el poeta de la cuerda: pánico escénico, miedo a las alturas... y después una gran paz.

En la cuerda floja es un homenaje a los atrevidos y a los que viven la vida a su propio son. Es también un homenaje a las Torres Gemelas, de aciago recuerdo en el mundo. La cinta afirma que gracias al acto de Petit la gente de la ciudad se reconcilió con lo que al principio le parecía un verdadero adefesio del capitalismo.

Nada más millennial que creer en el poder de los sueños. Es ahí donde En la cuerda floja me pegó en el corazón. Me pregunto, sin embargo, si la cinta será igual de emocionante para aquellos que no le temen a las alturas. Yo soy totalmente fóbica a las alturas (vamos: me mareo en una hamaca) y cada vez que el cable se meneaba me daban ganas de sacar el rosario.

Imperdible esta nueva joyita de Zemeckis. Gracias, señor Zemeckis, de parte de esta hija malagradecida.

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